Gaza

Muro Palestina
Abertura en muro construido por Israel, Gaza, frontera con Egipto.

Por  Adrián Mac Liman (*)

“Cuidado; si no os comportáis, os vamos a devolver a Hussein”, increpó un militar hebreo durante los primeros meses del Levantamiento Nacional Palestino (Intifada) en un acto de solidaridad auspiciado por el movimiento pacifista hebreo. El hombre perdió los estribos ante un catedrático de la Universidad de Bir Zeit que se limitaba a exponer el punto de vista de sus compatriotas acerca de la difícil convivencia intercomunitaria. “No os molestéis, no nos vais a devolver a nadie; somos palestinos y estamos en nuestro país. Vosotros sois los ocupantes; tanto la Corona hachemita como Israel”, repuso el profesor.

 

Ese incidente me volvió a la mente hace unos días, cuando el establishment político de Tel Aviv aprovechó la brecha en el muro que separa Gaza del territorio egipcio para solicitar la devolución de la Franja y, por supuesto, de su millón y medio de pobladores, a las autoridades cairotas. Al romper el aislamiento, es decir, el muro de alambre de púa y de acero, los militantes de Hamas habían acabado, voluntaria o involuntariamente, con el estatuto de territorio administrado/ocupado por Israel. Poco importa si esta modificación forzosa de la condición jurídica obedece a razones humanitarias; poco importa si ante la creciente desesperación de los habitantes de Gaza la cúpula de Hamas decidió recurrir a soluciones extremas. Lo importante es que, al acabar con el aislamiento, Gaza se convertía en un territorio abierto, que el ocupante podía alegar la existencia de lazos culturales y familiares, los pobladores de la Franja y sus vecinos egipcios. En este caso concreto, la devolución parecía una opción sensata.

Los políticos hebreos prefieren hacer caso omiso del trágico paréntesis histórico durante el cual Egipto se apoderó manu militari de la Franja, convirtiéndola en un protectorado de triste fama. Durante casi dos décadas, de 1948 a 1967, los egipcios administraron ese exiguo territorio, recurriendo a la fuerza ante los múltiples intentos de rebelión. La llegada, en 1967, de las tropas israelíes y la subsiguiente ocupación militar apenas modificó los datos del problema. Al pasear por las calles de Gaza a finales de 1967, el entonces Primer Ministro israelí, David Ben Gurion, lanzó la advertencia: “hay que salir de aquí cuánto antes; esta es una bomba de relojería”. Las palabras del mítico líder quedaron grabadas en la cabeza del joven e intrépido oficial que ocupó la Franja: Ariel Sharon. Cinco lustros más tarde, el Gobierno de Unidad Nacional del Estado Judío optó por “regalar” Gaza a la OLP. Antes había “ofrecido” la gestión del paupérrimo territorio a las autoridades egipcias y jordanas, que declinaron la oferta.

La inoperancia de la Autoridad Nacional Palestina liderada por Arafat no convirtió la Franja en el “Singapur del Mediterráneo”, como había sugerido el “raís”. A la desastrosa gestión de la ANP se sumaron las reiteradas incursiones del ejército de Tel Aviv que, so pretexto de perseguir a integrantes de grupúsculos terroristas, se dedicó a derribar las instalaciones construidas con fondos comunitarios. La retirada “unilateral” de Gaza, ideada por el Gabinete Sharon, sirvió de mera coartada para endurecer la postura israelí frente a los grupúsculos radicales palestinos. Por otra parte, el tiro de cohetes Qassam contra los asentamientos judíos situados del otro lado de la frontera sólo sirvió para exacerbar los ánimos: los radicales islámicos se dedicaban a dinamitar sistemáticamente las bases de un posible acuerdo negociado, a su vez, la población israelí pedía venganza.

La decisión del Gobierno de Olmert de imponer sanciones económicas a los habitantes de Gaza fue interpretada por los círculos pacifistas israelíes e internacionales como la adopción de sanciones colectivas contra el conjunto de los ciudadanos de Gaza. Sin embargo, esta estrategia cuenta con el aval del Tribunal Supremo de Israel, cuyos magistrados consideran justificadas las medidas de estrangulamiento económico y energético ideadas por el Ministro de Defensa laborista Ehud Barak.

Tras la apertura de la frontera con Egipto, la derecha israelí y sus valedores en Estados Unidos sueñan con la “entrega” de Gaza a Egipto. Se baraja la opción de una hipotética ampliación del territorio (con tierras egipcias del desierto de Sinaí), cuando no la anexión pura y simple de la Franja por el Gobierno cairota. Una solución sencilla y “económica” para el ocupante. Los militares hebreos estiman que sus colegas egipcios están en condiciones de acabar de una vez por toda con los tiros de cohetes. Otra “ventaja” de la anexión sería, según ellos, la desaparición, siempre manu militari del “obsoleto nacionalismo palestino”. Volvemos a las amenazas de 1988, si los hambrientos habitantes de Gaza “no se comportan…”.

(*) Analista político internacional
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