Se equivoca El dios cautivo
batalla Francisco Bolognesipor Herbert Mujica Rojas

Sostiene el sociólogo chileno Sergio González Miranda, en el Capítulo VII, Conclusiones: El vuelo de la integración, p. 151 de su interesante libro El dios cautivo: Las Ligas Patrióticas en la chilenización compulsiva de Tarapacá (1910-1922); Santiago, LOM Ediciones, 2004; que: "Por parte del Perú, el agotado presidente Augusto B. Leguía tomó las decisiones definitivas, pero ya no estaba rodeado de los embajadores y cancilleres de años anteriores; como ministro de Relaciones Exteriores estaba don Pedro José Rada y Gamio (219) y de Subsecretario, don Samuel Barrenechea. La cita con ese número, dice: "Supuestamente él y el canciller chileno Ríos Gallardo (Conrado), fueron los creadores de la llave y el candado para Bolivia: el artículo del Tratado de 1929 que impide ceder a una tercera nación todo o parte de los territorios en disputa sin previa consulta al otro país." Me temo que lo anotado es digno de categórica refutación.

 

El artículo 1 del Protocolo Complementario del Tratado de Lima del 3 de junio de 1929, dice a la letra:

"Los Gobiernos del Perú y de Chile no podrán, sin previo acuerdo entre ellos, ceder a una tercera potencia la totalidad o parte de los territorios que, en conformidad con el Tratado de esta misma fecha quedan bajo sus respectivas soberanías, ni podrán sin ese requisito, construir, a través de ellos, nuevas líneas férreas internacionales."

En su notable trabajo, El Tratado de 1929. La otra historia, el embajador Félix C. Calderón, autor a quien Sergio González subraya haber leído, sostiene en su página 290: "De origen chileno e incluida a insistencia de este país, lo que se persiguió con esa cláusula fue frustrar cualquier eventual arreglo peruano-boliviano en detrimento de Arica. Stricto sensu, esta limitación debió haberse aplicado solamente a Chile, como resultado de la cesión territorial de Arica que hizo el Perú. Lo curioso del caso es que habría sido la libre disponibilidad del Perú sobre Tacna, sobre todo en lo que se refiere a la construcción de una nueva vía férrea hacia La Paz, lo que habría querido restringir Chile. Y para ello no se le ocurrió nada mejor a la Cancillería de La Moneda que recurrir al texto del artículo sexto del Tratado Boliviano-chileno de 10 de agosto de 1866, tal como lo recordara Culbertson".

En efecto, se dice en el Tratado de Límites de Bolivia y Chile de esa fecha:

"Las Repúblicas contratantes se obligan a no enajenar sus derechos a la posesión o dominio de territorio que se dividen entre sí por el presente tratado, a favor de otro Estado, sociedad o individuo particular. En el caso de desear alguna de ellas hacer tal enajenación, el comprador no podrá ser sino la otra parte contratante".

Por tanto, la fuente inequívoca y clarísima del artículo 1 del Protocolo Complementario de junio de 1929, entre Perú y Chile, fue ¡otro tratado, esta vez entre Chile y Bolivia, con términos casi idénticos de 1866!

Más aún. En su notable trabajo, el embajador Félix C. Calderón apunta que durante una de las etapas de negociaciones para el Tratado de 1929: "La otra dificultad que suscitó el Departamento de Estado tuvo que ver con la gestión reiterada que hizo el Gobierno de Bolivia, a través de su representante en Washington, Diez de Medina, con relación al párrafo incluido en el proyecto de memorándum original (20 de abril), por el cual ni Chile ni el Perú podían ceder a un tercero parte del territorio ni construir nuevas líneas férreas internacionales. Tanto en la representación que hizo el enviado boliviano el 26 de abril, como en el memorándum que presentara el secretario Stimson el 4 de mayo, se subrayó que un acuerdo de esa naturaleza constituía un bloqueo definitivo a la aspiración marítima de Bolivia, por ser los intereses peruanos con respecto a Bolivia contrarios a los de Chile y viceversa. Aparte de recordar la propuesta Kellog de noviembre de 1926, Diez de Medina puntualizó que no era la intención de su país alterar las negociaciones en curso; mas no podía impedirse de llamar la atención de Washington en tanto promotor de un acuerdo final entre esos dos países, de la inconveniencia e improcedecencia de una cláusula de ese tipo (Ibid. pp. 776-793).

La oportuna gestión del Gobierno boliviano dio sus frutos de inmediato. Ese mismo día, horas después, el Departamento de Estado hizo saber al embajador Morre en Lima que si bien fue consistente en su posición de no incluir a Bolivia en las negociaciones directas peruano-chilenas, salvo que así lo hubiesen solicitado entre esos dos países, también tenía entendido que el arreglo de la cuestión de Tacna y Arica no podía ser inamistoso a los intereses de un tercer Estado. Con mayor razón si ese acuerdo debía venir del Presidente de los Estados Unidos en circunstancias que el tercer país concernido había hecho una protesta vehemente contra una de las cláusulas del mismo.

Planteado este impasse por Moore al presidente Leguía, en la mañana del día 27 de abril, la respuesta de éste fue inequívoca: "De ninguna manera ni bajo ninguna condición haría el más pequeño gesto que pudiera incomodar al presidente Hoover por quien siento la más grande admiración. Pediré (al embajador chileno) que esa cláusula se retire inmediatamente (Ibid. p. 780). Cosa que hizo minutos después, prevista como estaba su reunión con Figueroa para las 12.30 horas.....Después que el representante de Bolivia en los Estados Unidos reclamara ante la Secretaría de Estado... el señor Stimson hizo públicamente una declaración alentadora para Bolivia que mereció la protesta inmediata del embajador chileno en Washington. " pp. 256-257

Es vital subrayar entonces que Perú, que no se apoderó por la fuerza de las armas o de coacción legitimada por tratados de cualquier índole, de territorios bolivianos en el litoral Pacífico u otro, no es responsable de la condición actual de la república altiplánica de Bolivia. Sostiene Sergio González en la página 135 de su obra citada, en el capítulo VI, Tacna y Arica: El corte al nudo gordiano que: "Tacna y Arica es otra historia. Por razones de espacio y porque pensamos publicar la historia del conflicto peruano-chileno por Tacna y Arica en otro libro prontamente, es que desarrollaremos los elementos más importantes de ese conflicto asociados a la violencia de grupos xenófobos, similares a las Ligas Patrióticas". De modo que, estoy cierto que dándole algunas pistas de inevitable recorrido o elusión involuntaria, tiene la chance, como propósito fundamental que guía sus trabajos, de corregir o precisar la autoría de un texto a la que se ha llamado de diversos modos a lo largo de esta difícil vecindad entre Perú y Chile como tituló así el maestro Alfonso Benavides Correa a su obra magna de 1997.

Gonzalo Bulnes, historiador chileno, afirmó que "la válvula de seguridad de la paz con el Perú" era el mencionado artículo 1 del Protocolo Complementario. No impugna su autoría o la atribuye al Perú.

Para el ex canciller de Arturo Alessandri, el León de Tarapacá, Ernesto Barros Jarpa: "El Tratado de Lima, por medio del cual el gobierno de la tiranía puso término a nuestro viejo conflicto con el Perú es política, económica y patrióticamente considerado un desastre: Políticamente. 1. Porque en el artículo primero del Protocolo Complementario se entregó al criterio del Perú una posible solución de nuestras diferencias con Bolivia al suscribir el compromiso, según el cual, sin un acuerdo previo con el Gobierno de Lima, Chile no podrá entrar en arreglos territoriales con la República del Altiplano". No. 577, 19-8-1931, El Diario Ilustrado (Santiago de Chile), citado por Alfonso Benavides Correa en Una difícil vecindad, p. 168, Lima 1997. Barros tampoco abomina de la autoría o se la otorga o endereza al Perú, antes bien, abomina críticamente de ésta en los términos que vamos leyendo.

Advirtió con sabiduría el, por desgracia cuasi olvidado, hombre de letras y política chileno, Carlos Vicuña Fuentes, en su célebre trabajo, La libertad de opinar y el problema de Tacna y Arica, en su p. 46, Imprenta, Litografía y Encuadernación Selecta, Santiago 1921: "El problema de Tacna y Arica no estriba ciertamente ni en que Chile se quede con esas provincias, ni tampoco en que las devuelva al Perú: plantear en el terreno meramente político esta cuestión carece de verdad, porque el problema es más alto y trascendental. Consiste él esencialmente en que cese el entredicho de Chile y Perú, vuelva entre ambos la amistad, nacida de la paz moral, y desaparezca el síntoma perturbador de la armonía de nuestro continente. Consecuencia de ello será el cambio de la política agresiva, la disminución de los armamentos, el desarrollo del comercio y vuelta al predominio de los conceptos morales, hoy día abandonados por la necesidad de cohonestar nuestra política. Me parece una solución conveniente la devolución de esas provincias al Perú, porque ésta es única manera de llegar a aquella paz y amistad, ya que el Perú no renunciará ni por dinero ni por la fuerza a sus sentimientos que son respetables y justos." A buenos entendedores, pocas palabras.

Por tanto, pregunto no a los historiadores chilenos, cuya responsabilidad es por entero suya, a veces con imprecisiones que perturban el claro y sereno juicio de Clío, sino a quienes son naturales del Perú: ¿qué han hecho para corregir, esclarecer, enriquecer, los caminos del conocimiento histórico? Pretender que el olvido, la amnesia, o el descuido, constituyan hitos o máscaras para disimular el pasado, no es más que una monstruosidad de lesa historia. Y que además tiene el pesado lastre culposo que habremos de señalar quienes sí estamos atentos a la historia y su genuina fuente de hechos favorables o desfavorables como ocurriera en 1879 y los años subsiguientes.

Ni Perú es culpable de la mediterraneidad boliviana porque el artículo 1 del Protocolo Complementario de 1929, encuentra su precedente en otro tratado de límites entre Chile y Bolivia, de 1866, y tampoco tiene porqué abdicar de lo que allí se preceptúa y que es una previa consulta para la cesión a cualquier tercera potencia de territorio en Arica, lugar donde hay servidumbres, negativas y positivas, para el Perú y en que hay cuestiones pendientes jamás estudiadas o sancionadas por Congreso alguno, como la traición de 1999 y a cargo de algunos miserables a quienes aloca la posibilidad de una gran tapadera que oculte sus entreguismos. Y todos son conocidos con nombre y apellido.

 

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