Democratización de la publicidad

Por Rafael Romero

Una democracia lo es en toda esfera pública o privada, y la publicidad no puede ser un coto cerrado a las prebendas y sinecuras que comprometen a gobernantes de turno y cuatro broadcasters. Hace falta entonces una democratización de la publicidad, especialmente ahora que se tiene en claro el método inmoral cómo el montesinismo la utilizó para facilitar la instalación de un gobierno corrupto, e imbuido de los objetivos más abyectos y viles, que no dudó en domesticar a los medios de comunicación.

 

Lamentablemente, ni Alejandro Toledo ni Alan García tuvieron la valentía y el pundonor de enfrentar a esa cadena malvada conformada por la publicidad estatal, el rating y la televisión basura, pues creyeron que de alguna forma este sistema les podía dar réditos mediáticos y políticos en el corto plazo. “Un ciudadano distraído y poco informado no huele a peligro”, seguramente espetaban. Es decir, esos presidentes no tocaron al enclave montesinista de marras, porque sencillamente buscaron mantener “tranquilos” a los cuatro grupos de radiodifusión más grandes del país a través del avisaje estatal, y es así como los mantuvieron parametrados o como simples oficinas de imagen o de relaciones públicas, antes que como medios verdaderamente fiscalizadores.

Pero, ¿el actual presidente Ollanta Humala marcará la diferencia frente a sus antecesores? ¿Impedirá que el dinero de todos los peruanos siga concentrándose −vía la publicidad del Estado− en pocas manos pertenecientes a cuatro familias de radiodifusores en detrimento de medios genuinamente peruanos como RBC Televisión o de los medios de provincias? Para nadie es un secreto que el Estado es el principal anunciante del país, pero debe anunciar con transparencia, ética pública y bajo el criterio más equitativo que implica la democracia inclusiva. Por lo tanto, no debe haber discriminación de ningún tipo pues los gobernantes deben actuar con responsabilidad y altura.

Lo concreto es que siempre habrá publicidad estatal. Está en los presupuestos de las más diversas entidades públicas y todo gobierno tiene necesidad de comunicarse con los gobernados. Sin embargo, esa publicidad puede servir o bien para denigrar a una nación, como lo hizo el montesinismo, o bien para construir un país más grande. De modo que granjear alegremente millonarios contratos a los medios que pasaron por el SIN, o a las empresas de comunicación que sólo hicieron −y hacen televisión basura−, resulta un contrasentido ante la urgencia de llevar adelante buenas prácticas gubernamentales. Lo que el país necesita es igualdad de oportunidades para todos, equidad en el trato, inclusión. A eso se llama precisamente democratización de la publicidad estatal.

Expreso.