Por Herbert Mujica Rojas

Por vez primera coincido con el cardenal Juan Luis Cipriani: la política peruana es un gran basural. No olvidemos que en este mismo tenor se inscribe aquella encíclica de la que es autor Cipriani: los derechos humanos son una cojudez. De manera que con innegable autoridad el prelado ha dicho su verdad. Y tampoco dejemos de recordar que el 90% de los sucesos políticos que generan los actores políticos son dignos de un marco de oprobio pestilente.

¿Por causa de qué se escandalizan los políticos que alguien les diga una verdad a todas luces irrebatible? Además, la hipocresía es monumental, porque todos lo saben y manifiestan a cada rato, sólo que se cuidan muy mucho de transmitirlo a los medios porque entonces el “qué dirán” los aterroriza y además estamos muy cerca de Navidad y hay que buscar la “unión de la familia peruana”. ¡Farsantes!

¿Hay polémica de nivel o grado doctrinario en la política peruana? ¿Tenemos tribunos capaces de argumentar durante 10 minutos seguidos, siquiera la lectura del abecedario? ¿Existe, por casualidad, algún legiferante capaz de interpretar el proceso de globalización y las analogías de descomposición social y política que existió en los prolegómenos de la guerra de rapiña de 1879-1883 y la actualidad? Ciertamente, ¿sabe gran parte de la clase política cuáles fueron las razones que nos involucraron en una conflagración sangrienta y traumática como fue aquella y cómo es que no hemos aprendido absolutamente nada?

El cardenal Juan Luis Cipriani es un hombre de lengua suelta. ¿Y qué tiene de malo? Alguna vez tenía que decir una verdad tan evidente que, por cierto, no es nueva y mucho menos sorprendente. ¿Qué ocurría cuando las pandillas de los delincuentes fujimoristas metían la mano en todas las privatizaciones, negociados y cambalaches de toda laya y algunos callaban? Cipriani ha dicho lo que millones de peruanos sienten y acusan como una de las perversiones más sucias de su vida cotidiana: la política es un basural.

Hoy, para variar, las patotas han cambiado de nombre y apellido, pero siguen haciendo exactamente lo mismo: están presentes, militantes, en cuanta porquería les es conocida. Roban con tarjeta, recomendación, terno o, a veces, con simples zapatillas de monreros de poca monta, pero roban igual y sólo porque tienen familiares en puestos importantes. ¿Cuál es la diferencia?: ¡ninguna!

La pregunta es: ¿qué hacen los partidos políticos o las agrupaciones que así se llaman por evitar que su educación sea la de logreros y garrapatas vividoras del Estado? Antes, por lo menos el partido que yo conocí, el aprismo, era una escuela para la vida y había un código respetuoso del bien ajeno y la respetabilidad del más capaz era una de las premisas para ascender. Hoy pareciera que a todos les desespera lograr un puestito aunque sea de recogedor de papel picado, con el único y deleznable propósito de estar en el payroll del Congreso, de la Municipalidad, de la ONG o de lo que fuere, pero es el estómago y no el cerebro el que prevalece.

Cipriani ha dicho una verdad innegable y a la que él ha contribuido de manera notoria. ¿Por qué tanto brinco, si el suelo está parejo?

 

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

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22-12-2004*

* Publicado en la Red Voltaire http://www.voltairenet.org/article123299.html