Herbert Mujica Rojas

En Perú la hipocresía reviste cánones y celebra cada vez que puede la mentira diaria de su engaño cotidiano. Timar no es problema. Se aprende a hacerlo desde los tiernos años de la inocencia, para tapar el cohecho y la suciedad se apela a la mentira blanca como, si por serlo, la impostura fuere menos grave y monstruosa.

 

hipocresia

Mirar al costado o hacia arriba, no disminuye la insinceridad con que se miran los sucesos cotidianos, las barbaridades diarias y la violencia sin par que nace en el Estado, pasa por los ministerios y cruza la burocracia que atiende mal y a disgusto al cliente que paga sus sueldos.

Las portadas de los diarios, los titulares en radio y televisión, reiteran con lenguaje disimulado, la ola de crímenes por ajuste de cuentas, asesinatos de mujeres, violaciones, accidentes de tráfico. Crónica macabra de muertes y más muertes.

Como si la estafa contra cada quien, mejorara su horrenda faz con la geografía oportunista de quien produce la triquiñuela o dirige el latrocinio. O como si el fenómeno lacerante y putrefacto e hipócrita trocara su cáncer de acuerdo a quien “dicta” el concierto expoliador, el asalto social que se perpetra o el robo legal que se lleva a cabo.

Más fuerte, vital, recurrente, cuasi inextinguible, la hipocresía nuestra de cada día nos hace más cínicos y descarados.

El político sólo sabe robar; el empresario engañar y el burócrata vive de los tontos. Y estos de su trabajo. Y uno que otro payaso se ha creído el cuento que escribe libros epocales porque por sus augustas figuras y cerebros producen mercenarismos que pagan adrede pandillas de pseudo-intelectuales, historiadores de juguete o héroes de barro.

Y los periodistas silentes, hipócritas, como si no les tocara la misión informativa y no encubridora, también tienen parte en el convite cínico de envenenar a la Patria.

Recordemos con González Prada en Los honorables:

“Porque en todas las instituciones nacionales y en todos los ramos de la administración pública sucede lo mismo que en el Parlamento: los reverendísimos, los excelentísimos, los ilustrísimos y los useseñorías valen tanto como los honorables. Aquí ninguno vive su vida verdadera, que todos hacen su papel en la gran farsa. El sabio no es tal sabio; el rico, tal rico; el héroe, tal héroe; el católico, tal católico; ni el librepensador, tal librepensador. Quizá los hombres no son tales hombres ni las mujeres son tales mujeres. Sin embargo, no faltan personas graves que toman a lo serio las cosas. ¡Tomar a lo serio cosas del Perú!

Esto no es república sino mojiganga.” (Bajo el oprobio, 1914).

¿Hace cuántos decenios que Perú no produce un pensador de quilates y potente envión capaz de enhebrar cuatro o cinco párrafos lógicos y premunidos de fuerza argumental, no plagio o carbón miserable de emulación?

El de allá habla de José Carlos Mariátegui, olvidando que este personaje murió temprano en 1930 y que luego de él y su belleza periodística cuanto que exégesis buida, limitan como es obvio, con los alcances de su tiempo.

Hay no pocos payasos que jamás leyeron a Haya de la Torre y que para no llevar la contraria, siguen sin hacerlo, hundidos en nebulosas insondables y en pantanos abisales de ignorancia. Preguntar por la renovación de esquemas de pensamiento, parece una tarea inútil. En cambio sondear por la frivolidad y el afeite sí parece tarea fecunda aunque discurra apenas por los despreciables terrenos de la forma y no el fondo.

En Perú se da prioridad a la cáscara, el fruto pasa a segundo plano. Por eso carecemos de héroes genuinos, raigales, populares. Los primos, parientes, los fraudes, tienen sus nombres en avenidas, parques, carreteras. Jamás se ha averiguado bien quiénes fueron esos impostores porque las sorpresas delatarían que enorme cantidad de estos adefesios incurrieron en traiciones contra la Patria y la apuñalaron por un plato de frijoles o se vendieron al mejor más hambriento comensal.

¿Hasta cuándo hay que soportar esta aberración monstruosa? ¿será lícito conceder, como hasta hoy, la impostura de haberle engañado y timado a la gente durante 202 años de vida republicana? Me temo que esa frágil temeridad, ya no aguanta más en el imaginario nacional. Por eso hay que pulverizar a los pobres diablos.

 

19.09.2023
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
Señal de Alerta-Diario Uno