Minería: la quimera corrupta (Parte I)tajo maquinaria

Siendo el Perú país de gobernantes oportunistas, inmediatistas y arrasadores como plaga de langostas, debemos poner atención a uno de los principales aspectos de nuestra realidad económica que permite que ladrones y felipillos tengan siempre un fácil expediente para conseguir algo de dinero —que nunca nos sacará de la pobreza— para cubrir parte de las necesidades no del pueblo sino del estado: la minería.

En el Perú reina la informalidad en todos los niveles de la actividad social y política. Se empiezan las cosas como sea; y si están mal hechas o van a traer malas consecuencias luego se alega que ya se ha invertido mucho dinero, que hay compromisos adquiridos, etc. Esto se ve, por ejemplo, en las construcciones de edificios. Los reglamentos municipales establecen que si un edificio se construyó con planos que consignan, digamos, seis pisos, no se puede construir ni un piso más. Frente a esto, lo que hacen los ingenieros y constructores corruptos es construir un piso más o dos, lo más rápido que puedan. Cuando vienen los inspectores municipales, poco pueden hacer, porque los dueños acuden al poder judicial para defender sus “derechos” y evitar la demolición de la construcción ilegal.

Con la minería sucede algo similar. Las empresas presentan estudios de impacto ambiental mandados hacer por ellas mismas, coimean a pobladores para que digan que todo está bien, que ni el agua ni la tierra se van a dañar con la actividad minera,  etc. Esto se desarrolla en medio de una intensa campaña en que periodistas y políticos corruptos escriben y hablan maravillas de la minería, mientras en radio y televisión ladrones y ladronas fantasmales aparecen defendiendo las bondades de la actividad minera. En estas circunstancias, con todo el apoyo de los políticos y de los medios de comunicación, cualquier proyecto minero se presenta como la salvación del Perú, como el elemento clave para que nuestro país mantenga sus niveles de “crecimiento” actual, etc.

Los que defienden la integridad y sanidad de la tierra y del agua, los campesinos y ganaderos que alzan su voz son reprimidos, sus dirigentes amedrentados y perseguidos. En el reciente caso de Conga la policía detuvo arbitrariamente al dirigente Wilfredo Saavedra, y la prensa pagada por las mineras inmediatamente puso al descubierto que ese señor había purgado condena por terrorismo. Aquí es pertinente una reflexión: el pueblo acepta que sus reclamos sean dirigidos, entre otros, por una persona que todos saben estuvo presa por terrorismo. ¿Y dónde están los dirigentes no terroristas, los de los partidos “democráticos”?, ¿por qué esos políticos de partidos conocidos no se ponen a la cabeza de las demandas populares?, ¿por qué ceden terreno ante elementos radicales?, ¿por qué la gente no les tiene confianza ni los toma en cuenta? relave en-rio-raccaure huancavelica

Por qué la minería daña al Perú

 En dos aspectos la minería ocasiona un enorme daño al Perú. Primero: perjudica directa o indirectamente la actividad agrícola y ganadera, especialmente al alterar o eliminar las fuentes de agua (lagunas, manantiales, nagua subterráneas), lo cual es gravísimo en esta época de calentamiento mundial, en la que el agua es un recurso valiosísimo. Segundo: impide el desarrollo del país, al acostumbrar al estado y al pueblo a vivir solamente de la extracción, no de la producción, lo cual significa que se aplaza por tiempo indefinido nuestra transformación en país manufacturero, que transforma materias primas.

Los delincuentes de la política y de la comunicación que viven a sueldo de la minería presentan un panorama tal, que —según ellos— la vida del Perú resultaría imposible sin la minería. O sea que somos algo porque tenemos hierro, cobre, oro, vanadio, molibdeno, uranio, gas, etc. En otras palabras, nos dicen que Dios —ah, “Dios es peruano”— ha dado a los peruanos toda clase de riquezas para que seamos como los hombres primitivos preagrícolas, que eran cazadores y recolectores, que solo tenían que estirar la mano para recoger un fruto, o arrojar una piedra o una lanza para matar un animal y comerlo.

Según estos rateros que defienden apasionadamente la minería, Japón, Alemania o Bielorrusia —por mencionar solo tres países industrializados— son lugares donde es imposible vivir y desarrollarse, porque no tienen hierro, cobre, oro, vanadio, molibdeno, uranio, gas, etc.; son desiertos infernales donde Dios tuvo a bien no darles nada, yermos donde no basta estirar la mano para conseguir algo.

 

 

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