Victoria conservadora en las elecciones iraníes

Mahmud Ahmadineyad

Por Adrián Mac Liman (*)

Las elecciones generales celebradas el pasado fin de semana en Irán nos han deparado una nueva sorpresa. Mientras la mayoría de los politólogos apostaba por una pugna entre conservadores y reformistas, esta vez la lucha por el poder enfrentó a los antiguos combatientes de la guerra Irán-Iraq (1980-1989) con los máximos exponentes de la vieja guardia religiosa. Tampoco hay que extrañarse sobremanera: el Consejo de los Guardianes, órgano supremo del poder de los ayatolás, optó por rechazar la mitad de las candidaturas, supuestamente dudosas, presentadas para los comicios. En la mayoría de los casos, se trataba de personalidades reformadoras o independientes, cuyo programa se apartaba de la rígida y obsoleta línea impuesta por los jerarcas religiosos. En este contexto, conviene señalar la involuntaria “renuncia” de Alí Eshraghi, sobrino del ayatolá Jomeyni, rechazado por los Guardianes, y de su primo, Hassan Jomeyni, otro heredero directo del mítico Guía, quien no dudó en denunciar públicamente la “militarización” de la vida política persa.

 

Curiosamente, quienes más se aferran a los cánones y dogmas de la revolución islámica son los antiguos “guardianes de la revolución” (pasadrán), pertenecientes, al igual que el Presidente Mahmud Ahmadineyad, a la nueva clase dirigente del país. Los pasadrán fueron enviados al frente para defender la Patria, mientras los religiosos se hacían con el control de las estructuras políticas y económicas de Irán. En la actualidad, la mayoría de los ex combatientes de aquella guerra son hombres mayores de 50 años, intelectuales que desean formar parte de la clase dirigente. El analista francés Bernard Hourcade estima que los antiguos pasadrán quieren “reconquistar el poder secuestrado en su momento por el clero chiíta”.

El imparable avance de este ejercito ideológico del régimen de Teherán que, según los expertos, está integrados por de 10 millones de personas, pone de manifiesto la existencia de una guerra soterrada entre los “turbantes” de los ayatolás y los pasadrán. Hay quien atribuye la fisura al mero deseo de un inevitable relevo generacional y quien estima que, pese a su acatamiento a las normas impuestas por los religiosos, los pasadrán albergan el hasta ahora oculto deseo de apostar por la modernización del país. Una modernización que pasa por la reforma de las estructuras económicas, la lucha contra la inflación, que alcanza la cifra récord de 20% anual, contra el desempleo, contra la acentuación de la brecha que separa a los ricos de los pobres.

Cabe suponer, pues, que los problemas internos centrarán el futuro debate nacional. A los pobladores del país persa no les interesa tanto el enfrentamiento con Occidente sobre el programa nuclear, como las promesas incumplidas de Ahmadineyad, quien centro su campaña presidencial en la defensa de los intereses de los pobres. Pero si las críticas contra la discutible gestión económica del Presidente han abandonado las callejuelas del zoco para encentrar su debido eco en las páginas de los periódicos de gran tirada, su gestión de la crisis nuclear cuenta, extrañamente, con el apoyo casi incondicional de las clases más desfavorecidas, poco propensas a olvidar los viejos “clichés” nacionalistas, que loan a Irán, cuna de una civilización milenaria, que posee y defiende valores “muy superiores” a los de Occidente.

Mientras los militares parecen a su vez dispuestos a apoyar a la corriente conservadora, los estudiantes muestran su total indiferencia ante los resultados de los comicios. Recuerdan que las reformas anunciadas en la década de los 90 por el equipo liderado por el liberal Mohamed Jatamí se quedaron en agua de borrajas. Los universitarios no sólo desconocen a los candidatos, sino que apenas sienten curiosidad por conocerlos. Saben de antemano, al igual que el resto de la población iraní, que la corriente conservadora contará con más del 70% de los escaños en la nueva Majlis (Parlamento) y que la lucha por en cambio se limitará a unas críticas veladas a la actuación gubernamental, que ocultarán, en realidad, las grandes maniobras ideadas por los promotores del cambio generacional.

Aparentemente, todos los intentos de Washington de promover o imponer la instauración de un sistema democrático (es decir, prooccidental) han fracasado.

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