El refugio de los silenciados

por Herbert Mujica Rojas


Si usted carece de alguien que haya sufrido violación, apaleamiento o crimen, entonces no es “noticia”. Si el fallo oportunísimo de algún juzgado le enajena patrimonio al pueblo peruano pero hay legalidad en el procedimiento confiscador y se queja en algún miedo de comunicación, tenga la cuasi plena seguridad que no es “noticia”. Si alguien se muere, por el motivo que fuere, pero su nombre no aparece en algún diario limeño de esos que se solazan llamándose “nacionales”, entonces sigue vivo y tampoco es noticia.


El Perú oficial, el de las noticias sangrientas que saludan el advenimiento cotidiano de los días o el que da cuenta ordenada de las claudicaciones del gobierno en pleno junto a un Congreso de misérrima producción legislativa se junta a las informaciones que subrayan casas con fantasmas, idiotas que bailan mal y concursan en huachafísimas imitaciones llamadas “reality”, o legisladores que prometen, cuando se van, hacer todo lo que no hicieron durante el lustro que finaliza sus mandatos, ése es el que existe.
 
El dicho popular reza: si no estás en televisión, diarios o radio: ¡no existes!
 
¿Es real o absolutamente cierta la sentencia? Me temo —o me felicito— que no.
 
No obstante, gruesas mayorías se intoxican a diario con el farfulleo que rostros bellos y “formadores” de opinión emiten por televisión, radio y diarios. Es la verdad formal que se impone ante un país quebrado moralmente aunque su economía macro esté llena de guarismos optimistas, certificaciones de entidades internacionales y optimismo por doquier, siempre según los bien pagados voceros de esta bonanza que no alcanza a involucrar ni al 5% de los 28 millones de peruanos.
 
¿Qué, los mandones o palafreneros, que gobiernan la “opinión” del Perú, no escuchan o no oyen el clamor indignado del pueblo? ¡Claro que saben —y muy bien-— de todo esto! Pero su orientación vendepatria, anestesiadora, persigue la idiotización masiva de tirios y troyanos. Hasta “implantan” frases de cliché que semiletrados repiten cada vez que pueden: “un paso al costado” dicen no pocos.
 
Por fortuna hay una ventanita que arrolla con su presencia cada día más: Internet. Se combina en este espacio vídeo, voz, escritura. El dubitativo eterno, el descreedor patógeno, el negativo por idiosincracia, responderá: ¡no todos tienen acceso a Internet! Los peleadores desmenuzarán la proclama, diciendo: ¡pero Internet crece sin que nada lo detenga!
 
Imágenes que la televisión no pasa de derrames de petróleo, contaminación minera de ríos y lagunas, atentados diversos contra poblaciones que son alejadas manu militare de sus ambientes ancestrales, etc., hoy sí pueden evidenciar y exhibir los daños sufridos en tiempo real, on line, vía Internet.
 
Igual con los noticieros o diarios, llamados alternativos, para quienes deseen descubrir lo que los medios epidérmicos ocultan tras millones de inversiones en publicidad de empresas poderosas que dictan el menú de lo que debe conocerse. Y, por cierto, también fabrican el índex abultado de lo que no “debe ser jamás revelado”.
 
En buena cuenta, la profusión de cabinas de acceso a Internet, algo tienen que ver con esta curiosidad que protesta por la insuficiencia estúpida de una televisión, prensa y radio, sangrientas, morbosas y claramente compradas por el poder.
 
Un ejemplo modesto: ninguna emisora transmite programas sobre Historia del Perú y con el amplio espectro de sus diversas etapas. ¿Por causa de qué? Al oficialismo fenicio y conservador del país, no conviene que se descubra cómo sus antepasados glorificados hoy como próceres o ilustres, en realidad hicieron de todo para falsear su pasado oscuro y, en muchos casos, proditor. Mucho menos se discute de temas de alta vigencia pedagógica y de preparación geopolítica como los límites y soberanía de la patria. Es obvio que quienes proclaman la globalización, a cuya ingesta en forma de embutido quieren que todos concurran sin crítica y en silencio, detestan el esclarecimiento de capítulos de esta índole. Perpetuar que los escogidos —por ellos mismos— son los únicos que pueden intervenir en el debate, es parte del plan siniestro que oligarquías de pasmosa mediocridad ponen en marcha desde los medios.
 
En Señal de Alerta radial hemos comprobado, cada vez que tocamos con vibrante patriotismo, estos temas, cómo la gente llama por teléfono, indaga por zonas oscuras que jamás escucharon en el colegio o la universidad y de qué modo el público plantea, como los argentinos del Buenos Aires de 1810, el grito a voz en cuello: ¡El pueblo quiere saber de qué se trata!
 
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