Comer o llenar el depósito


Por Jorge Planelló (*)

Tal vez los países enriquecidos no tengan que elegir entre “pan y gasolina”, pero “cientos de millones de pobres seguramente sí tengan que hacerlo”, explica Paul Kennedy, director del Instituto de Estudios sobre Seguridad Internacional en la Universidad de Yale.

 

En un mundo en busca de la receta mágica para mantener el derroche energético actual, la alternativa de los biocombustibles ha hecho que la ley de la oferta y la demanda esté presente como nunca en la dieta más básica.
Quienes menos tienen, como siempre, son los que pierden ante la escalada de los precios del maíz, el trigo o la caña de azúcar, los productos preferidos para esta forma de obtención de energía. Todo un desafío al objetivo de la ONU de erradicar el hambre, ya que altera el equilibrio necesario para una distribución justa de las riquezas del planeta.

El encarecimiento será general. Nos encontramos ante “el fin de la comida barata”, según The Economist, un ciclo en el que los países valorarán cada vez más sus materias primas por estos desajustes producidos en el mercado. El atractivo de los cultivos energéticos más populares hace que los agricultores abandonen otras cosechas, por lo que la presión de la demanda aumenta sobre ellas. Así ha sucedido con la soja en EEUU. Lejos de abaratarse, su precio se ha disparado por el galopante crecimiento de las potencias asiáticas, donde es un alimento esencial.

El desequilibrio será cada vez más agudo en muchos otros cultivos debido a la ineficiencia de una forma de obtención de energía que requiere grandes superficies de tierra cultivada. Para satisfacer la demanda en Alemania habría que dedicar todo el territorio a cultivos energéticos.

Puede que la inversión en estos cultivos resulte beneficiosa en un primer momento para los agricultores, y que ello revierta en la sociedad, pero no será por igual en todos los países. ¿Cómo competir con las cuantiosas subvenciones del gobierno estadounidense a sus cosechas de maíz? En 2007, los biocombustibles se llevaron un tercio de estos cultivos en EEUU.

Esta fiebre competitiva se debe comprender en el marco de la nueva geopolítica que se avecina. “Quienes tengan todo saldrán adelante. Quienes tengan pocos recursos tendrán un futuro muy negro”, afirma Paul Kennedy. Incluso los bosques están desapareciendo ante el avance de las cosechas, como sucede con parte de la selva tropical en Indonesia, Malasia, algunas zonas de África y en Brasil. Sin contar los perjuicios de una agricultura intensiva que está agotando los suelos y restando superficie destinada a la producción de alimentos para millones de seres humanos.

Los biocombustibles se van quitando su disfraz entre las crecientes críticas hacia una solución insostenible. Su imagen tuvo buena acogida en un principio al calor de la lucha por mejorar el medioambiente, aunque han resultado no ser tan limpios como parecía. En realidad, se trata de especulación con un gran potencial de desequilibrio. El panorama no es tan diferente al actual, en el que el petróleo juega un importante papel en la arena internacional. Lo único que cambia son los productos que se tienen entre manos, que en este caso resultan un sustento vital.

Invertir más en energías renovables aliviará la contaminación pero tampoco solucionará el problema de fondo: una demanda energética que avanza más rápido que el ritmo al que solucionamos los problemas derivados de ello. Por muy limpia que sean la energía solar o la eólica, no sería sostenible invadir el territorio de placas solares o molinos de viento para satisfacer este apetito cada vez más insaciable. La clave tiene que ver con adecuar el crecimiento del consumo a los avances en la eficacia para producir energía.

(*) Periodista
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