El CERN, la filosofía, la física y la creación del universo

Por Manuel Rodríguez Cuadros


Desde las antiguas grandes civilizaciones el hombre se ha preguntado sobre su origen y el del cosmos. La filosofía y las religiones a lo largo de la historia humana han buscado explicaciones sobre la naturaleza y el destino del hombre y el universo. El pensamiento filosófico y el religioso se han construido sobre la idea de dar una respuesta a esas interrogantes. Y a partir de ellas sobre la relación entre la vida y la muerte. La trascendencia de la vida humana está en la base misma del origen de la filosofía y la religión. Ambas buscan darle al ser humano una certidumbre más allá de su existencia. Una basada en la razón, la otra en la fe. Como bien dice el filósofo francés Luc Ferry, religiones y filosofías se han construido sobre la idea de la salvación del hombre, entendida como trascendencia de la muerte. Hoy mismo, en un mundo sin verdades ideológicas, tanto la filosofía como la religión vuelven a presionar en la vida cotidiana de los hombres y mujeres poniendo sobre el tapete de la globalización la cuestión de la espiritualidad salvadora.


Pero, también, desde la antigüedad la ciencia ha terciado en este debate. Copérnico al publicar en 1543 su libro De Revolutionibus Orbium Coelestium revolucionó la astronomía, al demostrar que la tierra no era el centro del universo y que junto a los demás planetas giraba alrededor del sol. La teoría heliocéntrica echó abajo los dogmas religiosos básicos. Tres siglos después, Charles Darwin en “Sobre el origen de las especies por selección natural o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la existencia”, publicada el 24 de noviembre de 1859, sentó las bases de la teoría de la evolución y de la explicación científica del origen del hombre. La fe tuvo que adecuarse a la evidencia de la ciencia.

Pero el cosmos que comprende al hombre y lo sobrepasa siguió esperando una explicación desde la astrofísica. Hasta que en 1927 Georges Lemaître sugirió que el Universo se inició con la explosión de un átomo primigenio; y, ya en los años sesenta las investigaciones de Stephen Hawking confirmaron que el Universo ha evolucionado desde un tiempo finito a partir del instante en que una gran explosión originaria, denominada “Big Bang”, asumió el papel de fuerza creadora.

Uno de los efectos del “Big Bang” habría sido la creación de las dimensiones de espacio y tiempo, que antes no habrían existido. A partir de ese instante explosivo y fundacional del cosmos el tiempo y el espacio recién habrían existido. El uso del término explosión es también figurativo pues el estallido inicial, según los físicos, no se habría propagado fuera de sí mismo. La cosmología contemporánea mide a partir de ese momento estelar la edad del universo en aproximadamente 13,7 ± 0,2 miles de millones de años.

El 3 de marzo de 2010, la teoría del “Big Bang” tuvo en el Centro Europeo de Investigación Nuclear (CERN), en Ginebra, la prueba empírica soñada. El Gran Colisionador de Hadrones (LHC) logró que dos haces de mil millones de protones cada uno viajen a la velocidad de la luz por un túnel de 27 kilómetros de largo, hasta chocarse y reproducir la gran explosión que dio origen al universo. Se abre una nueva historia para la física y un horizonte sin límites en el conocimiento humano.

A partir de este nuevo aporte extraordinario de la ciencia a las preguntas de la filosofía y la religión, se refuerza el sentido de la espiritualidad propugnada por Luc Ferry, en un mundo en el que la razón es esencial para la relación del hombre con el cosmos: “Aprender a vivir, a dejar de temer en vano los diversos rostros de la muerte… y al tiempo que pasa…”. La Primera, 07.04.2010.