Herbert Mujica Rojas

La conducta o irresponsabilidad de los gobernantes y los parlamentarios o todos los cargos de elección, requieren con urgencia de un trato desde y para el pueblo. Los electores vienen comprobando, año tras año, década tras década, desde el inicio mismo de la República, cómo ímprobos han burlado el encargo popular.

 

coima recibe y preso

La fiscalización, al centímetro, del comportamiento de sus figuras o ¡de manera directa y ad hoc! del próximo jefe de Estado, requiere que las masas y desde sus organizaciones tengan el imperativo histórico de convertirse en los fiscales del pueblo.

No bastan los reglamentos —con fuerza de ley— y sus sanciones, no pocas veces endebles, mañosas y acomodadas a conveniencia del fautor. La muelle moral que impera en la cosa pública peruana, permite que los forajidos se salten a la garrocha, todos los castigos.

No hay la menor duda que la corrupción institucional del Perú tiene en el Congreso una de sus instancias preferidas. Basta con llegar al Establo para ser atenazado entre brigadas de secretarias, batallones de asesores, y sueldos fijos, abultados e injustos, amén que posibilidades de figuración mediática.

También invitaciones sociales y la fantasía de ser lo que jamás serían por mérito propio, es decir, un accidente trocado en liderazgo por la fábrica de los miedos de comunicación que manipulan y estupidizan virtualmente a los legiferantes.

Las tentaciones para hacer leyes con dedicatoria, merced a robustas coimas, es casi una constante que jamás deja huellas porque no hay recibos ni contratos. Esta es una rara forma en que la “palabra empeñada” sí tiene vigencia. Por desgracia para incurrir en actos corruptos.

Otro tanto ocurre cuando alguien gana el solio presidencial. Como es natural se rodea de amigos. Y también de amigotes. La sensación engañosa de estar en el “poder” sensualiza y obnubila a nuevos o repitentes.

Entonces los cogollos familiares y partidarios se afilan las uñas y las demostraciones públicas son hasta grotescas. ¿Acaso no hemos visto, aquí y acullá, cómo se preparan muy mucho para volver o estrenarse en cargos del Ejecutivo a integrantes de los principales grupos? Quien diga que no, incurre en miopía. O imbecilidad a secas.

Con risa piadosa hay que comprender las elucubraciones de quienes creen que tienen alguna posibilidad de concitar el voto popular. Un grupo en especial. A sus militantes les motejan como rateros, aprovechadores de dos gobiernos, pícaros impunes que no rinden cuentas y que han repartido sus millones como adelanto de herencia.

Entonces ¿cómo pueden actuar los fiscales del pueblo? ¡De ese modo!: ¡fiscalizando a sus legisladores y a su presidente! Interesa poco de qué partido o movimiento sea el sospechoso. Si ha metido las uñas, es importantísimo que se demuestre el rosario de sus fechorías.

Y el rigor debe constituir deber ciudadano dentro de lo que permite el ordenamiento jurídico del país que prevé la iniciativa legislativa. Es decir, que miles de personas firmen una petición o demanda que nace y se genera del pueblo mismo y que va al Congreso.

¿Y qué ocurre si el Establo se colude con el presidente y, en aberrante espíritu de cuerpo, como ha ocurrido tantas e innumerables veces, no da curso o torpedea la iniciativa legislativa? ¿No son acaso las más representativas y numerosas colectividades populares capaces de llevar 400 ó 500 mil personas a rodear el Congreso el día en que se discuta dicha iniciativa para alertar a los legiferantes que la paciencia se acabó?

No se infringe las leyes, se ejercita la democracia que defiende sus iniciativas para que los grandes vivos o los que crean que pueden hacer cuanto les venga en gana ¡se han equivocado!

Censurar por las calles a los malos e inmorales funcionarios que se arrimen al bando de los delincuentes, fiscalizar al presidente de la República, impedirá que éste consume voluntarismos estúpidos, redivivos pero igual de infecciosos.

¿Locura, idiotez? No estoy tan seguro que lo sea. Cuando el pueblo se toma la atribución ínsita de ejercer la custodia de su gobierno y la de sus representantes ¡hace todo lo contrario! ¡Ejerce la ley, practica la democracia y también puede instalar de facto y de derecho, la repulsa y el paredón moral para castigar a los malhechores!

Y no haría nada mal al Perú escupir y señalar por las calles a los monreros y rateros que están o puedan llegar a la cosa pública, como tampoco harían mal los partidos populares en demostrar su asco e indignación cuando se pretenda torcer su designio de construir un Perú libre, justo, digno y culto!

 

06.10.2023
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