Herbert Mujica Rojas

Si alguien o algunos anhelaban la cerrazón del Congreso, ¡jamás! habrían obtenido el éxito resonante que están logrando sus actuales más que precarios inquilinos en Plaza Bolívar.

 

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El índice de aprobación ciudadana al Parlamento es demasiado pequeño, ínfimo, ridículo. No es para alegrarse la circunstancia porque, de una forma u otra, el ágora de debates por excelencia, tardará muchos años en reivindicar una imagen decente.

En tres o cuatro oportunidades, en meses pasados el objetivo principal de los legiferantes fue arrasar con la Junta Nacional de Justicia. La subcomisión de acusaciones constitucionales, lo ha acordado para así para su pase a la Comisión Permanente y luego al pleno para su ratificación.

¿Un Congreso tan desacreditado, políticamente menos que mediocre, esmirriado de figuras intelectuales, si es que tiene alguna, está en capacidad de seguir incurriendo en despropósitos?

Por desgracia, la respuesta es afirmativa. No es raro en el mundo que muchas instituciones sean recordadas sólo por haber prendido la mecha de la hoguera en que se suicidaron vitaliciamente.

¿Cómo se concilia este deterioro innegable con la ambición de muchos de pertenecer a la cuestionada entidad?

No es tanto el amor al chancho, sino a los chicharrones. Casi todos están persuadidos que al llegar cada quien va por la libre y depende del ingenio de cada cual.

La anémica concepción política partidista en el Perú fleta que manadas de ambiciosos y angurrientos hagan de las suyas una vez aposentados en su curul.

¿Tiene ventajas ser “congresista de la República”? Desde el título, pomposamente bobo y superlativo, da el guión de cómo entiende el parlamentario su responsabilidad.

¿Qué tiene como personal de apoyo el legislador? Asesores numerosos, chofer, secretarias y asistentes que las 24 horas del día, dicen “doctor” para arriba, “doctor” para abajo. Poco importa que el congresista sea un analfabeto summa cumme laude.

¡No sólo eso! Aumentos de sueldo, bonos por las razones que se inventan al paso y según cómo evalúe la compra, la directiva, de sus subordinados y el tráfico de influencias es bandera tremolante y ¡productiva!

¿Es todo? ¡De ninguna manera!

Personajes de raquítica dicción, nulo entendimiento del castellano, tartamudos e incoherentes cerebrales, son convertidos ¡de la noche a la mañana! en figuras y figurones capaces de “opinar”, gracias a los miedos de comunicación.

Revise usted, amigo lector, ¿quiénes son los que “reflexionan” sobre las tribulaciones del Perú contemporáneo y coteje la verborrea con lo que pasa en el mundo corriente.

En la televisión y radio, cuanto que en los impresos, se consignan soberanas tonterías pero lo dice fulano o mengano que es legislador. ¡Como si el precarísimo título, otorgara, a la vez, claridad y sabiduría!

Inferir que carecen de luces es un hecho que no admite refutación. Al pretender liquidar la JNJ en un quinto intento, persisten en enajenarse el odio ciudadano que ya los tiene a mal traer.

¿Hay que obviar que un repudio existente movilice acciones reales y violentistas?

¿Quién traduce entonces por qué están matando a la gallina de los huevos de oro? ¿A quién conviene el caos parlamentario y la confusión manifiesta de estos ciudadanos que cada día se desempeñan más bajo y ruin que las 24 horas anteriores?

La degradación de las instituciones es otra forma de la corrupción que anemiza y destruye al Perú. El acriticismo forma parte ilustre de este complot siniestro. Permitirlo es, a todas luces, un crimen artero.

Cien o más años atrás, las feroces críticas de Manuel González Prada al Congreso en sus dos cámaras, de Diputados y Senadores, sacaban chispas y señalaban a sangrones dinásticos que perpetuaban a sus familias en el Parlamento.

¿Ha visto usted que los clubes electorales, alias partidos políticos, analicen, disciernan concienzudamente sobre este derrumbe a plazos efectivos del Congreso? ¿Entonces por qué se desesperan en ser “candidatos”?

Tenemos el caso de clubes electorales que no mueven a más de una veintena de bobos por las calles y se llaman a sí mismos, como representantes del “pueblo”.

Las últimas elecciones sepultaron a colectividades que antaño tenían un peso nunca inferior al 30% del electorado nacional. Hoy eso no existe.

Si el empeño contra la JNJ persiste y se consigue en el Pleno venidero, hay derecho a preguntarse si ¿se está sembrando vientos para cosechar tempestades?

 

18.02.2024

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Señal de Alerta

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