Historia, madre y maestra
La tragedia del 79, Alfonso Bouroncle Carreón, Studium, Lima

Isaac Recavarren
Coronel Isaac Recavarren
Tacna y Arica

Guerra Perú-Chile 1879. 27 Recavarren

Combatiente del 2 de Mayo y héroe de Pisagua y Tarapacá, donde fue herido en un brazo. Coronel por méritos a los 40 años, era el más joven de ellos y uno de los más entusiastas defensores de la patria. Para la campaña del sur, logró que le dieran en Lima algunos pertrechos que condujo a Arequipa donde tomó el mando del segundo ejército del sur y decidió llevarlo a Tacna, lugar que se suponía sería atacado por Chile y su captura le permitiría adueñarse definitivamente de los departamentos sureños; al mismo tiempo, evitar cualquier avance de tropas sobre Tarapacá, razón de su agresión.

 

La historia del coronel Isaac Recavarren para formar, organizar y movilizar al segundo ejército del sur, es una de las tantas páginas increíbles de la tragedia del 79.

Por un lado estuvo la decisión, empeño y presencia de ánimo del joven coronel arequipeño, empeños que lo llevan a la prisión. En segundo lugar, la acción de varios coroneles, entre ellos y principalmente López y Sequera que, cumpliendo órdenes prefecturales o directas de Piérola, hicieron lo imposible para entorpecer la labor de Recavarren y como no pudieron conseguirlo, le desconocieron su mando y autoridad, mediatizaron y entrabaron todo el operativo que culminó con la vergonzosa salida del coronel Segundo Leyva y el encarcelamiento de Recavarren. En último término, quedó la acción antipatriótica, pusilánime y de total entreguismo al dictador, del prefecto de Arequipa, el norteño Carlos Gonzales Orbegozo, cuya falta de espíritu de lucha a la defensa nacional, se mostró cuando el ataque chileno a Mollendo, Mejía e Islay.

Después de la pérdida de Tarapacá, en el Perú sólo cabían dos acciones a cumplirse: adquirir barcos de guerra capaces de superar a la flota chilena y reforzar el ejército del sur. Lo primero quedó librado al empeño del supremo gobierno, mientras que lo segundo fue responsabilidad de todos aquellos comprometidos en una u otra forma a la mejor reorganización y refuerzo del ejército que en Tacna y Arica esperaba el ataque enemigo.

Con la finalidad de organizar el segundo ejército, Piérola encargó al general Beingolea para conducir pertrechos hacia Arequipa y el 11 de marzo de 1880, en el "Talismán", acompañado de jefes y oficiales que le servirían de cuadro al nuevo ejército, partieron de Lima, llevando una dotación de fusiles. No pudiendo desembarcar en Quilca, que era el propósito, por temor a que en ese puerto estuviera algún barco chileno, el comandante de la nave regresó a Pisco donde descendieron a tierra y dirigieron a lea, pero el prefecto puso dificultades para proseguir la marcha. Una vez superadas, estando a un día de jornada en Ocucaje, Beingolea recibió un telegrama comunicándole que había sido reemplazado por el coronel Leyva. Beingolea regresó a Lima y, frente a las imputaciones que Piérola hizo sobre su conducta, el general solicitó una investigación para esclarecer su situación y, en el juicio instaurado, se declaró intachable la conducta de Beingolea, pero Piérola había logrado su propósito, de retirar a ese general la autoridad y reemplazarlo por un incondicional. Leyva al tomar posesión del mando, en lugar de proseguir por la ruta trazada por su predecesor, optó por un camino mucho más largo, a través de Lucanas.

En Lima, Piérola el 29 de marzo igualmente comisionó al coronel Recavarren que del sur acababa de llegar a Lima, para que organizara una división de ejército en Arequipa, para lo cual, el joven coronel logró que le entregaran 1800 fusiles, 6 cañones con ánima rayada y 4 ametralladoras, cargamento que embarcó en el "Oroya". Una semana después partió con su cargamento y a los cuatro días desembarcó en la caleta de la Chira en Camaná. Al llegar a esa ciudad se enteró del desastre sufrido por la división del general Gamarra en Los Angeles, lo cual dejó a los chilenos dueños de Moquegua. Debido a la noticia se dirigió apresuradamente a Arequipa donde llegó el 12 de abril y, después de hacerse reconocer como jefe de la expedición proyectada, se dedicó de inmediato a reunir a la tropa que en forma dispersa llegó a la ciudad procedente de Los Angeles y, en esa forma, contar con elementos que pudieran combatir al enemigo. Igualmente logró que en diez días, las armas desembarcadas en La Chira llegarán a Arequipa.

Debido a su empeño, iniciativa y decisión, logró en una semana disponer de un ejército de cerca de tres mil hombres a los cuales, incluso vistió a su costa hipotecando sus bienes personales y, con la ayuda del prefecto de Puno y algunos comerciantes, logró colocarlos en pie de guerra, adecuadamente pertrechados, ya que para él, no hubieron obstáculos y, conforme se presentaron los fue superando. Para ello contó con la ayuda de la mayor parte de coroneles y oficiales patriotas y del subprefecto señor Bruno Abril, quien movilizó recursos y consiguió las muías para el transporte.

Algunos coroneles comenzaron a poner obstáculos e intrigaron  contra él, fuere por celos o cumpliendo órdenes superiores, pero trabaron las iniciativas y quien se hizo cargo de llevar a efecto esas maquinaciones fue nada menos que el Jefe del Estado Mayor General, coronel Mariano Martín López secundado por el coronel Sequera y en parte, por el viejo coronel Marcelino Gutiérrez, el sobreviviente de los cuatro hermanos de 1872. Como no pudieron impedir el ímpetu de Recavarren, López dispone, en ordenanza del Estado Mayor General, que salgan dos divisiones en vanguardia a órdenes de Recavarren y que el grueso del ejército partiera después. Seguidamente le desconoció el cargo de jefe del segundo ejército, con el pretexto que Leyva está pronto a llegar y, por lo tanto debe sujetarse a sus órdenes; terminó desposeyéndole del mando de las dos divisiones próximas a salir y ordenó por escrito: (73).

"Art. 1. Teniendo en conocimiento este E.M.G. que el señor general en jefe del 2° Ejército del Sur se halla próximo a ingresar a esta ciudad y debiendo esperar sus órdenes para la movilidad de las fuerzas de este ejército, se ordena que el subjefe de este E.M.G., encargado del mando de ellas, vuelva a su anterior condición y que los cuerpos que componen las dos divisiones se entiendan en lo sucesivo directamente con este E.M.G.— el coronel jefe, López".

Los atropellos, a los deseos de defender la patria a la llegada de Leyva se agudizaron, revelándose tal situación en la carta acusatoria que Recavarren envió a Piérola: (74) y (Anexos 19-20).

"Para la completa organización del cuerpo del ejército que yo debía conducir, llamé a varios jefes para saber si estaban aptos para el servicio; muchos de ellos se fingieron enfermos (de donde resultaba la rareza de que el mes de abril fuera de enfermedad para los militares), y para cohonestar su conducta, por no decir su cobardía, principiaron a desacreditar mi expedición, propalando que los rifles que había traído eran malos, porque eran recompuestos en Lima; que los cañones no servían, y, por último, que yo por ambición de gloria iba a sacrificar la gente que llevaba. A otros jefes no quise colocar por sus malos antecedentes y conducta reprobada, y entre estos estaba el coronel Sequera, quien había sido tomado en flagrante delito de defraudación al Estado por una suma de 2000 a 2400 soles, con motivo de una comisión que se le dio de que trajera de Puno unos 2,000 pares de zapatos; en cada uno de ellos recargaba el precio legítimo con dos soles.

Pues bien, todos estos jefes se aunaron no sólo para propalar lo que anteriormente tengo relatado a usted, sino que excitaron el amor propio de los jefes que me obedecían, y entre ellos al coronel Gutiérrez, . . Pero no pararon en eso, sino que azuzaron los celos del coronel López, jefe del estado mayor general, haciéndole creer que yo despreciaba su autoridad.. . Ayer. . . el coronel López me pasó un oficio en que me decía: que por razones de alta significación y por convenir a la mejor organización del segundo ejército del Sur, disponía que dejara el mando de las fuerzas y que quedara en mi primera colocación. . . Contestaba yo, el citado oficio, de la manera conveniente, cuando tuve que interrumpir para comer. Eran las 7 de la noche y me hallaba sentado a la mesa en unión de algunos amigos y señoras, cuando se cometió en mi casa el escándalo más inaudito de (que) pueda formarse idea. Una compañía del batallón Legión Peruana, que manda el coronel Gutiérrez, acompañada de una turba de malvados, recogidos de la hez del pueblo, penetraron en mi domicilio, dando gritos feroces y sin respetar mi posición, ni la presencia de señoras, maltrataron gravemente a culatazos a los amigos que conmigo estaban, dispararon tiros sobre varios de ellos y sobre mí, lo que es un asesinato frustrado, y me redujeron a prisión,. . en un calabozo del cuartel del coronel Gutiérrez que se constituyó en mi cancerbero. En la calle del tránsito a la prisión, los corónelos López y Gutiérrez, excitaban a la muchedumbre diciéndole que era necesario matar a los traidores. Así, pues, me conducían como a un criminal en medio de una turba desenfrenada, y se gritaba de voz en cuello que yo era el traidor. . . .".

Durante las intrigas del coronel López llegó Leyva a Arequipa y en exposición escrita de Recavarren sobre lo acontecido, refirió su entrevista con el recién llegado: (75).

"Al "presentarme en Arequipa a este jefe, le manifesté el objeto de mi viaje, las instrucciones que tenía, los elementos que había llevado y el pie en que se encontraba el ejército; al mismo tiempo le hice presente que tenía determinada la marcha para el 27 de este mes (abril), como lo había anunciado ya a S.E. el jefe supremo y al general Montero. El Sr. coronel Leyva me contestó, entonces, que su misión era distinta: que si yo tenía instrucciones, él tenía las suyas y que su objeto era organizar un ejército por lo menos de 10,000 hombres; que él no era de opinión de salir sino con fuerzas que ofrecieran toda clase de seguridades, porque no quería exponer su crédito adquirido en largos años de carrera militar.

A los pocos días recibí de Piérola la carta de 24 de abril y fui a mostrársela inmediatamente a Leyva. Impuesto de su contenido, reconoció la necesidad de que el ejército saliera en auxilio del de Tacna, y me propuso que mientras él se disponía a seguirme, saliera yo con dos columnas ligeras de vanguardia".

Esos atropellos se ejecutaron con plena aprobación del prefecto, quien incluso se negó a reconocer los gastos para mantener el ejército fuera de su jurisdicción política. Tampoco quiso entregar las armas y municiones depositadas en los almacenes del ferrocarril.

Se aprecia que la confabulación no es contra Recavarren, sino contra el primer ejército del Sur, al cual se le condenó a luchar en las peores condiciones físicas y de armamentos, además de manifiesta inferioridad numérica. Es difícil pensar que en momentos tan peligrosos para el país, con un enemigo mostrando cada día mayor agresividad y mejor armamento, además de corregir sus errores tácticos y estratégicos iniciales, por lo cual, para hacerles frente se requería la utilización de todos los recursos que pudieran concentrarse y que el mando estuviera unificado y en las mejores manos. En lugar de ello, el Perú presentaba un caos organizado desde el dictador de Lima, hasta los ejércitos del Sur y en ellos, la cobardía plena del prefecto Gonzáles Orbegozo y de los coroneles Leyva, López, Sequera, Gutiérrez, quienes prefirieron seguir en la molicie a salir en la defensa del territorio nacional, al cual juraron defender.

Se cometió el atropello de enviar a la cárcel al único hombre en el ejército acantonado en Arequipa que, basado en su espíritu y la orden recibida, quiso salir en ayuda de sus compañeros de armas con los cuales habían luchado contra el invasor en Tarapacá y, el día previo a que partiera, se le revocaron las órdenes e incluso quedó encarcelado. Mientras sus ofensores quedaron tranquilos al amparo de Piérola y de un prefecto inepto. Para culminar la pantomima y cinismo con el que se jugó el destino del país, y también para acallar críticas, el coronel Leyva salió de Arequipa en los últimos días de abril o primeros de mayo.

Sensiblemente, toda la documentación que existió en los archivos prefecturales de Arequipa, en los cuales hubo valiosísima información sobre la correspondencia cursada con Piérola y las órdenes recibidas para el movimiento de tropas, además de las impartidas por el prefecto Gonzáles Orbegozo y hubieran explicado, si la cobardía de los coroneles mencionados y del prefecto, fue por propia decisión o cumpliendo órdenes superiores. Esa documentación se perdió cuando en 1894, las huestes pierolistas capturaron la prefectura de la ciudad blanca y dedicaron a quemar muebles, cuadros y enseres de la Prefectura del Departamento, y para avivar el fuego, colocaron en la hoguera el archivo prefectural, cometiendo un grave atentado a la preservación de la información histórica y cultural. Incendiaron los documentos referentes a la Confederación Perú-Boliviana, sobre la primera invasión chilena que fuera derrotada por Santa Cruz en Paucarpata; sobre las diferentes revoluciones de Arequipa y por último, lo referente a la Guerra con Chile y los acontecimientos que sucedieron en los años siguientes, como el pronunciamiento de la ciudad por Cáceres en contra de Iglesias y el inicio de lucha montonera. Toda esa valiosa información desapareció por la acción del pierolismo, ¿Fue adrede el siniestro? ¿Por qué sólo se destruyó la prefectura? ¿El vandálico incendio del mobiliario era para disimular la desaparición del archivo?

Cuando Recavarren recobró su libertad por disposición de la autoridad local, debió dirigirse a Lima a órdenes del Gobierno.