pedro pauletPor Álvaro Mejía*

La vuelta al mundo de Pedro Paulet es un recorrido por la fascinante vida de este genio multifacético (Arequipa, 1874-Buenos Aires, 1945). Estadista, científico y artista, Paulet fue el sabio que descubrió los principios de la astronáutica en la Francia de Julio Verne y quien rechazó una oferta para fabricar misiles de guerra para los nazis, con el fin de poner sus estudios al servicio del país que amó e imaginó grande, el Perú.

domingo, 22 de diciembre de 2013

 

El misterio del señor Paulet

¿Qué pasó con Pedro Paulet cuando fue diplomático peruano en Buenos Aires desde 1941 hasta que murió en 1945? Al entrecruzar las ideas que propone en sus publicaciones, con hechos históricos bastante conocidos y conversaciones con testigos y expertos, una hipótesis atrevida emergió hace años. Ha pasado el tiempo y no ha cambiado, sino que se ha ido fortaleciendo. Y, por su complejidad, hemos preferido expresarla en forma de cuento. El que esperamos absuelva preguntas y, si no, abra otras para llegar a la verdad.

Agradecemos a los amigos que leyeron el texto previamente y nos dejaron valiosos consejos: David Blanco, Daniel Salvo, Pepe Güich, César Túpac Yupanqui y el ingeniero Luis Rojas.

Esperamos, sinceramente, vuestra opinión. Gracias adelantadas.

 

El misterio del señor Paulet

En el televisor en blanco y negro, un hombre caminaba sobre la Luna. Todos contuvimos el aliento. Hasta yo, que desde niño sabía que un día sería verdad. Recordé entonces al abuelo, mirando la invitación al cóctel. “Señor Pedro Paulet y señora”, decía el sobre. Salir en un diario de alto tiraje había funcionado. Releyó la entrevista que le había hecho Crítica. “Hace 40 años un Peruano, Precursor de la Moderna Aeronavegación, inventó el Avión sin Hélices”.

Era abril, 1944. El abuelo llevaba dos años y medio como Consejero Comercial de la Embajada Peruana en Buenos Aires. Perón tenía dos meses como Ministro de Guerra. Era seguro que estaría en el cóctel. El abuelo, que nunca salía de noche, iría esta vez.

—¡Un jet! ¡¿Y por qué guardar cuarenta años ese invento maravilloso?! —preguntó el coronel argentino.

—Demasiado adelantado para su tiempo quizá —dijo el abuelo, con modestia.

No le dijo que cuando quiso crear una industria peruana, imitando el modelo alemán, colisionó con la Misión Militar Francesa, que quería importar aeroplanos de su país. En Chile, había una Misión Militar Alemana. Pese a los ecos de la guerra franco-prusiana, él no ocultaba su admiración por todo lo alemán. Quién diría que en 1928, a los cincuentaitrés años, científicos de la Sociedad Astronáutica Alemana celebrarían su invento. Así conoció a Wernher von Braun.

—¡¿El de las bombas volantes?! ¡Un genio! —exclamó Perón.

El abuelo asintió. El adolescente von Braun quedó fascinado cuando supo que el abuelo había conocido a Julio Verne. Admiraba su motor y le hacía toda clase de preguntas. Un día, sin embargo, desapareció. El abuelo se fue de Cónsul a Yokohama sin saber nada de su amigo. Hasta diez años después. En 1942, Alemania bombardeó Londres con los misiles V-2. Von Braun salía así de la clandestinidad. Entonces se vio que usaba motores-cohete como los del abuelo.

Días después, un auto se detuvo a la entrada de un café. El abuelo subió. Si se descubría lo que estaba por hacer, lo acusarían de alta traición. En la Segunda Guerra Mundial, el Perú era de los Aliados. Argentina era neutral pero todos sabían que se inclinaba hacia el Eje.

El auto se detuvo en el inmenso jardín de una casa de campo. Lo condujeron al interior, donde Perón y sus asesores científicos esperaban. Después de los saludos, el abuelo desplegó unos papeles amarillentos que llevaba siempre bajo la ropa, los únicos ejemplares de los planos de su Avión Torpedo y de su motor-cohete.

—Y entonces, usted propone una industria aeronáutica sudamericana… —dijo Perón.

—Más que eso —dijo el abuelo, extrayendo otro plano, esta vez de Sudamérica—. Un gran bloque continental. Argentina le está dando la pelea a Estados Unidos por el liderazgo en América.

—Con bastante sacrificio. Están presionando duro los gringos —se lamentó Perón.

—“La política del buen vecino” —ironizó el abuelo—. ¿Qué tal un tren desde el Callao, pasando por La Paz, hasta el puerto de Buenos Aires? Traería productos de Estados Unidos, México, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú; llevaría de vuelta productos de acá —dijo trazando una línea imaginaria con su dedo.

—¡Y Chile queda off side! —se rio Perón, dando un golpe en la mesa.

—Argentina saldría al Pacífico; Perú, al Atlántico… El Perú es el socio que necesitan.

Perón lo miró serio. Estados Unidos y Argentina, los dos países formados por migrantes, estaban peleando el liderazgo en América. El plan del abuelo era demencialmente revolucionario.

—¿Su gobierno sabe de esto?

—No oficialmente —se demoró en responder el abuelo.

El Presidente Prado había enviado con esa misión al Embajador, general Benavides, un militar filoprusiano que le había entregado la presidencia después de haber construido importantes carreteras y obras de irrigación. Prado prometió completar su obra e industrializar el país, construyendo una siderúrgica. “Con aceros especiales”, decía el abuelo, “¿quién podría parar una industria continental?”.

“Voy si me llevo a Paulet”, dijo Benavides. El abuelo sabía que era una misión riesgosa. No es que creyera en los nazis. Ni en el comunismo ni en el capitalismo. Aceptó para hacer realidad el bloque continental. Era 1941.

Pero vino el ataque a Pearl Harbor. Estados Unidos necesitaba cubrirse las espaldas. Hizo que casi toda Latinoamérica, incluido el Perú, declarara la guerra al Eje. Argentina y Brasil se resistieron. Estados Unidos endureció la presión. Argentina aguantó firme. Brasil aceptó la siderúrgica que le ofrecieron. Prado necesitaba divisas y paralizó la nuestra. Hasta aceptó enviar a los japoneses a campos de concentración norteamericanos.

El abuelo no le contó que a mamá, que era japonesa, le cambiaron el apellido por uno chino para salir de Lima a Buenos Aires, con papá y nosotros. El abuelo le debía eso a Prado. Tampoco le dijo que, con el apuro, papá, el mayor de sus hijos y su secretario, abandonó su motor-cohete. Irónicamente, en un corralón de la Avenida Argentina. Confiaba en construir otro. En el Perú, no había las condiciones; aquí sí.

En los días que siguieron, el abuelo entró en contacto con los mejores científicos argentinos y otros alemanes que habían huido de la guerra, refugiándose aquí. Pensó que había encontrado su lugar. Se sentía como el niño que fue, corriendo libre en la campiña de Arequipa, lanzando cohetes de carrizo cada vez más y más grandes, tomando nota de sus experimentos, proyectando llegar a la Luna, como había soñado con los libros de Verne.

Y ahí me pierdo. No había pasado un año cuando los diarios anunciaron que había muerto en la Embajada, con su carta de jubilación en la mano. ¿Un hombre como él desplomándose con esa noticia?

Hasta hoy no entiendo. ¿O sí? Dos meses después, Argentina, exhausta por tanta presión, le declaraba la guerra al Eje. Dos meses más y Von Braun y su equipo se entregaban a las fuerzas norteamericanas mientras Alemania se rendía.

Crecí viendo pasar las cosas que el abuelo había anticipado; los jets rompiendo la barrera del sonido, Argentina y su propio jet, un bloque europeo del carbón y el acero, el Sputnik… Y otras que no: von Braun, pasando de genocida a dirigir el Proyecto Apolo; el Perú, esforzándose por borrar su nombre… Y cada una me recordaba esa conversación que espié: el abuelo diciéndole a papá y mamá que tuvieran cuidado, le habían robado algo. ¿Los planos? ¿Escuché bien? El abuelo murió y papá y mamá nunca quisieron contarme.

Un día, von Braun le dedicó dos párrafos imprecisos en un libro. En el Perú, algunos celebraron mientras se preguntaban por qué nadie les había hablado de él. Después lo olvidaron. El día del hombre en la Luna, nadie lo mencionó.

Hace poco, enterramos a mamá. Papá se fue hace tiempo. Nosotros seguimos aquí, con este apellido que no es nuestro. Sin atrevernos a contarle a nadie. Pero leí que Estados Unidos prepara motores como el del abuelo para ir a Marte. “Estaba adelantado dos siglos”, pensé. Y sonreí, recordando al hombre que caminaba en la Luna. En el televisor en blanco y negro, el abuelo sonrió.

Álvaro Mejía

Huánuco, noviembre de 2013

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http://mundopaulet.blogspot.com/2013/12/el-misterio-del-senor-paulet.html

 

                           Todo sigue igual o peor

En el Perú es muy mal visto todo aquel que proponga ferrocarriles, industrialización o investigación científica, porque eso significaría invertir dinero en educación e investigación científica y cambiar el paradigma de país exportador primario que tan cómodo resulta para los planes de los corruptos que dirigen el país.

Si hoy aparece un científico o inventor con algo valioso, se burlan de él y lo mandan a pasear de ministerio en ministerio, de corrupto en corrupto, hasta que se cansa. Eso hicieron con Pedro Paulet y es lo que siempre se hace.

 

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