Por Wilfredo Pérez Ruiz (*)

Es una interrogante frecuente al conocer a una persona o cuando coincidimos, después de algún tiempo, con familiares y amigos. Es usual deducir que está encaminada a saber nuestro cometido en el ámbito profesional: donde laboramos y la actividad que ejercemos, entre otros pormenores circunscritos a este quehacer. Existen quienes la dicen con esa precisa interpretación. Siendo una expresión tan amplia pueden suscitarse disímiles lecturas y respuestas.

 

Foto Articulo Que haces por la vida

 

Sin embargo, esta cuestión habitual e inadvertida motivó mis recientes meditaciones. Sería conveniente otorgarle una visión dilatada en su formulación y contestación. Quizá debiéramos examinar, con entereza, autocrítica e intención reflexiva, la imperiosa necesidad de definir nuestros objetivos, roles y destinos dentro de un contexto más empático, solidario, sensible y fraterno.

El crecimiento y desenvolvimiento profesional, a través del ejercicio de una explícita acción, brinda enormes complacencias y vastas realizaciones. No podemos subestimar su indudable implicancia y trascendencia. Pero, me permito inquirir con ánimo pensativo: ¿Debemos circunscribir nuestra supervivencia a ese propósito? ¿Merecemos continuar mirando la vida desde nuestro cómodo balcón?

Desde una perspectiva cristiana y humana recapacito en nuestra misión en este mundo. En tal sentido, estimo imperativo incorporar otras inspiraciones, intenciones y aportes. Tal vez convendría empezar a deponer comunes, individualistas, mezquinas y apáticas prioridades para principiar a entender el entorno social con el que nos incumbe involucrarnos.

Escucho a padres de familia, de todas las edades, estatus y procedencias, creer que su tarea está destinada a asegurar a sus hijos la satisfacción de requerimientos básicos, encumbrado perfeccionamiento académico, atractivo puesto de trabajo y comodidades. Suponen un rol orientado a la atención de exigencias materiales. La paternidad compromete la capacidad de formar seres virtuosos, identificados con su medio, aptos para enfrentar las vicisitudes del futuro y poseedores de sólidas convicciones. Es una misión enmarañada e imposible cuando los progenitores vislumbran con egoísmo e indiferencia su hábitat.

Al respecto, reitero lo aseverado en mi artículo “¿Papá lo sabe todo?”: “…Oímos con naturalidad decir ´quiero que mi hijo sea lo que yo no he podido ser´, en alusión al desesperado anhelo de alcanzar mejores niveles de confort; no precisamente en el aspecto ético, espiritual, psicológico e intelectual; cuatro términos que significan poco para innumerables padres. Es decir, vocablos carentes de validez para salir adelante en la vida. Nunca he escuchado comentarios tendientes a mirar esta tarea de una forma pedagógica y enmarcada en un sólido conjunto de valores. Esto último se concibe, como si fuese obvio, con arrogancia y hasta incomodidad”.

Recomiendo darle sentido a nuestra subsistencia -como resultado de nuestra formación y madurez personal- a partir de ponderar la entrega cívica y democrática que debemos de brindar en cada lugar de interacción. Eso será probable cuando aceptemos el “sentido de pertenencia” como una insoslayable cualidad inherente a la ciudadanía. Sugiero un sano ejercicio de meditación —insólito en grupos humanos invertebrados, complejos y atiborrados de una lacerante inopia— acerca de nuestra anhelada e inexcusable contribución existencial.

En estos momentos de vacíos, incertidumbres y quiebres morales es ineludible englobar la “ciudadanía activa” como una manifestación de nuestro involucramiento con los demás. Salgamos de la zona de confort para tomar la decisión de participar, cooperar, vigilar y actuar. Con espíritu constructivo recapacitemos sobre la importancia de adherirnos, por encima de sentimientos y coyunturas efímeras, con el “bien común”.

Cada uno de nosotros posee un potencial para echar las bases de un mañana esperanzador en el escenario familiar, gremial, comunitario, institucional, etc. Tenemos la exigencia ética de ser artífices de las urgentes transformaciones que demanda una sociedad gravemente sucumbida por la desidia, la actitud oblicua, la inconsecuencia y la ausencia de principios. Como afirma David Fischman en su libro “El espejo del líder”: “…Deje de pensar solo en usted, en destacar y en figurar, y piense mejor en todo lo que puede hacer para ayudar y permitir crecer a las personas de su entorno”.

Insisto: podemos cooperar en diversas áreas altruistas, filantrópicos, políticas y vecinales —sumando esfuerzos y aunando voluntades— para contribuir con el medio del que somos parte. También es obligación coadyuvar con nuestro ejemplo de comportamiento. Evitemos esperar desempeñar una primordial responsabilidad para constituirnos en referente e inspiración.

Ansío con optimismo que al preguntarte: ¿Qué haces por la “vida”? pienses en tu compromiso moral con el prójimo; pienses en dejar un mejor porvenir a tus descendientes; pienses en ser recordado por tu aportación al “bien común”; pienses en lo que tu país ha hecho por ti; pienses en convertirte en un habitante íntegro. La vida posibilita esparcir sin desvelo semillas, sueños y lecciones que, especialmente, justifiquen nuestra presencia y ofrezca un renacer de expectativas para los hombres y mujeres venideros.

(*) Docente, comunicador y consultor en protocolo, ceremonial, etiqueta social y relaciones públicas. http://wperezruiz.blogspot.com/