Herbert Mujica Rojas

Ni el supuesto cierre temporal del Congreso comunicado al país el miércoles por el expresidente Pedro Castillo y otras medidas, cumplieron su cometido. Con injustificada prisa el exmandatario pretendió anticiparse a los golpistas parlamentarios que intentaban por tercera vez la ambicionada vacancia. Don Pedro desencadenó las condenas, las renuncias clamorosas y, por último, la expresión militar y policial que le dejaban huérfano de cualquier respaldo.

 

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Nadie sabe para quién trabaja. La vacancia que no pudo lograr la extrema derecha, miope y profundamente reaccionaria para conservar sus privilegios, espacios de poder y mando efectivo en los resortes del Estado, la facilitó Castillo con tan desopilante conjunto de torpezas. Y a la postre, fracasos.

Ver los abrazos, lágrimas y júbilo de los golpistas por un éxito que no fue suyo sino del casi dos veces victimado en meses pasados, grafica la mediocridad de unos políticos cuya única ambición ha constituido lograr la salida de quien reputan como ilegítimo. Lo dramático es que nadie ha podido probar ninguna clase de fraude en las elecciones que sí ganó Castillo.

Y bajo la efímera cobertura de un “triunfo” hay multitud de oportunistas que pretenden que esta es la oportunidad de “volver” a la escena política. ¿Con eso ganarán votos? ¿Quién les limpia del horroroso desprestigio de su última gestión gubernamental que les ganó el automático mote de rateros y aprovechadores? Mientras se nieguen a comprender que persistir con ese símbolo, más segura y rotunda, su extinción.

¿Se salvó en su “virginal limpieza” la Constitución de 1993? Esa llamada Carta Magna es la que entronizó en su capítulo económico el imperio del capitalismo salvaje, los contratos ley inmodificables, sin protección de los trabajadores, con el exclusivo designio de ganancia absoluta para los dueños que se ríen de los derechos humanos.

Porque los golpistas que en su mayoría absoluta pertenecen a los bandos poderosos, necesitaban liquidar cualquier esfuerzo por reivindicar la Constitución de 1979 y sus importantes conquistas sociales, es que cualquier esfuerzo en ese sentido, tiene que ser fulminado. Y así ha sido desde 1993.

Perú es un país descalabrado que posee un desorden económico descomunal. Varios millones de hombres y mujeres viven de su trabajo autogenerado, que amanece en madrugadas en invierno, verano, otoño y primavera, sin vacaciones, sin derecho a la salud o a la educación o al crédito bancario porque los intereses son abusivos. ¿Quién se preocupa por sugerirles organización cooperativa, solidaria, tributante, de acuerdo a un ordenamiento más equitativo y justo?

¿Cuántos cientos de muchachos, hombres y mujeres, profesionales flamantes se van del país a tentar suerte en otras latitudes? ¿No hay cómo combinar dinámicas de trabajo con grandes transnacionales de la tecnología y la ciencia y con sueldos atractivos que hagan posible un país vivible?

La pandemia del covid que parece renacer con fuerza colapsante nos ha hecho recordar cómo es el anti-sistema de salud en Perú. Sin camas ni hospitales suficientes, huérfanos de un sistema médico que abarque los villorrios más distantes de nuestra enrevesada geografía, capaz de movilizar galenos con sentimiento social y de amor por el compatriota, pero bien pagados y considerados. ¿No es bueno referir cómo cobraban las clínicas particulares haciendo de la especulación no sólo un crimen sino una práctica?

Por la abundancia de aventureros en la política, Perú no puede encarar el reto de su existencia presente y futura como un gran proyecto nacional de aquí hasta dentro de 100 años. Jumentos e ignaros cortoplacistas medran del Estado y ¡saquean literalmente! las arcas de la Nación sin que ¡les pase absolutamente nada! La lacra abogadil viene, desde hace 200 años, cubriendo a los malhechores que además ocupan gerencias, diputaciones, alcaldías y presidencias.

Profunda reflexión debieran gatillar los sucesos del miércoles. ¿Quién o quiénes aconsejaban al expresidente Castillo? Cuanto hizo no pudiera haberlo hecho peor un suicida. La contabilidad de votos no garantizaba que la vacancia procediera tan fácil como ha ocurrido. Pero sin la ayuda de don Pedro ¡eso no podría haber ocurrido de ese modo tan vergonzoso!

¿Y ahora qué? ¿Soportar a los fatuos golpistas —hoy héroes de la democracia— orgullosos de una hazaña que no es de ellos? Se puede ser grande en la derrota, pero mucho más colosal en la modestia de los triunfos. Unos y otros son efímeros, lo fundamental es no dormirse para ser arrastrado por la vorágine y tampoco ahogado en el éxtasis irrisorio.

Tomar a lo serio cosas del Perú. Esto no es república, es mojiganga, anunciaba Manuel González Prada.

 

08.12.2022
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