Cuando nuestros representantes nos decepcionan

Por José Carlos García Fajardo*


Me anonada la situación social, económica y política, reflejada en los medios. Los políticos se insultan y descalifican, no aceptan un diálogo ni asumen un error, sestean en el Congreso y son capaces de sostener una tesis y su contraria, según se trate de su partido o de los demás. Mienten, niegan las evidencias de corrupciones que les atañen, no son coherentes con sus programas y utilizan los medios como armas arrojadizas.


Impresiona ver cómo se habla de Magistrados y de jueces “afines al PSOE o al PP”, y hasta de los mismos Tribunales Supremo y Constitucional. Asistir a una sesión de control al Gobierno en el Congreso o en el Senado causa vergüenza ajena. No hay “parlamento”, porque leen las consignas que llevan escritas, el método Ollendorff. “¿De dónde vienes?” “¡Manzanas traigo!”

Bien está que, en período electoral, defiendan sus programas y denuncien a quienes no han cumplido sus compromisos anteriores, aportando alternativas constructivas y viables. Pero, pasadas las elecciones, los diputados y senadores, los consejeros autonómicos y los concejales municipales, deberán buscar el bienestar de los ciudadanos, el imperio de la justicia, el desarrollo intelectual, científico y económico, un sistema fiscal equitativo y sin fisuras en paraísos, la calidad de la enseñanza, el funcionamiento de los pilares del Estado de Bienestar: enseñanza pública y gratuita para todos, cobertura sanitaria eficaz y plena, mejora de los planes de pensiones,  y aplicación diáfana de la Ley de dependencia que cubre las necesidades apremiantes de tantas personas necesitadas de ayuda y de sus familiares.

La conservación de la naturaleza y del medio ambiente, ¿será posible no ponerse de acuerdo en este tema vital y arrimar el hombro todos los diputados y senadores, sean del partido que sean? Cambiemos el “todo vale” por “que valga el todo”.

La mejora de los transportes, los horarios de trabajo, la incorporación inteligente de las nuevas tecnologías en juzgados, universidades, colegios, hospitales y centros sanitarios, bibliotecas públicas, centros de información a los ciudadanos ¿acaso no deberían de ser de máxima prioridad para los responsables de gobernar como mandatarios de todos los ciudadanos, no sólo de los que les han elegido?

Es inadmisible e insoportable que permanezcamos en permanente situación de campaña electoral. Los ciudadanos se sienten ninguneados, una vez depositado su voto. De ahí la creciente abstención en las elecciones, porque están obligados a votar en listas cerradas y a candidatos que no conocen y que, una vez elegidos, jamás regresan a sus circunscripciones para dar cuenta de sus compromisos.

Era propio de las dictaduras mantener al pueblo en perenne minoría de edad: no podían votar, no podían expresarse en medios de comunicación, no podían afiliarse a sindicatos independientes, tenían dificultades para viajar a otros países, existían policías secretas y “sociales” que controlaban a las personas por sus ideas religiosas, políticas, filosóficas o por sus preferencias sexuales.

Era delito disentir de la política del Estado con una confesión religiosa determinada o de su arbitrario y anacrónico poder en la enseñanza, en los matrimonios y la vida familiar, la interrupción del embarazo, la maternidad y paternidad responsables, dentro o fuera del matrimonio, las uniones de hecho, el divorcio y la constitución de nuevas familias, derecho a una muerte digna. Existía censura de prensa y de todo lo que se publicaba fuera científico, filosófico o de investigación histórica.

Aunque eso ya ha pasado, la herida se mantiene abierta porque nuestros políticos no han exigido responsabilidades ni la devolución de lo expoliado, la reparación debida a quienes se persiguió y negó el derecho a una vida de acuerdo con derechos universales. Aún hoy les niegan el derecho a rescatar los cadáveres de sus familiares asesinados.

¿No se han reconocido como imprescriptibles los crímenes contra la humanidad en países que padecieron la Guerra mundial?

A mi edad, y después de medio siglo de trabajo en la universidad, en la sociedad y en los medios de comunicación, me siento defraudado por el sectarismo de muchos políticos y por la insoportable perversión del ejercicio del poder político.

Un país moderno, con una democracia garantizada por una Constitución, no puede soportar a políticos montaraces, a una clase empresarial insaciable, a banqueros y financieros movidos por la obtención de beneficios por cualquier medio. 

Por todo esto es necesario alzarnos contra este modelo de desarrollo injusto y perverso, y contra unos gobernantes irresponsables que no nos merecen.

Es posible la esperanza si nos rebelamos contra esta forma de tiranía, participamos cívicamente y denunciamos la actual situación insostenible, aportando propuestas alternativas. Todas las conquistas sociales se hicieron realidad porque alguien las soñó primero. El progreso comenzó cuando las personas se atrevieron a pensar y los súbditos se convirtieron en ciudadanos.

*Profesor Emérito de la UCM. Director del CCS

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