De libros y delincuentes chilenos

 
 
 
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Chilenos en saqueo,
óleo: Etna Velarde

Por enésima vez, Chile habla de devolución de libros saqueados

Luego de diversos sondeos, pedidos y contactos, el gobierno chileno, a través de los funcionarios pertinentes, expresa su disposición de devolver parte de los libros que robaron de la Biblioteca Nacional del Perú durante la invasión al Perú de 1879 a 1883. Algunas personas desubicadas o desorientadas (los menos) y determinados coimeros a sueldo de Chile como periodistas, literatos, políticos, etc. (los más) saludan el anuncio de Chile como un signo de que desea mejorar sus relaciones con el Perú (¡por supuesto que tales relaciones nunca serán buenas si en el trasfondo vemos —nunca lo olvidamos— la grosera usurpación territorial de Arica y Tarapacá y ahora el triángulo terrestre de Tacna y el mar territorial!).

¿Cómo debemos interpretar esta situación para no caer en errores? En primer lugar, entender que la agresión, destrucciones, robos, asesinatos y mutilación territorial que sufrimos cuando los chilenos invadieron el Perú se produjeron como manifestación de una planificada empresa de robo, asesinato y terrorismo (¡no olvidemos jamás al nefasto Patricio Lynch1!); por tanto, si todo partió de una percepción y concepción inmoral, muy característica de los chilenos, es comprensible que las acciones particulares de la guerra estuvieran revestidas de ese siniestro manto de homicida inmoralidad.

 
 
 

Consecuentemente, es lo más natural que en el transcurso de esa guerra se hayan producido, entre otros delitos, muchísimos robos. En el caso particular de los libros robados por los chilenos hay que diferenciar los que fueron sustraídos oficialmente, por órdenes superiores, y los que fueron sustraídos por actuación personal de soldados alentados por sus jefes (los soldados chilenos más obedientes y asesinos eran premiados por sus jefes con la tolerancia para que robaran lo que quisieran o violaran a las mujeres que les viniese en gana). Este segundo caso (actuación individual alentada por los jefes) es el de más difícil tratamiento a estas alturas de la historia, puesto que los soldados tenían la libertad de vender los libros o de quedarse con ellos, por lo que resulta muy difícil la recuperación.

 
 

En lo concerniente al primer caso (el robo oficialmente organizado, con inventario y todo) podemos decir que hay más posibilidades de recuperar algo, pese a la natural desconfianza que nos inspira la deshonestidad de los chilenos. ¿Quién sabe si los inventarios o listas son falseados o no?

 
 

Ahora bien, ¿qué hacer si para disimular lo del triángulo de Tacna o lo del usurpado mar territorial peruano los chilenos proceden a devolver algo de los libros? Pues en primer lugar no realizar ninguna ceremonia, no enviar ministro o viceministro alguno a la recepción del material bibliográfico. Lo que corresponde es tratar el asunto en su verdadera esfera o dimensión: la de un delito del cual se encarga la Policía. Consecuentemente, para la recuperación de los libros robados por Chile, se debe designar un jefe de la Policía Nacional del Perú que reciba lo devuelto2 de manos de un jefe de Carabineros (la Policía chilena).

 

Cualquier otro tratamiento de este tema, que no vaya por el lado policial, sería corrupción y servilismo hacia el enemigo. Por supuesto, tampoco habrá nada que agradecer.

 

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1 Como sabemos, el militar chileno Patricio Lynch es el padre espiritual o padre putativo de los modernos terroristas. Durante la Guerra del Pacífico, este delincuente, de la misma calaña que el hampón Arturo Prat, recorrió toda la costa peruana dinamitando puertos y haciendas, incendiando pueblos, asesinando y cobrando cupos de guerra (igual que Sendero o el MRTA). Resulta muy revelador que tanto Sendero como el MRTA jamás dijeran una palabra contra la usurpación chilena de Arica y Tarapacá; no podían hacerlo, puesto que su guía y maestro siempre ha sido el chileno Patricio Lynch.

 

 

2 Tal como ocurre cuando se recupera mantos de nuestras culturas precolombinas, cuadros de pintura colonial, cerámica precolombina, etc., corresponde ocuparse de la conferencia de prensa a la Policía Nacional y no a ministros, viceministros o directores de institutos del estado que sólo buscan figuración. ¡Se acabó la fiesta! ¡Para casos de robo tenemos a nuestra Policía!