Herbert Mujica Rojas

En Perú, diarios, revistas, miedos de comunicación hablados, televisivos y radiales, “dictan sentencias” de forma cotidiana. A veces, los fueros judiciales hacen su trabajo, a medias y con sospechosas prisas o demoras, y cumplen.

 

justicia torcida

Desopilantes encuestas preguntan si se considera responsable (léase, culpable) a fulano o mengano, dependiendo, eso sí, de las simpatías de quien promueve la así llamada consulta. Entonces, antes que algún proceso haya comenzado, menudean los términos: delincuentes, corruptos, etc.

Como nuestro país es también célebre en la fábrica de absurdos, además que llueve para arriba, se pretende que todos comulguemos con esta “administración de justicia” exclusiva para quienes tienen el bolsillo robusto.

Una explicación insuficiente podría ser que la gente descree, con no poca razón, de la administración de justicia y odia, casi siempre, a jueces, fiscales, procuradores y demás símbolos de esa arena movediza que es el Poder Judicial y dependencias.

Entonces el hombre común se nutre (o infecta) de lo que lee, ve o escucha. Los irresponsables que “determinan” la honorabilidad o actuación culposa, son casi siempre profanos ignorantes del caso que comentan y repiten porque así se lo han ordenado.

La ignorancia no produce ciencia, sino confusión, caos, estupidez masiva.

Examinemos el tema de las tasas judiciales que hay que pagar o sumergirse en los entresijos de una justicia para los más poderosos.

Como soy periodista pobre, en alguna oportunidad y noticiado de una tasa de casi S/ 5 mil soles, simplemente no la pagué (por real incapacidad crematística) y aguardé la justicia penal en uno de numerosos casos-medallas con que he sido distinguido.

En Perú, cualquier individuo o empresa que suponga difamado su nombre, accionar o prestigio, plantea un juicio penal (querella) y pide como reparación económica (demanda), la suma que se le antoja y le acorrala en medio de un intríngulis en el que hay que tener, más que paciencia, dinero a raudales para apelar.

Si se carece del vil metal para pagar las abultadas tasas judiciales, despídase de cualquier aspiración justiciera, simplemente no la gozará ¡jamás! siendo que es un derecho que debiera garantizar el Estado a todo ciudadano.

Entonces le plantean juicio penal: no sólo el gerente general, también el jefe de seguridad, el personal de la empresa, la empresa y el resultado es que acumula, de un solo origen en sus derivaciones celulares, 3, 4, 5 ó más procesos. O sea, bajo carteles distintos y un tronco único, todos se van contra uno para amordazar su libertad de opinión y juicio con candados y reparaciones civiles millonarias.

¿Quién pone la aspiración con que debe honrarse el supuesto prestigio dañado por la difamación?: obvio que el querellante. Los juzgados admiten las querellas y frecuentemente, es decir siempre, sus desopilantes pretensiones.

Cuando llega el momento de la sentencia, le premian con una reparación civil desproporcionada, inalcanzable, estratosférica y preguntado por su parecer o conformidad, el pararrayos (digo, el ciudadano) musita: Apelo.

Y comienza otro calvario: hay que ceñirse a las proporciones que impone el monto requerido por el querellante. Conozco un caso en que el monto de la tasa a pagar, único requisito indispensable para interponer la apelación representa ¡3 sueldos mínimos vitales! y no desdeñemos el plazo ¡apenas 10 días!

¿Cuántos hombres o mujeres, periodistas, pintores, artistas o escritores, críticos, terminaron con sus propiedades enajenadas, cuentas bloqueadas, proyectos de vida frustrados, por causa de estas antojadizas formas de hacer justicia en Perú? ¿cuántos hombres o mujeres del pueblo jamás podrán reivindicar ninguna justicia por la simple razón de ser personas sin recursos o dinero para pagar esas benditas tasas?

Y entonces, ¿qué cubren los impuestos de millones de peruanos?, ¿no debieran pagar los querellantes, y sobre todo empresas, esas tasas realmente fuera de cualquier concepto de igual reparto de la justicia?, ¿debiéramos considerar, entonces, que la justicia tiene un valor en monedas y que quien más tiene, más consigue de ese bien?

También existe ese filón maravilloso de personas que no necesitan la señal de alerta y concurren con maravillosa disposición a preguntar: ¿cuánto te falta?. Y entonces la vida se hace más comprensible, deja de ser la unamuniana agonía para trocar en esperanza, en aliento para volar con ilusión, en energía y elan nutrientes del espíritu de persistir en el combate.

 

09.10.2023
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