No a la injerencia foráneahumo_bombardeo_libia_mar_2011.jpg

Por César Lévano


La crisis de Libia, el país de África en que un déspota enfrenta una rebelión, ha desenmascarado a ciertos políticos que claman contra toda injerencia extranjera en la política local, pero proponen y aprueban una intervención foránea en Libia.

El ministro de Relaciones Exteriores, José Antonio García Belaunde, ha recordado que el reciente acuerdo del Consejo de seguridad de la ONU para intervenir con una fuerza militar en el conflicto fue iniciativa del presidente Alan García.

Grave es esa toma de posición frente a un conflicto interno. En el caso del APRA, confirma que ésta no vacila hoy en alinearse con los felipillos que sirven a Estados Unidos y las potencias europeas.

La suerte de Libia debería correr a cargo del pueblo de Libia, y de nadie más. Pero el papel del Perú en el régimen de García es signo de una antigua ruptura con los principios de Por la emancipación de América Latina y El antiimperialismo y el APRA.

Ya en los inicios de la segunda guerra mundial, Víctor Raúl Haya de la Torre escribió en su libro La defensa continental que “un exceso de soberanía nacional puede ser una amenaza para la soberanía continental.” ¿Quién califica el supuesto exceso?

Lo que el fundador del APRA proponía era la acción colectiva, el cargamontón, en “defensa de la democracia”. La historia muestra que las invasiones y guerras del imperio se han cubierto con ese pretexto. George W. Bush invadió Irak para implantar allí la democracia y para eso promovió una alianza intervencionista, que después de matanzas y destrucción horrendas está a punto de retirarse con el rabo entre las piernas.

La intervención acordada en la ONU no persigue, por cierto, la creación de la democracia en Libia. Busca, brutalmente, preservar el abastecimiento de petróleo, del cual Libia es gran exportador.

Si las potencias occidentales se desviven por la democracia, ¿por qué no invadieron, para salvar vidas de civiles, el Chile de Pinochet o la Argentina de Videla?

Lo que sí persiguió Washington fue eliminar el régimen encabezado por Fidel Castro. Apenas instalado en la presidencia, en 1961, John F. Kennedy anunció que esa era su principal preocupación respecto de América Latina.

Para demostrarlo, envió a su amigo y asesor el historiador Arthur M. Schlesinger, Jr., a una misión exploratoria en SudAmérica. En su libro A thousand days. John F. Kennedy in the White House (Los mil días. John F. Kennedy en la Casa Blanca) Schlesinger da cuenta de su pesquisa.

Víctor Paz Estenssoro, presidente de Bolivia, sentenció: “Castro debe ser eliminado”. Haya de la Torre recomendó una acción colectiva, invocando el Tratado de Río de 1947. Rómulo Betancourt coincidió con Haya, pero dijo que primero había que actuar contra el dictador dominicano Rafael Trujillo. La Primera, 20.03.2011.