Caso Antauro Humala: ¡miedo, vulgar miedo!

 

Por: Herbert Mujica Rojas

 
Con el respeto que se merecen todos los que de buena fe aún creen en la pulcritud del Tribunal Constitucional, en el sonadísimo caso de los últimos días y referido a Antauro Humala, más que las leyes o consideraciones de derecho, parece haber imperado entre aquellos, el miedo, el vulgar miedo. ¿Sólo entre ellos? Me temo que la respuesta es palurdamente simple: 90% de los políticos actuantes tenía terror y sudaba frío si acaso y por exceso de carcelería se liberaba al personaje de marras. Y hay razones para creer dos cosas fundamentales: la opacidad grisácea y terminal de las castas políticas es cancerosa y el TC no sirve para nada más que la de vulgar apéndice del poder real que demanda estabilidad jurídica para que se siga regalando el país en porciones jugosas, dolarizadas y con tarifas millonarias. Y no sólo en
Lima.
 
Como los traviesos abundan, no es de descartar que alguno de esos pretenda encasillarme bajo el marbete de partidario de Antauro Humala.
Lo que no es blanco, no es negro, es, simplemente no blanco. De tal modo que subrayar opiniones que hieren la precarísima cuanto que vergonzosa línea de flotación de las castas políticas y jurídicas, eclesiásticas, diplomáticas, intelectuales o periodísticas, es un ejercicio libérrimo, divertido, como que democrático.
 
Citemos, a guisa de referencia veloz, algunos de los casos en que el silencio prima, culposo y antipatriótico: lo del TLC con Chile en manos del TC para que opine si procede la demanda que reclama que sea visto por el Establo (resultado previsible); acaban de quitarle piso a la ley que prevía la construcción vía inversiones de un megapuerto en la isla San Lorenzo y con una capacidad estratégica formidable y que amenazaba acabar con el monopolio que ostenta Lima Airport Partners,
LAP, la empresa cuyo jefe de Seguridad al alimón con la gente de Seguridad de LAN Chile, tiene vínculos, según lo enuncia el auto apertorio de una investigación penal, con el narcotráfico; y sobre el que, todos los medios, con la excepción de La Primera, no opinan raramente.
 
¿Qué hubiera ocurrido si se liberaba a Antauro Humala? Sabido es que aquél llama mamíferos a los políticos cuasi mudos que abundan en nuestra selva cotidiana. De repente él habría recordado algunas de estas taras y acaso con nombre y apellido propios y estoy seguro que no pocos allegados sufrirían castigo. Con mayor razón los que no tienen esa trabazón familiar.
 
¡Precisamente, si hay algo que envilece y estupidiza la política nacional, se llama silencio cómplice! Los miedos de comunicación obedecen a sus anunciantes y estos juegan el partido de empresas transnacionales, varias australes y eso es una ventaja para quienes tienen 5 ó 6 mil millones de dólares invertidos en servicios, financieras, supermercados y otras áreas –habría que preguntarle a LAN- si sabe algo más de negocios en Perú. Por tanto, denuncian poco o nada y ¡jamás! van al fondo de los asuntos álgidos. A lo más orillan o tocan tangencialmente estos intríngulis. Algún día tendrá que hacerse el estudio de, parafraseando el título de una cinta famosa, El
silencio de los intelectuales.
 
Y creo que la miserable actuación del Tribunal Constitucional vía el trueque de votos que ayer decían una cosa y hoy, otra, representa la garantía de que no sirve para gran cosa. De repente la hora de licenciarlo, en su integridad, ha llegado, previo reclamo de todo el dinero que el pueblo ha invertido en sus inanes empleados.
 
El debate político debiera aniquilar, impulsar o sepultar a quienes merezcan esas suertes. Si hay quienes detestan u odian a otros, están en la obligación de mostrar que sus credenciales ideológicas, programáticas, geopolíticas, si las tienen, son superiores o mejores que las de sus oponentes. Acudir al dicterio o a la media verdad no
ayuda, más bien destruye. Y eso es lo que hay en el Perú desde hace largas décadas de oscurantismo en todos los oficialismos y sus respectivas oposiciones.
 
¿Para qué sirven las leyes cuando éstas son irrespetadas por las instituciones que debieran tenerlas como blasón de lo que llaman Estado de Derecho? Me temo que esta larga comedia de yerros apenas si continúa en desmedro de la muy sufrida democracia. ¿Hasta cuándo? Eso no tiene respuesta concreta.
 
¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!
 
¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!
 
¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!
 
¡Sólo el talento salvará al Perú!