Los libros, mis amigos
por Herbert Mujica Rojas

Danton, dictador La revolución francesa
......George Jacques Danton


Octave Aubry, Cap. V, pp. 355-376; Madrid 1961


“Tal como él calculaba, mediante su ingreso en el ministerio, Danton es el gran beneficiario del 10 de agosto. Rodeado por colegas asaz mediocres, desde Roland a Lebrun—Tondo, se ve dueño del Consejo ejecutivo. En torno suyo hay un grupo de cínicos: Camilo Desmoulins, “el procurador de la horca”, alternativamente sentimental o cruel; Fabre d’Églantine, poeta oscuro, comediante fracasado y eterno caballero de industria; Hérault de Séchelles, antiguo parlamentario, vividor lujoso, a quien el placer devora. Todos quieren cargos y dinero. Se comprende que se hayan unido a Danton, quien no se sentía cohibido al decir en público: “—Esta zorra de revolución está fallando: los patriotas no han ganado nada”. He aquí a los patriotas en el poder. Danton no se limitan a tener el Ministerio de Justicia en sus manos; también maneja otros mil asuntos y los fondos secretos.


No sin razón se ha llamado a Danton el “Mirabeau de la plebe”. Se le parece singularmente, en primer lugar por sus vicios. Ambos son desenfrenados gozadores y, para gozar, los dos se han vendido. Mirabeau tenía más dignidad y compostura; Danton es un plebeyo sin formas ni pudor; pero tanto en uno como en otro se encuentra un alma relajada, a la vez activa y perezosa, desbordante de insania y fuego. Con todo, en este burgués de Champagne, tan jovial en apariencia y tan lleno de facundia, aparece una ausencia de equilibrio, una ruptura de la mente, que no tuvo el aristócrata provenzal. Danton es un neurótico y un semi—loco. 1 Con dos años de intervalo, Mirabeau y Danton concluirán de un modo similar, sin haber logrado que nadie deposite su confianza en ellos; ambos caen víctimas de su inmoralidad.

Danton posee el cuerpo y los brazos de un luchador. Su faz leonina, como la “cabeza de jabalí” de Mirabeau, está picada por la viruela. Bajo una frente amplia y alta, sus ojos pequeños y vivos se ocultan tras la sombra de densas cejas. Tiene la nariz achatada por un accidente de juventud, pero su aspecto tan próximo a la fealdad no le impide conmover por su entusiasmo, su alegría, por cierto encanto vulgar. Hijo de un abogado de Arcis—sur—Aube, después de buenos estudios se hizo oficial de un procurador en París; luego con la dote de su mujer, hija del propietario de un café, compra un cargo de abogado en los asesores del Rey. Pleitea un poco, vive fácilmente, halaga a sus amigos y se hace popular en el barrio de Saint—Sulpice, en el que se ha establecido. Cuando llegan los sucesos de julio de 1789, Danton,  que ha profetizado la “avalancha”, se lanza a ella. Todo le arrastra hacia la política: su temperamento, su facilidad de palabra, su gusto por la intriga, su afiliación a la masonería. Desde entonces se convierte en uno de los principales agitadores de París. Domina a su sección y al club de los Cordeliers, y al mismo tiempo juega un papel importante en los jacobinos. Dondequiera que halla su interés, está presto a traicionar principios, partido político y amistades. Bajo su apariencia franca, es falso y calculador. Concluye una alianza con Mirabeau, le sirve y se sirve de él. Recibe dinero de todo el mundo, de la Corte, del duque de Orleáns, de Inglaterra, hacia la que se volvió en buena hora y de la que obtuvo asilo y donde mantener relaciones secretas. No trabaja siempre en consonancia con lo que recibe, pero sabe engañar lo suficientemente bien para que le den de nuevo.

Elegido con dificultad substituto del procurador de la Commune, Manuel fracasó en las elecciones a la Legislativa. En el curso de la lucha entre los girondinos y Robespierre sigue una línea oscilante, permanece neutral en la cuestión de la guerra, trata de entrar en el ministerio Dumouriez, y cuando no lo consigue se acerca a Robespierre. Insulta al rey y a la reina, pero se cruza de brazos el 20 de junio. Hasta ese momento ha servido a los planes orleanistas. Los abandona en cuanto ve que sus oportunidades se esfuman. El 10 de agosto ya se conoce su actitud: ha esperado a que la victoria se definiera para participar en ella.

Ese poder, obtenido por la debilidad de los girondinos, aspira Danton a ampliarlo hasta ejercer una verdadera dictadura. Los girondinos se apoyan en las provincias; él se apoyará en París. En una crisis ten tensa, París debe prevalecer. Por añadidura los acontecimientos le favorecen. El inventario de los papeles de Laporte revela, al día siguiente de la toma de las Tullerías, que Luis XVI no cesaba de mantener correspondencia con sus hermanos y con los exilados; que la mayoría de los libelos y periódicos hostiles a la Asamblea y a la Commune recibían subvenciones de la Corte. En seguida se publican esos documentos, que provocan una oleada de indignación popular.

La Commune insurrecta se completa por el nombramiento de tres nuevos delegados por cada sección. En esta hornada entran Robespierre, Chaumette, Billaud—Varenne, Pache, Laclos. 2 Con tales refuerzos, la Commune puede desafiar los intentos de la Legislativa para restablecer un estado de cosas normal. Pone en funciones el tribunal extraordinario votado por la Asamblea y limpia el Carrousel para erigir allí, con carácter permanente, la guillotina.

En puridad no es Danton quien instaura su reino, sino Robespierre y Marat, sobre todo Marat, quien cada día demanda un mayor número de cabezas. El 19 de agosto abre su labor ese tribunal de la sangre. El 21 de agosto un pobre diablo realista pasa bajo la cuchilla. Le siguen en los días inmediatos otros seis condenados, entre ellos el fiel Laporte y el periodista Durozoy. La Asamblea, por su parte, encauza y envía ante el Alto Tribunal de Orleáns a Barnave, 3 Carlos de Lameth y los antiguos ministros Du Portail, Duport de Tertre, Bertrand de Moleville, Tarbé y Montmorin. Así actúa de despensa del ogro, guardando carne para las matanzas de setiembre.

Al recibir la noticia del encarcelamiento de la familia real, La Fayette detiene a los comisarios enviados a su ejército e intenta una marcha sobre París. Pero las tropas le abandonan. Entonces pasa la frontera con varios oficiales, Latour—Maubourg y Alejandro Lameth. Detenido por las avanzadillas austríacas, el exilio significa para él un tránsito de cárcel en cárcel, hasta ganar la fortaleza de Olmütz, en la que podrá meditar durante cinco años sobre los riesgos de esa libertad por la que siempre luchó, y cuyas consecuencias ha sufrido, pero que continuará embriagándole hasta la muerte.

La Asamblea confiere el mando vacante a Dumouriez, quien prestamente se asocia al 10 de agosto. Kellerman reemplaza a Lückner, que sobre el papel se convierte en generalísimo. Llega el instante del auténtico choque. El 19 de agosto, Brunswick, con 60,000 prusianos, 20,000 austríacos y varios miles de emigrados, inicia la ofensiva. El 23 se rinde Longwy, después de una débil resistencia. En París la emoción es profunda. La Asamblea ordena nuevas levas.

Confusa y apresuradamente, con un desorden que refleja el caos de su pensamiento, la Legislativa dicta medidas antirreligiosas, establece el matrimonio civil y el divorcio, suprime las congregaciones, decreta que todo sacerdote que no haya jurado la Constitución será deportado a Cayena si no sale del territorio nacional en el término de quince días, y, en fin, ordena la intervención y venta de los bienes de los nobles que se fueron al exilio. Mientras castiga de ese modo a tantos franceses de nacimiento, concede el título de ciudadanos a todos los extranjeros que de cerca o indirectamente han contribuido a la Revolución o a su gloria. Así se transforman en franceses Payne, Priestley, Bentham, Wilbeforce, Williams, Anacharsis Clootz, Campe, Klopstock, Schiller, Pestalozzi, Washington, Madison, Kosciusko y otros muchos cuya nombre, entonces brillante, se ha extinguido después. 4

 El miedo se adueña de París, de los diputados y del gobierno. Los ministros girondinos estiman que la situación militar es desesperada y quieren retirarse detrás del Loira llevándose el Tesoro y el rey. Hace ya tiempo que Roland, con los ojos en el mapa, piensa en ese plan y hace sus cálculos. 5 Los girondinos siempre han temido a París. Abandonando a su suerte la tormentosa capital, en la que se ha desvanecido su influencia, podrán recurrir a las provincias, a la verdadera Francia. Danton se opone. Es preciso mantenerse en París. Realmente en otra parte y sin la alianza de la Commune, Danton no sería nada. Aquí está jugando nuevamente por partida doble, pues sostiene relaciones secretas con los realistas. Protege a Talón, el antiguo dispensador de fondos de la Lista civil, continúa siendo amigo de los Lameth, de Adrián Duport, y parece hallarse en contacto con la Rouërie, que planea un levantamiento en Bretaña. Si los prusianos entran en París y restablecen la monarquía, tiene tomadas sus medidas. Si fracasan podrá presentarse como el salvador de la República.

De buen o mal grado consigue la adhesión de Pétion, de Vergniaud y de Guadet, y propone a la Asamblea “medidas de salvación pública”. Para detener a los “traidores” y requisar fusiles es “preciso que se autorice a la Commune para que durante dos días y dos noches practique registros domiciliarios. Así son detenidas tres mil personas, que van a llenar las cárceles.

La Asamblea no ha previsto estos excesos; comprendiendo al fin los peligros de ese poder sin control que la arrastra al abismo, reacciona con un súbito sobresalto y disuelve la Commune. La Commune protesta con energía, y el 1 de setiembre un comité presidido por Pétion presenta su defensa en la Legislativa. La Asamblea, temblando, no osa mantener su decreto. la Commune aspira, sin embargo, a algo más; su comité de vigilancia, donde reina Marat, se coaliga con Danton para hundir a la Asamblea definitivamente. No necesitan más que un pretexto, que pronto se ofrece.

En la mañana del 2 de setiembre corre por la ciudad el rumor que Verdun, envuelto por el Ejército de Brunswick, va a caer. Las secciones se agitan y claman de nuevo que ha habido traición. La Commune da orden de tirar el cañonazo de alarma y en las esquinas se toca a generala. Los ciudadanos disponibles deben trasladarse con sus armas al Campo de Marte, prestos a partir hacia Verdun. Un comité de la Commune va a anunciar esas disposiciones a la Asamblea. Vergniaud les felicita: “ –Cantasteis la libertad, ahora es preciso defenderla .Hay que cavar la fosa de nuestros enemigos, porque cada paso que ellos dan adelante cava la nuestra”.

Danton sube entonces a la tribuna y pronuncia un discurso con su voz de trueno, la cabeza echada hacia atrás, que resuena como la marcha de la infantería al ataque: “ —¡Todo se apresta al combate! Sabéis que Verdun no está todavía en poder del enemigo; sabéis que la guarnición ha jurado inmolar al primero que proponga la rendición. Una parte del pueblo va a correr a las fronteras, otros levantarán fortificaciones y otros defenderán con sus picas el interior de nuestras ciudades. París va a secundar sus grandes esfuerzos. Pedimos que vosotros colaboréis en este sublime movimiento del pueblo…. El toque a rebato que va a sonar no es una señal de alarma, es el aviso contra los enemigos de la patria. Para vencerlos necesitamos audacia, siempre audacia. ¡Sólo así Francia será salvada!”.

Una impetuosa ovación acoge sus últimas palabras, estremece las bóvedas del Picadero y cae de nuevo sobre los diputados puestos en pie y agitados de fervor patriótico. En verdad es un gran momento. Danton sabe utilizarlo. A través de su amigo Delacroix propone un decreto condenando a “la pena de muerte a quienes se nieguen a servir personalmente o no entreguen sus armas, y contra los que de un modo directo i indirecto rehúsen cumplir o entorpezcan las medidas dictadas por el poder ejecutivo”.

El decreto se vota sin discusión; en virtud de él Danton queda prácticamente investido de un poder dictatorial.

Desde la víspera corren por la ciudad siniestros rumores. Se habla de una conspiración de aristócratas y sacerdotes. Se habla también de una matanza general de sospechosos. Manifiestos incitando al asesinato, y firmados con el nombre de “Marat”, cubren los muros. El ambiente tiene ya la densidad de la sangre.

El periodista Prudhomme, amigo de Danton, corre a informarse cerca del ministro de Justicia.

—Todos debemos ser degollados esta noche— le dice Danton. Los aristócratas se han hecho con armas de fuego y puñales.

Prudhomme se muestra escéptico:

—Parece que eso es algo imaginario. Pero, ¿qué medios se van a emplear para impedir la realización de tal complot?

—¿Qué medios? El pueblo, consciente y alerta, quiere hacer justicia por sí mismo.

Entra Camilo Desmoulins, y Danton le dice:

—Mira, Prudhomme viene a preguntarme qué hay que hacer.

—¿No le has dicho que se entregará todos aquellos que reclamen las secciones?

—Me parece –insinúa Prudhomme— que podría tomarse una medida menos violenta.

—Toda moderación es inútil –replica Danton—. La cólera del pueblo llega a su colmo, y sería peligroso detenerla. Una vez satisfecho su primer furor, será el momento de hacerle entrar en razón.

La matanza está premeditada: Marat la ordena, la Commune la organiza, y Danton la aprueba. Influyendo por el terror en los electores de la Convención, quiere separarlos de los girondinos y  hacerlos dantonistas.

La carnicería empieza con la decapitación de veintitrés curas refractarios en la cárcel de la Abadía, por federados marselleses y bretones, 6. El substituto del  procurador de la Commune, Billaud—Vanne, exclama, mientras pisa los charcos rojos: “—¡Pueblo! ¡Cumples con tu deber sacrificando a tus enemigos!”. Maullar, el Maullar del 14 de julio y de los días de octubre, dice entonces:

—Ya no hay nada que hacer aquí, vamos a los carmelitas.

Procedente de las secciones del Luxemburgo y de las Cuatro Naciones, 7, llega una banda que se dirige al convento de los carmelitas, donde están detenidos ciento cincuenta eclesiásticos no jurados. Al llegar sus asesinos, corren a arrodillarse a la capilla. Mueren a golpes de pica y de hacha. Cerca del arzobispo de Arles caen los dos hermanos La Rochefoucauld, obispos de Saintes y de Beauvais, el confesor del rey, Hébert, y el general de los benedictinos, Dom Chevreul. Varios religiosos huyen al jardín, per se les derriba de los árboles como en una partida de caza. Sólo unos pocos pueden escalar los muros y refugiarse en las casas vecinas.

Después de beber vino, la horda se encamina a la Abadía, llena de prisioneros. 8 Como ejecutor de las órdenes del Comité de vigilancia, 9, Maillard se instala en el vestíbulo de la prisión con un tribunal que él preside, rodeado por doce colegas sentados ante una mesa y con el registro de la cárcel ante los ojos. Los asesinos se sitúan detrás de la puerta que da a la calle de Santa Margarita. Uno a uno, van compareciendo los presos ante el tribunal. Con uniforme gris, empolvada la cabeza y un sable a la cintura, Maillard les interroga fríamente. Pasan primero una cincuentena de suizos y de guardias de corps, detenidos después del 10 de agosto.

Para cauda uno de ellos, Maillard se limita a pronunciar tres palabras:

—A la Force.

Es la fórmula convenida para disimular su destino, a los condenados. 10

Se abre la puerta, y en cuanto franquean el umbral caen bajo las picas o las bayonetas. 11 Se hace de noche, y el “trabajo” (como dice Billaud—Varenne) prosigue a la luz de las antorchas.

Comparece el antiguo ministro Montmorin. El tribunal llamado del “17 de agosto”, ante cuya jurisdicción pasó varios días antes, le puso en libertad. Pero el pueblo, que veía en él a uno de los jefes de la “conspiración realista”, protestó con tal violencia, que Danton lo hizo encerrar en la Abadía. Se enfrenta con desprecio a sus nuevos jueces, y Maullar le dice:

—Sea, iréis a la Force.

—Señor presidente, puesto que os llaman así; os ruego que ordenéis que me trasladen en un carruaje.

—Tendréis una carroza –responde Maillard.

Montmorin sale, muy digno, y pronto cae acribillado a golpes.

Le sucede Thierry, mayordomo de Luis XVI, que grita bravamente “—¡Viva el Rey!, y va a tropezar con el cadáver de Montmorin. La multitud se encarniza con él y le quema el rostro con una antorcha.

Se obliga, entre risas, al coronel de Saint—Mars a arrastrarse de rodillas con una pica clavada en la espalda; luego lo decapitan. Así son “liberados” más de trescientos prisioneros…. Debe decirse con justicia, sin embargo, que aquel Maillard, alma extraña en la que emerge a veces la piedad, intenta salvar a un gran número de presos. Lo logra con el sabio Geoffroy Saint—Hilaire, con Cazotte, 12, con un antiguo gobernador de los Inválidos, Sombreuil, cuya hija lucha para salvar a su padre de la muerte. 13 En total, deja en libertad a unas cuarenta y tres personas. Para cada una de ellas Maillard se levanta, se descubre como rindiendo homenaje a la inocencia y grita “—¡Viva la nación!”. Este grito es repetido fuera, y los presos absueltos son conducidos a sus casas entre los besos y los abrazos de un populacho sensible, mientras a sus espaldas los victimarios comienzan de nuevo su trabajo.

La guardia nacional se mantiene en una actitud pasiva. Santerre pretende que no está seguro de sus tropas. Fauchet denuncia a la Legislativa la matanza de los carmelitas, y la Asamblea nombra un comité “para restablecer la calma”, del cual forman parte Dusaulx, Bazire, Chabot e Isnard, entre otros varios. Llegan a la Abadía, y el viejo Dusaulx se limita a pronunciar varias palabras rebosantes de retórica e hipocresía. El elocuente Isnard dice a sus colegas: “—Retirémonos”. Vuelven al Picadero e informan de lo que han visto. La Asamblea pasa tranquilamente al orden del día…..

Al salir del Consejo, uno de los subordinados de Roland, Grandpré, advierte a Danton. El ministro de Justicia, con “los ojos saliéndose de sus órbitas y gestos de hombre rabioso”, exclama:

—“¡Que se j….. los prisioneros! ¡Que hagan lo que puedan!” 14

Los ministros girondinos sólo piensan en su propia seguridad y demuestran en este día una cobardía lastimosa; 15 han sido denunciados por Robespierre, y la Commune ha extendido un decreto de arresto contra Roland y Brissot. En una carta de tímida protesta, Roland escribirá a la Asamblea: “Ayer fue un día sobre cuyos acontecimientos tal vez sea preciso correr un velo. Yo sé que el pueblo, terrible en su venganza, conserva aún una especie de justicia…” 16. La prensa girondina, por su parte, sale del paso haciendo una apología de los sucesos….

Durante toda la noche prosiguen las ejecuciones en la Abadía, desde donde se extienden a las demás cárceles, a la Conciergerie, al Chatelet, a la Force, a la Salpetriere, a Bicetre. Cada vez mejor organizada, la matanza durará cinco días, hasta el 6 de setiembre, sin que se oponga ninguna autoridad. Las víctimas son de todo orden: eclesiásticos, aristócratas, ladrones, hombres detenidos por deudas, muchachas públicas, artesanos, ¡incluso niños! 17

En la Force, bajo la dirección inmediata del Comité de vigilancia, el tribunal ostenta en su presidente a varios miembros de la Commune: Monneuse, Rossignol, el horrible Hébert, que es quien más dura. Un antiguo ujier del Chatelet sirve de escribano. Los condenados salen por un corredor sombrío a cuyo final les esperan los verdugos, en la pequeña callejuela de los Ballets. Los ejecutores empiezan hacia la una de la madrugada. Entre las primeras víctimas están Rulhiere, jefe de la guardia a caballo, y la Chesnaye, que el 10 de agosto sucedió a Mandat en el mando de las Tullerías. Los cadáveres se apiñan en montones en la calzada. Dos filas de hombres, mujeres y rapaces asisten al espectáculo gritando y burlándose. La sangre forma muy pronto un charco que cubre la calle hasta ambos muros.

Algunos presos se salvan, por ejemplo, Weber, hermano de leche de María Antonieta, cuya identidad se ignora; Chamilly, mayordomo de Luis XVI; Bertrand de Moleville, hermano del ministro. Para dar un aire de justicia al tribunal popular, no hay más remedio que asentir a varias absoluciones. 18

A las diez de la mañana del día 3 la princesa de Lamballe es sacada de su calabozo. Acostada y enferma, hallábase invadida por el miedo a causa de los ruidos que llegaban hasta ella. 19

—Levantaos, señora; hay que ir a la Abadía –le dicen los dos guardias nacionales que le vienen a buscar.

La desgraciada responde con esta ingenua frase:

—Cárcel por cárcel, me gusta más ésta de aquí.

Le dan prisa, y temblando se viste y sigue a los guardias.

—¿Quién sois? – pregunta Hébert, de codos en la mesa.

—María—Luisa de Saboya—Carignan, princesa de Lamballe –murmura la antigua dama de María Antonieta, y se desmaya.

Le dan una silla, la hacen volver en sí y la interrogan. Entre los jueces y en la multitud que les rodea, hay hombres pagados por el duque de Penthievre, su suegro, que quisieran salvarla. Se le pregunta qué sabía de las conspiraciones de la Corte.

—No he conocido ningún complot –balbucea.

—Jurad amar la libertad y la igualdad, jurad odiar al rey, a la reina y a la monarquía.

Esta tímida criatura, que desde su refugio de Inglaterra sólo ha vuelto a Francia para compartir los riesgos de la reina, su dueña y amiga, se yergue bajo las arrugas de su ropa con un súbito heroísmo.

—Haré fácilmente el primer juramento, pero no puedo hacer el segundo, porque no está en mi corazón.

—¡Jurar o sois muerta! –le insta alguien.

Ella no responde, se vuelve y esconde la cara entre las manos.

Hébert levanta entonces su cabeza seca y dura, y pronuncia la frase fatal:

—Llevaos a la señora.

Dos hombres la cogen por los brazos y la arrastran hasta la calle. Ante el montón de cadáveres, que en su mayoría ya han sido despojados, exclama:

—¡Que horror!

Un sable se abate sobre su cuello. Varias picas se hunden en su cuerpo; la desvisten enteramente, y durante dos horas permanece desnuda en el borde de un guardacantón, expuesta a la lúbrica risa del populacho. Un poco más tarde le cortan la cabeza y le arrancan el corazón. 20 En lo alto de dos picas, el populacho va a mostrar sus restos a la familia real, frente a las ventanas del Temple. La reina no grita ni llora; queda para el resto del día como “petrificada de estupor”. La cabeza va después ante el Palais—Royal. El duque de Orleáns, atraído por los gritos, se levanta de la mesa y saluda desde el balcón a los asesinos de su cuñada. No tiene para ella ni una palabra de piedad. 21

El 5 de setiembre, Pétion, alcalde de París, ofrece de beber a los victimarios que han vuelto a pedirle órdenes respecto a ochenta presos que hay todavía en la Force. “—Haced lo que creáis mejor”, les dice. Al día siguiente el hipócrita irá a la cárcel para limitarse a hablar a los verdugos, según su frase, “con el austero lenguaje de la ley….”.

En nombre del Comité de vigilancia, Panis y Serment se ocupan de la inhumación de los cadáveres. 22 Marat, este ansioso de sangre, debería sentirse satisfecho, pero París no le basta; quiere que, como en la noche de San Bartolomé, la matanza se extienda a Francia entera. Hace tirar en su imprenta la siguiente circular, con fecha 3 de setiembre:

“Advertida de que las hordas bárbaras iban a marchar contra ella, la Commune de París se apresura a informar a sus hermanos de todos los departamentos que una parte de los feroces conspiradores detenidos en las cárceles han muerto a manos del pueblo: actos de justicia que le han parecido indispensables en el momento en que este pueblo iba a luchar contra el enemigo, para retener por el terror las legiones de traidores escondidos entre nosotros; y sin duda que la nación entera, después de la larga serie de traiciones que la han llevado a los bordes del abismo, se apresurará a adoptar ese medio tan necesario de salvación pública, de modo que los franceses exclamen como los parisienses: “¡Marchamos contra el enemigo, pero no dejaremos detrás nuestro a esos bandidos para degollar a nuestras mujeres y niños”.

Firmada por todos los miembros del Comité de vigilancia, la circular se remite inmediatamente a los departamentos, con la contraseña del ministro de Justicia inscrita por el alma diabólica de Danton, Fabre d’Églantine.

Danton, sin embargo, se percata de que se ha ido demasiado lejos y que el verdadero París siente un indecible horror. Se presenta en la Commune, y protesta ante Robespierre por los actos arbitrarios del Comité. Después de una movida escena con Marat, obtiene la revocación de los mandatos de arresto contra Brissot y Roland. Cree asegurarse así la gratitud de los girondinos. Hábilmente, deja que se pongan a salvo Adrián Duport, Talleyrand y Carlos de Lameth. 23

La conducta de Danton, no se basa aquí en la generosidad, sino en la conveniencia política. Pues con relación a los presos de Orleáns, su actitud es monstruosa. Hay allí 53 inculpados en espera del proceso ante el Tribunal Supremo. El 2 de setiembre Danton envía a Orleáns a su amigo Fournier el americano 24 con un fuerte grupo de voluntarios, 25, para traer a los presos a París. Fournier, pirata de faz siniestra, lívido y con un enorme mostacho, con cinturón cargado de puñales y pistoletes, engaña a los magistrados de Orleáns y les arranca a los presos, con los que se encamina hacia Versalles. Allí tiene una cita para el día 9 con los verdugos que debe enviarle el Comité de vigilancia. Un antiguo constituyente, Alquier, presidente del tribunal criminal de Versalles, galopa a París, advierte a Danton del peligro en que están los prisioneros, y pregunta si debe interrogarlos.

—¿Qué os importa?— contesta el ministro de Justicia. Hay entre ellos grandes culpables. No se puede saber hasta qué punto ha de llegar la indignación del pueblo contra esa gente.

Alquier protesta e invoca su dignidad, y Danton le interrumpe:

—No os mezcléis en este asunto. Podrían resultar para vos graves compromisos. 26

Y le vuelve la espalda al magistrado, que ha de regresar a Versalles con la indignación consiguiente.

Al otro día el alcalde, Hipólito Ruchaud, intenta con riesgo de su propia vida salvar a los presos. Es en vano, pues ya han muerto en las carretas que les llevaban a la Orangerie. Entre las víctimas están el duque de Brissac, antiguo comandante de la guardia constitucional de Luis XVI, los ex ministros Lessart y D’Abancourt, el obispo de Mende, Castellane, y otras cuarenta personalidades. Los cadáveres son profanados y sus restos van a ensangrentar las rejas del palacio de Luis XVI. 27 Los verdugos se trasladan luego a la cárcel, donde ejecutan a la mayoría de los detenidos. Vuelven a París con sus carretas ensangrentadas, y hacen alto, batiendo tambores, en la plaza Vendome, ante el edificio de la Cancillería.

Danton baja el umbral. Fournier le da cuenta de sus actos. El ministro aprueba. Se le oye decir en voz alta:

—No es el ministro de Justicia, es el ministro de la Revolución quien os felicita.

Se engaña, pues solamente es un ministro del asesinato.

Su maestro y modelo, Mirabeau, había cometido grandes errores, pero al meno son había cometido crímenes. Las sombras de estas pobres gentes decapitadas se alzarán ante Danton en el instante de crisis de su tornadiza fortuna. Danton ha de ver de nuevo a las víctimas de septiembre cuando él mismo suba a la guillotina….

En  provincias la circular del 3 de setiembre encuentra menos eco de lo que Marat esperaba. Con todo, mueren numerosos aristócratas y muchos eclesiásticos, frecuentemente por obra de bandas venidas de París a Meaux, a Reims, a Charleville, a Caen y a Lyon. El duque de La Rochefoucauld, antiguo presidente del directorio de París, es asesinado en Gisors.

En conjunto las jornadas de setiembre en París y en los departamentos arrojan 1,450 muertos 28 de los que son responsables, en primer lugar, Marat, y luego Danton, Manuel, Hébert, Billaud—Varenne. Todos han tenido una participación directa y han estado constantemente detrás del Comité de vigilancia que preparó los asesinatos. Robespierre ha podido disimular su asistencia, y más tarde llegará a negar que diera su aprobación, pero de hecho puede afirmarse que, tácitamente, es tan culpable como sus colegas.

Los bienes de las víctimas, reunidos por el Comité, se ponen a la venta en una subasta. Ciertos miembros, como Sergent, se hacen adjudicar algunos objetos a bajo precio. Su infamia es así absoluta y completa. Entre esos hombres y Francia no puede existir nada en común. Por culpa de ellos, la Revolución lleva, antes incluso de la muerte del rey y del dominio de Robespierre, una mancha imborrable que nadie podrá lavar jamás.

En la semana inmediata los ladrones son amos de París. Asaltan a los paseantes y, bajo el pretexto de los registros domiciliarios, organizan el saqueo de los almacenes y las casas. El Guardamuebles en donde se conservan los tesoros de la Corona es saqueado en la noche del 15 al 16 de diciembre. Desaparecen veinticinco millones de diamantes, 29 entre ellos el Regente. La voz pública acusa a Danton de complicidad. Mme Roland también lo cree. Danton no se ve los dedos en esta imprudencia, pero parece cierto que tiene algo que ver con el asunto su confidente Fabre d’Églantine. Danton tendrá, además, la osadía, contra toda verosimilitud, de acusar a Roland y sus amigos cuando se produzca el proceso de los girondinos. 30

Marat sigue reclamando víctimas en el Ami du Peuple y en sus manifiestos murales, en los que apela con gritos histéricos a nuevas catástrofes. Insulta a los girondinos, amenaza a la Asamblea y piensa enviarla al patíbulo en corporación. Su demanda no deja de pesar en las elecciones. El no puede admitir que sea elegido en París ni un solo girondino. ¡Ni Pétion, ni Brissot, ni Condorcet! La asamblea electoral del departamento del Sena, compuesta por 990 miembros, se inclina y obedece. Apoyada por la Commune y por Danton, triunfa la lista maratista. Robespierre es el primer elegido; entre los últimos figura el duque de Orleáns, nombrado por insistencia de Danton, y que desde ahora se titula a sí mismo el “ciudadano Igualdad”, Pétion resulta derrotado y ha de ir a buscar un escaño por Eure—et—Loir.

En los departamentos las elecciones se desarrollan con más calma, aunque no faltan las habituales directrices redactadas por la sucursal local de los jacobinos. Por doquier se jura odio a los reyes y a la monarquía. El departamento del Sena pide la República, y Bocas del Ródano le imita. pero la mayoría, aunque sienten una fuerte animadversión hacia Luis XVI, no se pronuncian abiertamente contra la abolición de la monarquía. El país muestra cierta repugnancia a romper con una tradición secular. 31

Entre tantos errores, la Legislativa al menos no ha cometido aquel en que cayó la Constituyente, excluyendo a los diputados salientes de la nueva Asamblea. En la Convención entrarán muchos miembros de la Legislativa y de la Constituyente.

Los girondinos esperaban mucho de las elecciones. Ahora miden a sus expensas el resultado de las incitaciones de Marat, de la demagogia de Danton y la preeminencia que está adquiriendo Robespierre. En los últimos días de la Legislativa intentan reaccionar, y Vergniaud se alza contra el odioso Comité de vigilancia. Pide que la Commune responda, cabeza por cabeza, por la seguridad de los presos que nuevamente llenan las cárceles. 32 Buen discurso, pero asaz tardío y que se nota provocado por el fracaso electoral. La Asamblea y las tribunas aplauden. La Commune, inquieta, simula someterse, anula a su Comité y toma varias medidas en pro de la seguridad de los ciudadanos.

Esta será siempre su táctica. Cuando el poder, es decir, la Asamblea dé pruebas de energía, la Commune se inclinará. En cuanto el poder se envilece y debilita, la tiranía resurge.

Notas

1) Louis Madelin lo ha demostrado perfectamente en su Danton.

2) Choderlos de Laclos presentó la dimisión para incorporarse al ejército; salió de París el seis de setiembre. Su mejor biógrafo, M. Dard, escribe: “que… en su sección se había alzado valientemente contra la Commune.” Los revolucionarios le expulsaron de su seno. Laclos, después de haber trabajado con celo cerca del incapaz Lückner en la víspera de Valmy, llegará en octubre, a jefe de Estado Mayor de Servan, en el ejército de los Pirineos.

3) Barnave fue detenido el 19 de agosto en su casa de Saint—Egreve, en el Delfinado; se le encerró en el fuerte Barraux, donde estuvo quince meses. En noviembre de 1793 fue transferido a París, para comparecer ante el Tribunal revolucionario.

4) Hizo el anteproyecto el girondino Guadet, y el decreto se votó el 26 de agosto: “Considerando que los hombres que por sus escritos o su valor han servido la causa de la libertad y han preparado la liberación de los pueblos no pueden ser tenidos como extranjeros por una nación, a la que su inteligencia y su voluntad han hecho libres….”, etc.

5) El 10 de agosto le dijo a Barbaroux que tal vez sería necesario ganar la Meseta central para constituir la república del Midi.

6) Había allí veinticuatro sacerdotes. El abate Sicard, director del Instituto de sordomudos, fue perdonado en razón a sus obras de beneficencia.

7) Los asesinos eran sobre todo adeptos de Marat. Se conservan algunos de sus nombres: el matarife Godin, el carretero Dubois, el cerrajero Lachevre, el zapatero Ledoux, el orfebre Debrenne, el vinagrero Damiens y los guardias nacionales Bouru y Maillet. Como en los tiempos de la Liga, había también domésticos y lacayos en paro forzoso.

8) Lally—Tollendal, que había vuelto desde Suiza para defender al rey, estaba detenido en la Abadía desde el 10 de agosto. Fue puesto en libertad pocos días antes de las matanzas de setiembre, pudo refugiarse en Inglaterra; no regresará a Francia hasta la instauración del Consulado.

9) El decreto del Comité de vigilancia decía como sigue: “En nombre del pueblo, camaradas, se os manda juzgar todos los presos de la Abadía, sin distinción, a excepción del abate Lenfant, al que colocaréis en lugar seguro. Firmado: Panis, Sergente”. El abate Lenfant era hermano de uno de los miembros del Comité. Excelente predicador, no juró la Constitución civil. El decreto lo protegió sólo un día, pues el 3 de setiembre fue asesinado con el abate Rastignac.

10) En cambio, en la cárcel de la Force decían para condenar a muerte: “—A la Abadía”.

11) Sólo se perdonó la vida al viejo coronel de suizos, D’Affry.

12) Fue detenido de nuevo y pasó el 24 de setiembre por el Tribunal revolucionario, que lo condenó a muerte. Murió en la guillotina, al día siguiente.

13) La leyenda que muestra a la señorita de Sombreuil condenada a beber un vaso de sangre para salvar a su padre, se apoya en un leve detalle real. Viéndola a punto de desvanecerse, uno de los ejecutores le ofreció un vaso de agua, en el cual vino a caer, de la mano de aquel hombre, una gota de sangre.

14) Brissot fue a ver a Danton a la Cancillería y protestó contra “una matanza en la que los inocentes estaban confundidos con los culpables”. Danton le interrumpió brutalmente: “—¡Ni uno, ni uno! Me he hecho traer las listas de los presos y han sido borrados los que convenía poner a salvo”. A Seiffert, médico y amante de la princesa de Lamballe, que se había pasado a los patriotas, Danton le dijo: “—Quien intente oponerse a la justicia popular sólo puede ser enemigo del pueblo”.

15) El Comité de vigilancia servía los odios de Marat contra Roland, pues el ministro del Interior había negado una subvención de los fondos secretos a favor del Ami du Peuple.

16) Ese mismo día Roland daba un almuerzo en el Ministerio del Interior, y uno de los invitados, Anacharsis Clootz, declaró que la matanza “era una medida saludable”. Nadie se indignó.

17) Mortimer—Ternaux cita en su Historia de la Terreur los nombres, profesiones y edad de cuarenta y tres muchachos asesinados de menos de 18 años, sobre todo en Bicetre, que servía de correccional. Se cuenta entre ellos un aprendiz de doce años. Un testigo ocular escribe: “Los ejecutores nos decían que los muchachos eran más difíciles de rematar que los hombres maduros: ya comprendéis, ¡a esa edad la vida resiste tanto!....” Cf. Barthelemy Maurice, Les prisons de la Seine.

18) Los presos a absolver se escogieron, según una lista remitida al presidente y fueron conducidos a la Iglesia de Sainte—Catherine de la Couture.

19) Las otras mujeres detenidas en la Abadía, Mesdames de Tourzel, de Navarra, de Mackau, de Bazire, de Thibauld, de Saint Brice, fueron liberadas la víspera o durante la noche por orden del Comité de vigilancia.

20) El Journal inédito del arquitecto N. F. L. Fontaine, comunicado por cortesía de M. Lucien Moreal d’Arleux, da nuevas precisiones sobre el trato recibido por la princesa. Fontaine había salido hacia mediodía con un amigo y “apenas llegamos a la plaza de las Victorias, vimos una cabeza todavía sangrante, con una larga cabellera rubia, hincada en lo alto de una pica que llevaban un grupo de harapientos a los que diez hombres bien determinados hubieran puesto fácilmente en fuga….Nos detuvimos un momento a la vista de esa cabeza femenina que aquellos miserables presentaban a los parisienses aterrorizados como un trofeo de su victoria, cuando nos empujaron unos mozalbetes que seguían a la primera banda; mirando a mis pies, vi que chocaba conmigo un cuerpo desnudo, deforme y cubierto de polvo, barro y sangre, que aquellos monstruos arrastraban por las calles: eran la cabeza y el cuerpo de la princesa de Lamballe, horriblemente mutilada ante la cárcel donde estaba detenida….”.

21) Su amante oficial, Mme. de Buffon, se desmayó. No parece cierto, pese a las acusaciones formuladas, que el duque instigara el asesinato de Mme. de Lamballe. Cierto que tenía algún interés, pues la princesa gozaba de una viudedad de cien mil escudos sobre la fortuna de la duquesa de Orleáns. El duque, empero, semeja extraño a las matanzas de setiembre. Unicamente protegió y guardó en su familiaridad a Rotondo, uno de los asesinos.

22) El 3 de setiembre enviaron esta trágica orden a los directores de las cárceles: “Haced lavar con agua y vinagre los lugares de vuestra prisión que estén ensangrentados, y echad arena por encima. Seréis reembolsados de los gastos. Sobre todo rapidez en la ejecución de esta orden y que no quede ninguna huella de sangre”.

23) Estos tres hombres sabían muchas cosas sobre Danton. Había el peligro de que hablaran antes de morir, sobre todo Duport, que había pagado a Danton cuando estuvo a su servicio. Duport fue detenido cerca de Nemours, y sin el apoyo del ministro de Justicia estaba condenado. Danton le arrancó de las garras de Marat y luego le hizo poner en libertad por el tribunal de Melun. Duport estuvo escondido hasta el 9 de thermidor, reapareció por algún tiempo, y sintiéndose inquieto el 18 de fructidor, se refugió en Suiza, donde murió de una enfermedad del pecho, en Apenzell, el 2 de agosto de 1798. En cuanto a Carlos de Lameth, se dirigió a Hamburgo, donde se le reunió su hermano Alejandro después de tres años de cautiverio en Austria con La Fayette. Teodoro se unió también con ellos; todos volverán a Francia después del 18 de brumario.

24) Se le llamaba así porque en Santo Domingo fue capataz de negros, en las plantaciones de caña.

25) Según confesión del mismo Fournier era “un puñado de ladrones”.

26) Relation de Gillet, diputado de Seine—et—Oise en el Consejo de los Quinientos, 25 de nivoso del año V.

27) Por un cruel refinamiento los restos de Brissac fueron conducidos bajo las ventanas del pabellón de Louveciennes, donde vivía su amante, Madame Du Barry. Había sido detenido en casa de ella.

28) Según la minuciosa estimación de Mortimer—Ternaux hubo 1,360 muertos solamente en París.Hay que añadir los 46 presos de Orleáns, 14 víctimas en Meaux, 9 en Reims, 10 en Lyon, y los asesinatos de Caen, Charleville, Conches, etc.

29) Cierto número de dichos diamantes se encontraron en los escondrijos donde los ladrones los habían depositado antes de su arresto. Pero el Regente siguió perdido hasta el día en que lo rescató el Primer Cónsul.

30) Vergniaud responderá entonces con desprecio: “—No me creo reducido a tanta humillación como para justificarme de un robo”.

31) Francia no se había vuelto republicana, pero los directorios de departamento –con la excepción de 8 entre 85— habían aprobado la suspensión del rey. El manifiesto del duque de Brunswick contribuyó decisivamente a separarlos de Luis XVI.

32) Roland, que se levantó en la Asamblea contra la arbitrariedad de la Commune, puso sobre la mesa a título de ejemplo varios centenares de órdenes de detención “basadas solamente en sospechas de incivismo”. La Commune se apropió de varios millones de la Lista civil, de los tesoros de las iglesias y de los muebles de los emigrados, vendidos en los encantes o en subasta.