El albor de una auténtica universidad

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Por Carlos Miguélez (*)

“Me imagino que vienen ustedes a esta clase con la idea de aprender a escribir crítica literaria y de practicar esos conocimientos a lo largo del cuatrimestre”, dice todos los años un profesor universitario en su primera sesión de la asignatura “Crítica literaria: metodología” que imparte en la Facultad de Ciencias de la Información en una prestigiosa universidad española. Los alumnos nuevos le miran con atención, esperando confirmar su deseo de desplegar su creatividad y de aprender a escribir. “Pues no, eso es justo lo que no vamos a hacer”, remata el profesor antes de explicar el programa de la asignatura, plagada con teorías que difícilmente recordamos hoy, cuando ya practicamos la profesión.

 

Cuando eres un niño que cursa la primaria y todo parece transcurrir con lentitud, temes que el siguiente curso sea tan difícil que no puedas sacarlo adelante, pero transcurren los años y los miedos nunca llegan a materializarse porque las asignaturas no cambian tanto de un año a otro. Pero un día te miras en el espejo y, aunque aún quedan rasgos infantiles, te emocionas al distinguir al adulto que posiblemente se enfrentará a la Universidad. Ese momento ya había despertado en nosotros grandes expectativas porque sabíamos que nos deslizábamos hacia el umbral de un mundo lleno de descubrimientos.

Acostumbrados a un entorno limitado por el hogar, la familia, el bachillerato y acaso los compañeros del equipo de fútbol, esperábamos sumergirnos en un espacio sin muros con infinidad de posibilidades en el que nunca faltarían personas de las que aprender. Aunque la Universidad tenga límites, como todo lo demás en la vida, la palabra “límite” no tiene porqué tener una connotación negativa. Muchos no esperábamos una enseñanza ceñida de forma exclusiva a los programas de estudios, a los apuntes y a los libros de texto. Sin embargo, ese sistema le facilita las cosas a los alumnos que van a la Universidad para sacar las mejores notas creyendo que eso les permitirá tener un mejor trabajo. Y se lo facilita a profesores que, en muchas ocasiones, tienen su empleo asegurado.

Un profesor que te lee del libro de texto que publicó o que pone los apuntes a tu disposición en reprografía muestra una falta de confianza en la juventud que, a esas alturas no sólo puede leer por su cuenta, sino que ya es capaz de razonar, de investigar y de buscar nuevas fuentes con un “maestro” que despierte una cierta hambre de conocimientos para compartir. Sin embargo, resulta cómodo adaptarse a un modelo basado en la repetición de los conceptos.

Estos sistemas rígidos no necesitan millones de euros en impuestos de los ciudadanos con derecho a una enseñanza de calidad que prepare a sus hijos para un futuro cambiante que requiere de gente capaz de resolver problemas y no de autómatas. La Universidad supone una oportunidad única para una búsqueda libre más que para la cimentación de conceptos rígidos.

A falta de nuevas teorías, toda disciplina tiene partes estáticas, pero un profesor no puede limitarse a repetir año tras año el contenido de un programa sin buscar nuevas corrientes de pensamiento para contrastarlas con el material de siempre. Como el estudiante, el profesor es un universitario que busca y que sabe formular preguntas para encontrar respuestas importantes. Los profesores que más nos han marcado no son aquellos que mejor se sabían su temario, sino aquellos que nos provocaban, que nos invitaban a leer, a pensar, a buscar buenas fuentes, a cuestionar, a proponer, a despertar una nueva mirada. Esta “estirpe” de profesores es incapaz de dar dos clases idénticas.

La llegada del Internet, con todas sus posibilidades, anuncia el albor de una auténtica Universidad para la que el espacio físico es lo de menos. En sus inicios, el Maestro y sus discípulos se reunían en los atrios de las Iglesias o al aire libre, en los templos o al aire libre. Lo importante era el mensaje compartido. El “espacio” lo marcaba el poder de convocatoria del maestro.

Los blogs, los foros, las aulas virtuales que miles de universidades europeas y norteamericanas ya utilizan para que el profesor pueda compartir material de lectura abierto a comentarios de los alumnos evitarán convertir a los universitarios en objetos de aprendizaje de datos. Combinadas con tutorías pertinentes, con debates y con clases magistrales que sólo pueden ofrecer profesores preparados para el presente, forjaremos sujetos capaces de poner sus conocimientos al servicio de la sociedad que los necesita.

(*) Periodista
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