Los sindicatos y las elecciones

Por Gustavo Espinoza M. (*)


Inspirada probablemente en los propósitos más loables la organización sindical de los trabajadores de la construcción adoptó recientemente un acuerdo que dará mucho que hablar: resolvió, en efecto, promover y alentar la formación de un frente político amplio para participar en las elecciones municipales y regionales del 2010 y las parlamentarias y presidenciales del 2011 bajo el propósito de "cambiar" el rumbo que actualmente sigue la administración del Estado en nuestro país.


Reunida en un evento destinado a tratar temas de orden estatutario y más bien orgánico, la Federación aludida terminó aprobando lo que bien podría considerarse la resolución más "política"  que se haya adoptado en el movimiento obrero.

Loable propósito, sin duda. Y, además, entendible, porque el Perú vive hoy los momentos más duros de la crisis y asoman en el escenario nuevos elementos de descomposición, como el surgimiento de un Partido Neo Nazi en Tacna oficialmente reconocido por el Jurado Nacional de Elecciones y presto a participar en las contiendas que se avecinan.

Pero no por loable ni entendible la resolución constituye  una decisión certera, ni un paso apropiado para el país y los trabajadores. Veamos:

Es claro que el esfuerzo principal desplegado por la clase dominante a partir de 1990 estuvo inspirado en alejar a los trabajadores y a la ciudadanía, del quehacer político. Fujimori y los suyos se empeñaron en limpiar de la cabeza de la gente todo lo que pudiera considerarse una idea política, una noción social o un sentimiento solidario.

Para ese efecto, se valieron empeñosamente del mensaje neo liberal, que alienta el individualismo y descalifica a las masas considerándolas apenas un conjunto etéreo de desconcertadas gentes.

La caída del régimen de entonces, en el año 2000, abrió la perspectiva de un cambio en el escenario social y planteó para las vanguardias políticas -y también para los sindicatos- nuevas tareas. Lamentablemente ello no fue percibido en su momento y en su lugar, asomó una corriente pragmática, efectista y electoral que hasta hoy corroe las bases mismas de la organización proletaria.

Antes ya, en 1929, Mariátegui nos había formulado un llamamiento referido a la misión del proletariado en circunstancias como ésta: "la vanguardia obrera tiene  el deber de impulsar y dirigir —nos dijo en su admonición del 1 de Mayo—  la organización del proletariado peruano, misión que reclama un sentido de responsabilidad, al cual no es posible elevarse sino  en la medida en que se rompa con el individualismo anarcoide, con el utopismo explosivo e intermitente de los que antes, guiando a veces las masas, se imaginaban se les conduce hacia un orden nuevo con la sola virtud de la negación y la protesta".

Para el Amauta, en efecto, la tarea no se orientaba —nunca se orientó— a preparar a los trabajadores y a sus organizaciones representativas —los sindicatos— para las contiendas electorales. Se buscó más bien perfilar la organización del proletariado, es decir la construcción y el fortalecimiento de sus propias estructuras representativas dotándolas de una concepción de clase para permitirles librar las batallas indispensables para su liberación del yugo de dominación capitalista.

Consciente de que esa era la tarea principal, Mariategui subrayó con mucha fuerza la idea de que el Sindicato es un organismo de Frente Unico —el Frente Unico Obrero— en el que coexisten distintas concepciones y corrientes. "El Sindicato —dijo— no debe exigir  de sus afiliados sino la aceptación del principio clasista. Dentro del sindicato caben así los socialistas reformistas como los sindicalistas, así los comunistas como los libertarios. El Sindicato constituye fundamental y exclusivamente un órgano de clase".

En este marco la tarea de la organización sindical es sembrar conciencia y sentimiento de clase, construir y fortalecer la estructura representativa de los trabajadores, promover y alentar sus luchas y centralizar las acciones reivindicativas de las masas para abrir cauce a la transformación revolucionaria de la sociedad; respetando escrupulosamente las opciones personales de sus afiliados, en materia religiosa o política.

Nunca el Sindicato -ni en nuestro país ni en ningún otro- ha servido como instrumento de lucha para otros fines. Ni siquiera ha podido ser usada como herramienta de promoción electoral para candidatura alguna. Decenas de ejemplos de líderes sindicales en funciones que creyeron catapultarse al escenario político a partir de su función representativa en el gremio y vieron frustrados sus propósitos, así lo acredita.

Los trabajadores, hasta instintivamente son conscientes de la diferencia que existe entre la representación sindical y el accionar político de corte partidista. Y han hecho valer su condición de ciudadanos para ejercer el sufragio, independientemente de la ocupación formal de sus elegidos.

Y es que más allá de las buenas intenciones de los dirigentes, en una contienda electoral suelen asomar intereses de orden personal, partidista o subalterno. Se trata de expectativas de quienes no participaron nunca en las luchas obreras, pero que sienten —cada vez que hay comicios— el ululante llamado de las urnas para colmar su propio caldero.

Pero incluso, de deformaciones que se encarnan en ciertos dirigentes sindicales que creen llegada la hora de su redención haciendo gala de lo que les hacen creer que es el signo de "la gran política", es decir, el acomodo,  la componenda y el cubileteo. También hay ejemplos de eso.

Para Aníbal Ponce -como Mariátegui, Maestro de maestros- el problema de la formación de la conciencia de clase debe ser abordado desde dos puntos de vista: el de la psicología individual y el de la sicología social. Se trata, en efecto, de descubrir la forma cómo un individuo ha llegado a saber que forma parte de una clase con aspiraciones e intereses que le son propios; y apreciar el momento en que "una clase en si", se convierte en "una clase para sí". Y ese instante asoma cuando el movimiento obrero —o la mayor parte de él— "abandonó la protesta aturdida y difusa, canalizando su rebelión en el sindicato y en la huelga".

Una mirada objetiva al proceso social de nuestra patria, trizado de combates aturdidos y difusos y donde la organización sindical no acierta a cumplir la magistral tarea de concertar, aglutinar y unir las luchas; nos hacen ver que estamos aún lejos de la etapa en la que asoman los combates decisivos. Y en cambio cerca de la circunstancia en la que —atraídos por la miel electoral— algunos pueden perder su incipiente conciencia de clase.

La responsabilidad sin embargo, no recae en los sindicatos ni en sus dirigentes, sino en quienes desde hace ya dos décadas —desde 1990 y a través de cinco procesos electorales consecutivos— han buscado obstinadamente postular a cargos de elección popular, recibiendo a cambio las bofetadas del Respetable. Ellos —lo hemos dicho antes— conocen todas las palabras del idioma castellano, menos una: la palabra renuncia. Por eso retienen en sus manos numerosos cargos y funciones.

Cuidar la organización sindical y no permitir que sea usada como herramienta electoral en provecho personal o partidista, es también un deber de los que luchan no de ahora, sino de siempre, en función de los grandes intereses de los trabajadores.

Es bueno —muy bueno— que se aliente la unidad más amplia de nuestro pueblo para batir y derrotar en todos los terrenos al modelo neo liberal y sus acólitos; pero es también muy bueno que eso se haga a partir de la conciencia y de la organización de los trabajadores, y no sobre sus hombros. (fin)

(*) Del Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera / www.nuestra-bandera.com