Por Gustavo Espinoza M. (*)

En las últimas semanas algo más de 450 mil venezolanos ingresaron al Perú procedentes de Colombia y Ecuador. Se registró de ese modo, la ola migratoria más grande conocida en el país, y la más diversa: hombres, mujeres y niños de distintas edades, arribaron a nuestra patria en busca —dijeron — de “un futuro mejor”. Hay quienes se empeñan en llamarlos “refugiados”. “Migrantes económicos”, les llamó ACNUR

Este fenómeno acaparó todos los medios de comunicación. La prensa escrita, la radio y la televisión, se ocuparon tarde, mañana y noche del acontecimiento, que adornaron desde muy distintas ópticas: en unos casos, mostraron a niños en cuna; en otros, a madres gestantes; en los más, a hombres empeñados en tramitar documentos que no siempre tenían a la mano.

Todos se desplazaban a pie por una carretera, y llegaban exhaustos a cualquier poblado, fatigados y hambrientos ¿El telón de fondo…?: Una Catilinaria contra Maduro y el proceso venezolano. Pero, además, un “olvido”: lo que dijo Mike Pence —el vicepresidente USA — a Julio Borges, el “líder” de la contra caraqueña: “hay abundante platica para los refugiados”. Y sí, fueron 16 millones de dólares, los anunciados en esa circunstancia.

Para los marchantes, los entrevistadores demandaban “apoyo”, “comprensión”, “ayuda”. Esas fueron las tres palabras más usadas en una circunstancia en la que el tema de la Solidaridad fue invocado casi como un deber nacional, y un compromiso humano. Es bueno que, en este marco, formulemos algunas reflexiones puntuales.

Lo primero que hay que subrayar es el uso falso, abusivo y politiquero, que los medios de comunicación hicieron de esta ola migratoria. “Huyen de Venezuela porque allí, se mueren de hambre” dijeron. Pero la respuesta, fue inmediata. En las redes sociales se les dijo: En un país de 34 millones de habitantes, dos millones huyen porque se mueren de hambre ¿y los otros 32, por qué no huyen? ¿Ya se murieron y nadie lo supo; o más bien optaron por quedarse a morir allí?

Y es que no estaban famélicos los que llegaron a suelo peruano. Millones de peruanos podrían lucir mucho más desnutridos que estos visitantes, que arribaron portando maletas, víveres, ropa, dinero y otros objetos “para defenderse” y “sustentar su viaje”, según dijeron. En otras palabras, no es el hambre, el que los indujo; sino el interés de buscar “otras oportunidades” en estas tierras, lo que marcó su ruta. Y para dar consistencia a su arribo, las proclamas antibolivarianas, caían como Maná del cielo.

Lo curioso es que muchos de ellos —los que vinieron antes y pululan en distintos lugares y los que forman esa “nueva hornada” de migrantes — sostienen sin miramientos que ellos son profesionales, técnicos calificados, expertos en distintas áreas. No dicen, sin embargo, quién les dio esas carreras ni cuánto les costó adquirirles porque, en verdad, no les costó nada. La recibieron gratis y se las dio el gobierno bolivariano; y es que en Venezuela, la educación es gratuita en todos los niveles; y la formación profesional, se otorga el sin costo alguno.

Entonces el tema parece más simple: adquirieron estudios y calificaciones allí, y ahora vienen aquí para ofrecer sus servicios y obtener un empleo mejor remunerado. ¿Tienen derecho a ello? Claro que sí. No se les podría negar esa opción. Pero ella, se inserta en un escenario concreto que hay que definir. Y es que los que vienen, ocuparan un puesto de trabajo. Ya lo admiten los mismos que analizan el tema. Pero ese “puesto de trabajo” bien podría –y debiera- corresponder a un peruano que hoy está desempleado y que es, en efecto, ingeniero de sistema, calculista, fisioterapista, o docente universitario.. Claro, no faltará nunca un Phillips Butthers que, en esa circunstancia, diga: “si desplazan a un peruano, sólo él tiene la culpa”. En otras palabras, perdió el puesto por incapaz. El venezolano, estaba mejor preparado

Y sí, puede ser cierto: el venezolano estaba mejor preparado, pero ¿quién lo preparó mejor?, ¿quién le dio la capacitación indispensable para que sea “mejor que un peruano”, Chávez, o Maduro?

Lo que usualmente ocurre, es que la migración se produzca desde un país pobre, y se oriente hacia otro que luzca en mejor estado. Los peruanos que emigran, se van a Estados Unidos, o a España; y en América Latina, optan por Argentina, o Chile. No es lo más frecuente que busquen afincarse en países que muestren problemas más graves que los nuestros. Y esa, es casi una norma, que comprende a migrantes de diversas latitudes. En este caso, es al el revés, los venezolanos buscan venir al Perú; como si alguien los hubiera alentado para eso ¿Quién será? ¿Quién “les dio alas”? ¿Quién les dijo que aquí, estarían mejor que en Venezuela?

En el Perú campea el empleo informal. Cuando una persona de 30 años o más, pierde un puesto, es virtualmente expulsado del mercado de trabajo. La única alternativa que le queda, es crear su propio empleo. Se hace taxista, vendedor ambulante o micro empresario; porque el Estado no le garantiza absolutamente nada. Y la empresa privada tampoco lo absorbe. A lo más que puede aspirar un peruano desocupado, es a conseguir un “contrato a plazo fijo”. Trabajar tres meses, con la esperanza que se lo renueven tres meses más. Y, con mucha suerte y calificaciones excepcionales, logrará un contrato por un año; salvo que sea futbolista —como Paolo Guerrero, o el Oreja Flores — en cuyo caso ganará más, y tendrá contratos también; sólo que a más largo plazo. Pero eso, habitualmente no ocurre en el Perú. El beneficiado, tendrá que pisar otras tierras. Y si patea pelota, mejor.

Sucede que el peruano “promedio” —no el profesional, ni el “alto funcionario” — desempeña funciones aleatorias. Chofer, transportista, maestro de escuela, vigilante, enfermero, vendedor de fruta, o de ropa; en general “mano de obra no calificada”. Hay quienes han comenzado como “voceadores de combi”, y han hecho fortuna. Pero son los menos. Y hoy están presos, o son investigados, como Antonio Camayo o Joaquín Ramírez. Pero salvo, estos, los demás viven modestamente, y se desenvuelven en casi virtual anonimato.

Ocurre, sin embargo, que hoy, esos peruanos, han desaparecido. Se han esfumado. Como si se los hubiera tragado la tierra o el viento. Hoy, quienes asoman en esas tareas —y muchas otras — son venezolanos. Y lucen bien, porque son educados, modosos, simpáticos y serviciales. En suma, reúnen los requisitos necesarios para gozar de una suerte de “estabilidad plena” en el puesto que alcanzan. Pero los empresarios que los contratan, no les reconocen eso: las pagan menos que al peruano. En otras palabras, los sobreexplotan.

Eso ocurre también en otros sitios: En los años 80 del siglo pasado, un español en Ginebra, ganaba cinco veces menos que un suizo en un puesto de trabajo. Pero lo que percibía, a las orillas del Lago Lemán, era cinco veces más, que lo que recibía por el mismo trabajo ese mismo español, en Madrid, Valencia o Albacete. Obviamente el español prefería laborar en la ciudad Alpìna, y no en su lugar de origen.

Hay venezolanos que aquí trabajan esforzadamente sus 8 horas, y si les exigen un tiempo adicional, solicitan el pago de “sobre tiempo”. Y es que en su país, los derechos sociales de los trabajadores, son sagrados. Aquí, como se sabe, desde un obrero simple hasta un técnico calificado, se ve forzado a laborar diez, doce y hasta catorce horas, sin pagos adicionales. Si protesta, lo despiden. Y si eso ocurre, tendrá que recurrir a un Juez —como si fuese un reo— para demostrar que su despido, fue “injustificado”.

Probablemente por eso —y otras cosas más — un contingente de “migrantes” ha optado por volver a su patria. Y ha contado, para el efecto, con la ayuda generosa del gobierno bolivariano. En las próximas semanas, sin duda, se incrementará el número de retornantes. Sería esa, la más sensata opción.

 

Gustavo Espinoza M. Colectivo de dirección de Nuestra Bandera, 01.09.2018
(*) Rebelión