Herbert Mujica Rojas

El intríngulis borrascoso del Perú de nuestros días es, qué duda cabe, moral y no político.

 

bandera portando

 

No hay país que pueda impulsar una velocidad de crucero en su devenir como colectivo social si carece de líderes y ejemplos.

En nuestra administración pública hay sociedades de hampones de saco y corbata, uniforme y traje.

El 90% de las arquitecturas teóricas con ideologías tal o cual, han fracasado ante la coima, la claudicación, la mala fe, la perenne vocación para depredar el dinero público. Y tirios y troyanos, de todos los grupos políticos estuvieron y están en la colada.

Cientos de estudios, libros, consultorías, describen con detalle y mecánica cómo funciona la corrupción. ¿Por qué, entonces, no puede Perú librarse de esa plaga y trabajar con limpieza y honestidad?

¿Cuántos son los procesos administrativos por corrupción en las entidades públicas del Estado?

Más interesante aún ¿cuántos funcionarios de culpas evidentes y probadas han dado con sus huesos en la cárcel, devuelto lo robado y prohibidos vitaliciamente de contratar con el Estado?

Casi nunca hay mayor conocimiento en los extramuros de qué ocurre en las empresas públicas. Es un blindaje que hace daño al país.

Si la ciudadanía conociera la foto de los cacos que trabajan en la burocracia estatal, ya sabría que con esa clase de elementos no se puede contar para absolutamente ¡nada!

Quien le roba al Estado, no es un delincuente cualquiera, es un vil depredador del dinero del pueblo.

¿Cuál es la vocación de no pocos servidores públicos cuando llegan a un puesto de funcionario? No hay que dar muchas vueltas para responder: servirse de la entidad y enriquecerse lo más rápido posible.

¿Hay equilibrio entre las posesiones inmobiliarias, signos exteriores de riqueza, artículos suntuarios que poseen algunos burócratas y el sueldo que ganan del Estado?

¿Se ha hecho alguna auditoría pública, descarnada, fría y profundamente analítica?

Quien llega al Estado, presidente, congresistas, alcaldes, munícipes, gobernadores, debe presentar declaración sagrada de su riqueza. Y no puede tener más, cuando termine su mandato, porque eso significaría que dedicó algún tiempo a robar desde arriba.

El tráfico de influencias tiene en Perú volúmenes enteros de fórmulas, secretos, llaves y códigos, todos productivos.

¿No tuvimos un expresidente cobarde que se compró un departamento por 1 millón de dólares con préstamo de una universidad privada?

El caso de los estudios de muchos hijitos de ex presidentes es revelador: ¿cómo sufragaron esos costos que son altísimos?

Los funcionarios públicos, en empinado porcentaje han adentrado la mala lectura que sus responsabilidades pasan por enriquecerse de modo directo. O indirecto. Y las coimas van a paraísos fiscales y a nombre de terceros o cuartos.

Testaferrato que le llaman.

¿Cuántas escuelas para profesional de la administración pública hay en Perú?

Los clubes electorales, mal llamados partidos políticos, tienen academias donde aprenden a manejar todas las técnicas de cómo asaltar locales, hacerse del dinero, no rendir cuentas y a mostrar los dientes si perciben alguna amenaza a su status quo delictivo.

¿No hemos visto cómo gavillas de tahúres y desclasados, se han disputado el local y edificios del viejo partido de la Av. Alfonso Ugarte? ¿Quién tenía la razón, los unos o los otros? ¿O todos son variaciones perversas del entretenido arte de la monra y la delincuencia?

Por tanto, una gran revolución moral y lo que ella implica, una reeducación integral y radical de los que van a guiar al país, requiérese con suma urgencia.

Hemos perdido algo más de 200 años y los resultados no pueden ser peores: caricatura de país, mamarracho de burocracia sin identidad ni clase o calidad, políticos animales ineptos para entender su mediocridad. Estaciones vergonzosas de una relación que no acaba nunca.

En este mundo al revés que es Perú sin refutación posible, los que están en el periodismo tienen la tarea obligatoria de contribuir con crítica, información fundamentada y realismo. Un país no se hace por arte de birlibirloque.

La revolución moral que Perú necesita tendrá que reescribir la historia nacional; tirar a la basura los mitos y heroicidades que cubren muchas cobardías y traiciones y, sobre todo, cuestionar a todos esos dirigentes que se volvieron ricos y “fundaron” dinastías de “notables” y “ciudadanos” privilegiados.

 

01.06.2023
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