Historia, madre y maestra

Piérola III
aves guaneras

por Manuel González Prada; Figuras y figurones, Obras, Tomo I, volumen 2, pp. 337-373, Lima 1986

III

¿Se dirá que el hombre antiguo, el Piérola de 1880, no debe igualarse al Piérola de hoy, instruido ya con su larga residencia en Europa y amaestrado con las lecciones de la experiencia? Así lo piensan muchos, resignándose a que el Perú haya sido un ánima vili o mandíbula de muerto donde un aprendiz de sacamuelas ensaya sus tenazas y adiestra sus manos. De modo que gastamos el oro, vertimos la sangre y perdimos la honra para que un buen señor se perfeccionara en el arte de gobernarnos. ¿Lo hemos logrado?

 

En la Naturaleza se verifican transformaciones con visos de milagros, y los individuos experimentan cambios que simulan una reversión del ser; pero nunca sucede que un manzano produzca rosas ni que un moscardón labre capullos de seda. En el hombre mismo se presentan cualidades irreductibles: se nace y se muere con ellas. Hace dos o tres mil años que se afirmó: "Aunque majes al necio en un mortero entre granos de trigo a pisón majados, no se quitará de él su necedad".

Cierto, Piérola residió muchos años en París; mas ¿qué hizo? rondar la casa de Dreyfus, espiar las salidas y entradas de Dreyfus, hablar con el portero de Dreyfus, solicitar audiencias de Dreyfus, subir las escaleras de Dreyfus, hacer antesala en las habitaciones de Dreyfus, encorvarse humildemente en presencia de Dreyfus. El puede informarnos sobre el número de catarros sufridos por Dreyfus en 1891 y sobre las propiedades terapéuticas de las enemas administradas a Dreyfus en 1892. Hasta nos fijaría la exacta proporción entre la aguja de Nuestra Señora de París y cualquiera de los supositorios aplicados a Dreyfus en 1893.

Respiró en el mundo europeo el ambiente cargado de emanaciones científicas y gérmenes libertarios, sin asimilarse un átomo de ciencia moderna ni de espíritu libre. ¿Qué sabe él de bibliotecas y museos, de invenciones y descubrimientos, de sabios y filósofos? Para medir su calibre intelectual y pesar su bagaje científico, basta decir que se gloría de no haber leído sino un solo libro en más de veinte años. No le mencionen, pues, a Darwin ni Spencer, a Haeckel ni Hartmann, a Córate ni Claude Bernard, porque les creería fondistas, peluqueros, fabricantes de conservas o vendedores de afrodisíacos y fotografías pornográficas. Tampoco le hablen de Bellas Artes ni de monumentos: sería muy capaz de preferir un cromo chillón a una tela de Millet, de confundir los machones de la Torre Eiffel con un friso del Partenón o de tomar la chimenea de una fábrica por el obelisco de Luxor.

París no ha sido la escuela sino el cubil para devorar la presa: ahí disfrutó las gordas economías del Contrato Dreyfus, ahí saboreó los pingües ahorros de la Dictadura. Cuando la presa concluía y era necesario pegar un nuevo zarpazo a las finanzas nacionales, entonces dirigió el rumbo hacia el Perú trayendo planes de revolución, proyectos de leyes y decretos, sales inglesas, inyecciones orquíticas de Brown Sécquard y botellas con infusiones de zarzaparrilla en agua de Lourdes.

Piérola en Francia se quedó tan Piérola, como la pelotilla de migajón continúa de migajón por mucho que se mezcle algunos años con perlas y diamantes. De otro modo ¿pensaría como piensa y hablaría como habla? Sus actos y palabras nos corroboran en que lejos de haberse curado con la edad y los viajes, presenta hoy más agravados los síntomas de vacilación mental e incoherencia. No se agita en las regiones de la locura; pero debe de estar muy próximo a los límites oscuros donde empieza el reblandecimiento cerebral o la parálisis. Si penetráramos en su cráneo, veríamos una especie de limbo donde pasan entre medias luces y como figuras de un cinematógrafo, el Palacio de Gobierno y la Catedral de Lima, el pouf de una cocotte y la bolsa de un banquero.

¡El cráneo de Piérola! Todo lo que entra en su mollera, se refracta ofreciendo una imagen desviada, como bastón clavado en el agua, porque su cerebro no consta de dos hemisferios donde se marcan circunvoluciones más o menos complicadas, sino de un intestino, largo y angosto, que da vueltas y revueltas, que se tuerce y se retuerce sobre sí mismo para formar una diabólica y enmarañada aglomeración de trenzas chinas y nudos gordianos. Si el intestino almacena fósforo, lo dirá la autopsia. Y ¡el dueño de semejante órgano presume de orador y escritor! Al inaugurar una fábrica de sombreros, dijo, después de constatar la presencia de Dios en la ceremonia: "Fatigados estamos de hombres que hablan: necesitamos hombres que hagan". Frases que significan: Admírenme a mí que me porto como Cincinato, hablo como Cicerón y escribo como Tácito.

Si lo moral de Piérola se obtiene vaciando en un molde la ferocidad de un cafre y la lujuria de un gorila, lo intelectual se consigue amalgamando la ergotería frailuna de un teólogo con la artimaña leguleyesca de un picapleitos: es un casuístico doctor de Salamanca involucrado en un fulleresco tinterillo de Camaná. Inventaría la línea curva, la quinta rueda del coche y el laberinto de Creta. Sus proclamas, sus manifiestos, sus mensajes, sus discursos, sus decretos, cuanto mana de su pluma o de sus labios, se reduce a una pululación de antiguallas y lugares comunes, en una prosa enrevesada, bombástica, gerundiana: nunca una idea concreta y original, nunca una frase cristalizada y luminosa.

Si sus pensamientos semejan el volar y revolotear de murciélagos en la penumbra de una cripta, su lenguaje recuerda el traquetear de carromato vacío, corriendo por un cascajal. ¡Qué términos, o mejor dicho qué terminotes y qué terminajos! Careciendo así de la gracia que seduce y hace olvidar los defectos, como de la fuerza que arrastra y obliga a caminar por las regiones más áridas y abruptas, se vuelve insufrible: para leer tres líneas de su pluma se requiere seis kilos de paciencia, para oír dos oraciones de su boca se necesita blindarse las orejas con triple coraza de algodón. No es el escritor sino el grafómano y el cacógrafo, no el orador sino el logómano y el cacólogo. Por eso, al hablar o escribir, no tiene facundia o afluencia sino manía razonadora o imbecilidad verbosa; no inspiración sino logorrea de enigmas, acertijos y logogrifos, salpimentados de Cabala, Talmud y Apocalipsis.

Con los trozos escogidos de Piérola se formaría un florilegio muy semejante a un rosario de pepinos, hojas de col y tomates, engarzados en la tripa de una cabra. Sus obras completas causarían el efecto de una ensalada turca batida en una sopa rusa. En la vida de San Francisco figura el hermano Junípero que se distinguía por la incongruencia de sus confecciones culinarias, pues introducía en la olla las frutas sin pelar, los huevos con cáscara y los pollos vírgenes de sus crestas, de sus plumas y de sus estacas. Para concluir con la literatura de Piérola, basta decir que todas sus producciones merecen llamarse guisos del hermano Junípero.

Si los viajes no convirtieron a Piérola en orador oíble, en literato legible ni en causeur tolerable, le infundieron o perfeccionaron la ciencia práctica de la vida, el arte de adquirir dinero. Sin heredar bienes de fortuna, casarse con mujer rica, descubrir mina, encontrarse entierro ni ganar el premio gordo de ninguna lotería, él ha vivido a lo grande, fomentando más de un hogar, haciendo continuas excursiones por América y Europa. En lo tocante al dinero figura como inventor de genio, como un prodigio, hasta como dueño de un órgano especial. La nariz del sabueso para rastrear al ciervo la tiene Piérola para oler la mosca: abandonado en el Sahara, náufrago en la isla de Robinson, perdido en los ventisqueros del Polo, encontraría un tesoro y un amigo. ¡De cuánto no serviría a los catadores de minas y buscadores de entierros, si quisiera usar ese don o sexto sentido que le concedió la Naturaleza! Con instalarse en una eminencia y husmear unos cuantos segundos, Piérola nos revelaría si en un kilómetro a la redonda hay o no hay bolsones y tapados. Se habla de telegrafía inalámbrica ¡bicoca! Piérola, sin efracción ni escalada, sin lima ni ganzúa, sin contacto de los dedos con la bolsa, deja in albis o como patena al Caballero de la Tenaza en persona. Algo saben los Barrenechea, los Olivan, los Gambetta, los Ehrmann, los Piantanida, los Flórez, los Billinghurst, etc., porque abundan tanto las víctimas que de sus fondos podría sacarse una buena dote para las once mil vírgenes.

Y con tanta suavidad y maña verifica la limpieza que el limpiado se queda tan satisfecho como si fuera el limpiador. Le han servido de sésamo ábrete, las dos palabras tradicionales -la Causa. El bueno del General Castilla, no sabiendo repetir con Luis XIV "el Estado soy yo", se llamaba a sí mismo "el Gobierno" y solía decir con la mayor gravedad: "el Gobierno se halla constipado; el Gobierno guarda cama; el Gobierno sufre de irritación a los callos"... Ignoramos si Piérola se titula el señor la Causa; pero seguramente se rige por el siguiente raciocinio: "La Causa no prospera sin que su caudillo prospere; yo soy el caudillo de la Causa: ergo mis amigos y correligionarios se encuentran en la obligación ineludible de enviarme dinero para un equipaje a la Daumont, un departamento lujoso y confortable en el Faubourg Saint-Honoré, una estación de baños en Royan o Biarritz y para echar una cana al aire en Le Moulin Rouge o Les Folies-Bergére".

Si la inteligencia de Piérola no se mejoró con los años y los viajes, si el carácter agravó los defectos en lugar de corregirles ¿cómo nos propinaría hoy un buen Gobierno? La verdadera política se reduce a una moral en acción. La Presidencia inaugurada en 1895 vale tanto como la Dictadura de 1879: en la Dictadura se arroga facultades omnímodas y nos conduce como un señor feudal a sus siervos; en la Presidencia nos manda con el mismo poder discrecional, interpretando a su antojo las leyes, dándolas efecto retroactivo, anulándolas con un simple decreto, tergiversándolas hipócritamente o violándolas con la mayor desfachatez, seguro de no hallar en las Cámaras un freno moderador ni en la prensa un juez incorruptible y severo.

Insistamos sobre algunos de sus actos, empezando por el más culminante: su alianza con los Civilistas. En la carta dirigida en setiembre de 1898 al Comité Central del Partido Demócrata, afirma Piérola que "sería difícil señalar diferencia de principios entre el Partido Civil y el Partido Demócrata". Así, los veinticinco años de conspiraciones y guerras civiles, los tesoros derrochados y las vidas sacrificadas, la ruina del país y el asesinato de Manuel Pardo, sólo han servido para descubrir un día que entre el Demócrata y el Civilista no cabe diferencia, que ambos marchaban por distinta senda para llegar al mismo término. Debemos preguntar a Civilistas y Demócratas ¿ustedes son agentes de policía que se juntan en el domicilio de una persona honrada o simples malhechores que en avanzadas horas de la noche se reconocen ante una caja de hierro? ¡Inocentes y candorosos Demócratas! Sin saberlo profesaban el Civilismo como el doctor Paganel hablaba portugués creyendo expresarse en castellano.

Al celebrar la alianza, Piérola no reniega de sus convicciones (desde que toda su vida no abrigó más propósito que satisfacer su ambición de mando); traiciona, sí, descaradamente a sus correligionarios, les pone en ridículo, les deja relegados en segundo término, como incapaces de gobernar sin la dirección de los Civilistas. Esos famosos Demócratas, esa falange de Catones y Licurgos, esa reserva intelectual y moral que el país aguardaba como única tabla de salvación, no fue más que una falsificación de personajes, que una desfilada grotesca de gigantones con mucho volumen de trapo y caña, pero con muy reducida consistencia de hombre.

Quizá en la alianza con los Civilistas se oculta una acción expiatoria y laudable, una obra de arrepentimiento y reparación. A Nicolás de Piérola le ahoga la sangre de Manuel Pardo. Oír el nombre de Pardo le equivale a recibir una bofetada. Pardo le amarga el bocado, le avinagra la bebida, le envenena el placer, le quita el sueño. Tal vez, en sus noches de agitación y desvelo, cuando el remordimiento le causa fiebre y la fiebre le produce alucinaciones, Piérola siente en su cuello la irresistible mano de Pardo que le arranca del sillón presidencial, le arrastra por los salones de Palacio y le conduce a la plaza mayor para colgarle en una torre de la catedral o en el farol de Tomás Gutiérrez. Con una de esas noches dantescas o shakespereanas se explica la alianza: no pudiendo resucitar al muerto, se quiere seguir su idea. Como los antiguos creyentes presentaban a los Dioses irritados el holocausto de una ternera, de una oveja o de un cisne, Piérola ofrece a la ensangrentada sombra de Pardo el sacrificio de todo el rebaño demócrata.

No olvidemos las finanzas, caballo de batalla de Piérola y sus conmilitones. La célebre gallina que un Rey de Francia quería ver todos los domingos en la olla de sus más desvalidos súbditos, parece que los habitantes del Perú la saboreamos todos los días, si hemos de creer al Jefe Supremo y a los accionistas de las Sociedades Recaudadoras. "A nadie se debe, se administra con economía, se da ejemplo de honradez, reina el bienestar general...". Así grita el amo, lo repiten sus comensales y lo pregonan los escatófilos de la prensa subvencionada.

"¡A nadie se debe!" y los inscriptos en las listas pasivas no reciben sino la tercera parte de sus haberes, y los tenedores de bonos de la deuda interna imploran inútilmente porque no se les siga defraudando, y la Peruvian reclama unos cien mil soles, y el Presupuesto arroja un déficit de tres millones. "¡Se administra con economía!" y se crea nuevas oficinas y nuevos cargos para los amigos o los deudos, y se concede a los favoritos sumas ingentes por comisiones que no desempeñan, y se derrocha miles de miles en fomentar una prensa aduladora y servil, y se emprende obras innecesarias o ridículas con el fin de conservar a sueldo una masa de electores, y sin plan ni control se arroja millones en el insaciable estómago del Pichis. "¡Se da ejemplo de honradez!" y se encarpeta la denuncia de fraudes fiscales por la suma de doce millones de soles, y se engloba en la deuda nacional las deudas particulares, y clandestinamente se negocia los bonos de la Coalición, y por segunda o tercera mano se compra los devengados de las viudas, y de la noche a la mañana se hace desaparecer el millón de la sal, y se contribuye a que el descamisado de ayer se transforme hoy en rico señor con sólo ingerirse en el manejo de los negocios públicos, y, en resumen, se establece verdaderas finanzas dictatoriales, pues se dispone de las rentas del Fisco, sin ceñirse al presupuesto, sin rendir cuenta de ninguna especie, sin que nadie sepa cómo ni en qué se ha invertido más de cincuenta millones en menos de cuatro años. "¡Reina el bienestar general!" y los derechos aduaneros se duplican y triplican, y las gabelas nacen y se aumentan, y los artículos de primera necesidad encarecen extraordinariamente, y salvo algunos valles donde se produce la caña, la agricultura decae, mientras la industria desfallece y el comercio arrastra una vida triste y miserable, hasta el grado que el primer puerto de la Nación va muriendo de asfixia y anemia.

Sólo en Lima florece un bienestar simulado y restringido: el hartazgo de algunos privilegiados y parásitos. Con las Sociedades Recaudadoras se ha constituido una plutocracia u oligarquía de financieros para esquilmar a la Nación: funciona hoy en la capital un maravilloso trapiche donde van los contribuyentes para dejar el jugo y salir convertidos en residuo seco, estoposo y combustible. Y a los cañaveleros de esta nueva especie ¿qué les importa el crujir y gemir de la carne de trapiche? En todo el mundo, los negociantes y los ricos simplifican de tal modo sus órganos y funciones que al fin se reducen a la mera condición de estómagos provistos de innumerables tentáculos para coger la presa. Apresar y digerir, palabras sacramentales que lo explican y lo justifican todo. Esos hombres simplificados o ventrales rodean y aclaman a Piérola, como rodearon y aclamaron a Iglesias, Cáceres y Morales Bermúdez, como habrían rodeado y aclamado al mismo Patricio Lynch, si los chilenos, en vez de arrasar bárbaramente los fundos, destruir las casas e imponer odiosos cupos, hubieran tenido la malignidad o maquiavelismo de respetar las haciendas, las habitaciones y las bolsas de los ricos. Nada significa, pues, si los ventrales dicen que todo anda bien, que reina el bienestar general: hablan iluminados por la filosofía optimista de las panzas llenas.

La situación económica de hoy se debe figurar así: unos cuantos hombres, a puerta cerrada y sentados en derredor de una mesa, comen y beben, mientras una muchedumbre harapienta y escuálida husmea por las rendijas y reprime los bostezos del hambre, sin atreverse a romper las puertas y exigir lo estrictamente necesario. Y el porvenir se diseña más sombrío que el presente, dado que Piérola sacrifica el gran bien de mañana por el escaso bien de hoy y pospone la dicha de todos a la dicha de unos cuantos, siguiendo el sistema del salvaje que para coger el fruto derriba el árbol, imitando al egoísta que para cocinar un huevo prendiera fuego a una ciudad.

Si el hombre que en las finanzas produce tan aciagos resultados diera algo provechoso en los demás ramos de la Administración, asistiríamos al fenómeno de una planta que en unas ramas se vistiera de cardos y tomates, a la vez que en otras se adornara con botones de rosa y racimos de uva. Piérola se imagina sacar mucho bueno de su cabeza y erigir monumentos inmortales, sin pensar que vive imitando al loco de Cervantes, que se da un trabajo ímprobo y consume todas sus fuerzas en hinchar perros con un canuto. ¿Qué obra de sus manos significa un adelanto y promete vivir un día más de lo que dure su período?

El tiene dos signos propios y geniales: la fecundidad de sustituir una cosa por otra igual con diferente nombre, y el don de enredar, descomponer y malear lo que presume corregir o mejorar. Su Tribunal Disciplinario remeda al Tribunal de los Siete Jueces; su Escuela Militar de Aplicación no se distingue de la Escuela de Clases; su Consejo Gubernativo (concilio laico) reúne en un solo cuerpo las diversas Comisiones Consultivas organizadas por Manuel Pardo, según el modelo francés. En su proyectada Ley de Imprenta ahoga la manifestación libre del pensamiento, haciendo de autores y editores unos parias de las autoridades subalternas; en su Ley Electoral da campo a tantas argucias y complicaciones que él mismo resulta cogido en sus propias redes y no logra escapar sino cometiendo un cúmulo de arbitrariedades; en su Código de Justicia Militar, o parodia del antiguo y bárbaro Código Español, restablece los anacrónicos fueros, viola nuestra Constitución y pone a toda la República bajo la ley marcial como si perennemente viviéramos en estado de sitio. Felizmente, se encariña hoy con una institución o una ley, y mañana las olvida como si nunca hubieran existido. ¿Se acuerda ya del Consejo Gubernativo, del Tribunal Disciplinario ni del Código de Instrucción? ¿Dónde esas magnas obras anunciadas en la Declaración de Principios? ¿Dónde los caminos abiertos? ¿Dónde las pampas irrigadas? ¿Dónde los pantanos desecados? ¿Dónde los inmigrantes? ¿Dónde el drenaje y el halaje?

Piérola no persigue más fin que dar golpes teatrales, valiéndose del engaño y la superchería. Impide dictatorialmente una conferencia pacífica, y a las pocas horas declara ante el Congreso que "el Gobierno exagera las libertades públicas";17 ordena bajo cuerda la confiscación o robo de un taller tipográfico, y hace aparecer el acto como "procedimientos judiciales en una imprenta";18 no consiente que el Poder Legislativo restaure las garantías individuales, y luego promulga un decreto renunciando a las facultades extraordinarias, con una magnanimidad a lo Carlos V en Hernani, magnanimidad que no le estorba para llenar las cárceles de Lima y los aljibes del Callao; de mañana pega un buen drenaje a la Caja Fiscal, y por la noche, en la tertulia de Palacio, se suena las narices con un pañuelo deshilachado y viejo para manifestar que todo el Jefe Supremo de la Nación vive en una pobreza franciscana. Pero la broma fin de siécle, el clown de la farsa, el hecho magno y que basta para dibujarle de cuerpo entero, es el siguiente: suprime la Junta Electoral, organiza cuadrillas de garroteros que magullen a los sufragantes libres, establece públicamente el más sórdido cohecho, funda en el mismo Palacio una fábrica de candidaturas oficiales, comete cuanto abuso puede cometerse para falsear una elección, y en seguida se inscribe en el registro, saca su boleta de ciudadano y va majestuosamente a depositar su voto en el ánfora, para "dar a sus conciudadanos un ejemplo de virtudes cívicas".

Si el Jefe Demócrata vale hoy tanto como ayer ¿quién halla la menor diferencia entre los hombres que le rodearon en la Dictadura y los hombres que actualmente le siguen y le aclaman? Hablen esos viejos, impotentes para el bien y fecundos para el mal, esos viejos que prostituyen la Justicia y deshonran la Magistratura, esos viejos que empezaron su vida con un bautismo en el lodo y la van concluyendo por una inmersión en el albañal, esos viejos que no acaban de morir porque la muerte les rechaza y la sepultura siente asco de recibirles. Pero existe algo más odioso que los viejos (disculpables por el reblandecimiento cerebral y la atrofia cardíaca) ese algo es la juventud enrolada en las filas del nuevo régimen. ¿Dónde viven esos jóvenes Demócratas? no en las universidades asimilando la ciencia, no en las minas extrayendo y beneficiando el metal, no en las haciendas labrando la tierra; pululan en las calles haciendo política de bajo vuelo, en las oficinas públicas merodeando destinos, en los alrededores de la Caja Fiscal extendiendo la mano para recoger la limosna del Estado. ¿Qué son? lechigadas de abortos morales engendrados con úrea en lugar de sustancia viril, racimos de frutas podridas antes de madurar, organismos anémicos y endebles, carcomidos por una enfermedad epidémica hoy en Lima — la gangrena juvenil. Esos jóvenes y esos viejos, esos seres inferiores o degenerados, no adaptándose a la atmósfera del hombre superior o libre, buscan el ambiente del harem, y se enorgullecen de ganar puestos más o menos lucrativos según la mayor o menor flexibilidad para ejercer oficios bajos en las alcobas de las favoritas presidenciales.

Y ¡esas autoridades! Con muchos de los prefectos, subprefectos, gobernadores y comisarios se formaría un exquisito ramillete de ganapanes, crapulosos, quitabolsas, proxenetas, torsionarios y violadores. De la servidumbre galonada y de la ínfima ralea judicial salen hoy los actores principales, los cómplices y los encubridores de los más vergonzosos y repugnantes crímenes y delitos. Mujeres y niños, jóvenes y viejos, nadie vive seguro en su libertad, en sus bienes ni en su honra.

En el sistema Demócrata, no sólo se infiere el mal directamente y al adversario, sino indirectamente y al limpio de toda responsabilidad: conviene que no falte una víctima. ¿Se quiere operar directamente sobre un enemigo del Gobierno? pues se le fragua un juicio criminal o civil por medio de testigos falsos escogidos en el viscoso gremio de alguaciles, agentes de pleitos y jueces de paz. ¿Se quiere dañar indirectamente al adversario ausente? pues se calumnia, se infama y se persigue a su mujer, a sus hijos, a sus padres, a sus hermanos y a sus amigos. A falta de personas, la pagan los bienes.

Si se extorsiona y roba, díganlo las partidas de ganado arrebatadas a los indios y públicamente vendidas en las poblaciones del Centro; si se encarcela, díganlo Cano, Rivera Santander, Zapatel, los supuestos revolucionarios de Arequipa y cien más que se consumen y desesperan en los cuatro muros de una prisión; si se tortura, díganlo Antenor Vargas, Fidel Cáceres y Rodríguez Castaños; si se viola, dígalo Pasión Muchaypiña; si se mata violentamente, no lo diga Cáceda (salvado no sabemos cómo) pero díganlo los Villares en el Guayabo y los indios de llave y Huanta; si se da muerte dulce, quitando a la víctima los medios de subsistir, haciéndola saborear día por día y hora por hora las amarguras del hambre, díganlo Mariano Torres y su familia.

Para que lo infame y lo trágico se unan a lo grotesco y lo ridículo, reviven hoy las mascaradas y mojigangas de la Dictadura. El Código de Justicia Militar corresponde al Estatuto Provisorio, la Gran Avenida Central hace pendant a la Ciudadela San Cristóbal, la celebración de San Nicolás se iguala con el aniversario de la escaramuza entre el Huáscar y los buques ingleses, la apertura de la Escuela Militar de Aplicación vale tanto como la fiesta de las Mercedes, la casaca inédita de general se da la mano con el uniforme de Dictador, la gorra coalicionista o a la Miss Helyett nada puede envidiar al casco alemán o yelmo de Mambrino, la esclavina y el sombrero del Vicario General se las tienen de bueno a bueno con el calzón corto, las medias azules y las pantorrillas postizas de los cocheros palatinos.

Pero ¿cómo seguir a Piérola en esa fecundidad macabra, en esa vida de cadáver a quien le crecen los pelos y las uñas mientras se le pudre el cerebro y se le agusana el corazón? Todo se dice al afirmar que, siempre el mismo, nos ha dado y sigue dándonos un gobierno de iniquidad y mentira, de favoritismo y malversación, de lupanar y sacristía: si en 1880 era un payaso ecuestre evolucionando en un circo de sangre, desde 1895 es un clown pedestre haciendo cabriolas en un tapiz de miriñaques y sotanas.

Así, pues, el hombre actual no se diferencia del hombre antiguo, el Presidente sigue las huellas del Dictador; y no podía suceder de otra manera desde que la patología del individuo no ha experimentado la más leve modificación. Hoy como ayer, el estado mórbido de Piérola se diagnostica de este modo, no contando por supuesto con achaques leves o pequeñas dolencias intercurrentes: megalomanía, hipertrofia del yo y tendencias al delirio incoherente, agravadas con eretismo crónico y decretorrea en el período agudo.
___________________________________
17 Alude el autor a su conferencia Librepensamiento de acción, inserta en el libro Horas de Lucha con la siguiente nota: "Discurso que debió leerse el 28 de agosto de 1898 en la tercera Conferencia organizada por la Liga de Librepensadores del Perú. La lectura no pudo efectuarse porque el Gobierno la impidió". (Nota del editor).

18
Referencia al atentado de 24 de febrero de 1899 contra el periódico Germinal (órgano de La Unión Nacional) dirigido por González Prada. (Nota de