Herbert Mujica Rojas

En tiempos en que para encontrar un odiador no hay que hacer mucho esfuerzo, merodean en las redes sociales seres que escriben lo que les viene en gana. Jamás constatan lo que balbucean. Pero lo peor es que se creen su cantinflada.

 

odio violencia

 

Por si las moscas, el ilustre mexicano Mario Moreno “Cantinflas”, forma parte de una de las épocas más brillantes del cine azteca, en su rango, humorístico-social ¡insuperable!

Bueno advertirlo, porque los odiadores a la carta, con automatismo reprobable, a todo aquél que no piense como aquellos, los tilda de ser parte del “foro de Sao Paulo, de comunista, de socialista” o de lo que sea.

Claro está que la imbecilidad es democrática, no reconoce edades, cerebros deficientes y palurdos ensoberbecidos en sus torpezas. Bien reza el dicho: ¡qué sabe el burro de alfajores!

La tecnología facilita cosas. Pero también envilece el ejercicio de la inteligencia.

Siempre me he preguntado ¿cuáles las virtudes de esos personajes que premunidos de una pantalla gigante y una computadora pequeña, balbucean mecánicamente cuanto se ve reflejado en el plano?

No pocas veces los relatores son tartamudos, tienen pésima dicción y del castellano no entienden gran cosa. Sólo pretenden leer cuanto refleja el haz de luz en la superficie blanca.

Estos expositores modernos (con excepciones honrosas), usan palabritas que reducen el lenguaje a cacofonías gestuales de las cuales les es imposible apartarse.

Una mala copia son los odiadores a la carta hablantines y de escaso margesí intelectual.

Incapaces de improvisar, su “disco duro”, no admite semejante alternativa, hemos llegado al nivel en que apenas superamos a los loros y la escala zoológica no nos favorece si nos comparamos con estos pajarracos.

Algo parecido sucede con Internet. Los escolares de hoy y los universitarios de estos días, han perdido el buen y constructor hábito de la lectura.

Los odiadores a la carta son maestros en estas pistas jabonosas.

Todo se reduce al cut and paste y como original sólo pueden reclamar que ponen su firma a textos que no revisan, que asimilan acríticamente y que transcriben bajo el supuesto que por estar en la red, son datos exactos e impolutos.

Los odiadores a la carta han hecho de la ociosidad, madre de todos los vicios, su mejor consejera y que ha venido a instalarse en el colectivo juvenil que ya no investiga y no ha aprendido a indagar con ojos de duda, para premunirse de verdades sólidas e imbatibles.

Un estudio privado en temas comunicacionales, de larguísima experiencia y trayectoria, determina que sólo minúsculas porciones escuchan los programas políticos y que más pequeños aún son los que aprehenden algo.

No poco de esto débese al lenguaje primario, casi simiesco de nuestros políticos, absolutamente ignorantes, huérfanos de cultura elemental y moderna y lastrados por arquetipos anclados en 30 ó 40 años atrás.

Como las pirámides que se ríen del tiempo, a la inversa, el tiempo –y la modernidad-, no fructificaron en los políticos.

Si unimos ambas circunstancias de comunicación insuficiente, mecánica acrítica, entre quienes se suponen son los instructores y el público llano, podemos explicarnos la aberrante pobreza del castellano.

Los odiadores a la carta creen comunicarse merced a replana, cuando en realidad lo que hacen es destruir los cimientos educativos y culturales de cualquier sociedad reemplazándolos con muy frágiles y anémicas sustituciones efímeras.

¡Nunca pueden probar lo que vociferan de manera irresponsable! La pregunta es válida ¿tienen algún prestigio que cuidar? Pareciera que no. Su lema es: miente, miente, que algo queda.

Alguna vez, cuando me ofrecieron un proyector y una pantalla para una charla, di una respuesta declinante pero cortés.

Agregué que era hora de volver a los cánones antiguos en que la energía y habilidad del ponente motivaban en el auditorio la comprensión, merced al buen manejo del lenguaje, a la precisión expositiva y, sobre todo, al esfuerzo mayúsculo que demandaba entablar empatía con el oyente.

Difícil el asunto, ciertamente.

¿No será hora de licenciar, aunque sea por horas, a esos odiadores a la carta que etiquetan abusivamente a quien no les caiga simpático?

El desprecio a sus insignificantes existencias, es una potente solución. Los odiadores, sobran.

 

Señal de Alerta