África en el olvido

Por Iván González Alonso*


África es el continente que va a sufrir las consecuencias de la crisis financiera con mayor intensidad. Pese a ser su último responsable. Un dicho popular afirma que cuando Europa estornuda, África padece neumonía. Ahora son los países enriquecidos los enfermos, y África un continente que agoniza.


La globalización liberal no se olvidó del continente africano durante la época de bonanza, se valió de ella como periferia explotable sobre la que sostener el sistema. Pese a ello África se encontraba hasta hace un año en plena reforma de sus políticas económicas, con un crecimiento anual cercano al 7%  y un proceso de creación de infraestructuras. Washington, que durante la guerra fría dejaba África en manos de sus aliados europeos, las antiguas potencias coloniales, parecía implicarse cada vez más en el futuro del continente. Pero el castillo de naipes neoliberal se ha derrumbado.

La crisis financiera provocada por los países occidentales afecta al continente africano de cuatro maneras. En primer lugar, se ha producido un frenazo a la economía debido a las dificultades que los bancos africanos encuentran a la hora de pedir préstamos a sus homólogos europeos o estadounidenses, quienes ni siquiera se fían entre sí. Por este motivo, los bancos africanos no pueden conceder créditos para las empresas, y estas se ven obligadas a reducir a sus plantillas. Se ha producido también un descenso de los flujos de remesas que  los inmigrantes procedentes de África envían cada mes a sus familias. Para algunos estados las cantidades procedentes de la emigración suponían un 20% del Producto Interior Bruto, y el montante que recibía el continente superaba los 30.000 millones de dólares al año. La ayuda internacional y los Programas de Desarrollo han descendido en África por tercer año consecutivo. Y por último, la demanda de materias primas por los estados Occidentales ha disminuido en algunos países africanos, donde la exportación de alimentos o minerales es la base de su economía.

Resulta paradójico que África no se viera representada en la Cumbre del G-20 de Washington para “refundar el capitalismo”. Una silla ocupada por Congo, Kenia, o Nigeria otorgaría mayor legitimad y credibilidad a la Cumbre.

Los estados africanos obtuvieron la independencia a mediados del siglo XX, en un rápido proceso descolonizador. El optimismo y la euforia se adueñaron de sus habitantes, quienes veían la posibilidad de un techo o de un mayor cuenco de arroz. Pero la población aumentó de manera exponencial, y comenzó la escasez de escuelas, comidas y trabajo. Los bancos, las plantaciones, y las industrias seguían perteneciendo a capital extranjero, por lo que la política era la única forma para los nativos de amasar una fortuna. La pobreza de unos y la codicia de otros crearon un ambiente en el que el ejército se presentaba como el protector de los pobres ante los ricos, y viceversa. Pero el empobrecimiento africano se remota  al comercio de esclavos, que envenenó las relaciones entre los habitantes y las regiones africanas. Los más fuertes vendían a los más débiles en los mercados, los reyes comerciaban con sus súbditos, los vencedores, con los vencidos. Semejante proceso marcó la psique de muchos africanos con un sentimiento de inferioridad que dura hasta la actualidad.

La crisis supone una oportunidad para África. Europa, más preocupada por sus problemas internos, soltará la mano al continente africano, que deberá aprovechar el momento y comenzar a tomar sus propias decisiones, a andar sola, como nunca le dejaron hacerlo.

* Periodista
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