Nuevo adversario del G-8

Por Adrián Mac Liman (*)

Mientras el G-8 celebraba su última “cumbre” en tierras niponas, los miembros del D-8 se reunían en la no muy lejana Malasia, para analizar a su vez el impacto de la globalización, del proteccionismo y de la crisis energética para sus respectivas economías.


Curiosamente, los medios de comunicación occidentales no se hicieron eco de las deliberaciones del D 8, (Developing Eight), agrupación económica creada en 1997 por ocho países musulmanes: Bangladesh, Egipto, Indonesia, Irán, Malasia, Nigeria, Pakistán y Turquía. Curiosamente, ningún Estado musulmán figura en la lista de los invitados del G-8 que, tras haber acogido en su seno a Rusia, estudia la posibilidad de ampliar la presencia de representantes de las llamadas economías emergentes, integrando en el club a otros cinco países: Brasil, China, India, México y Sudáfrica.

Conviene señalar que desde la creación del G-7 (luego G-8), que congrega a los mayores países industrializados (Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Alemania, Francia, Italia, Japón y Rusia) el mundo árabe-musulmán quedó excluido de la dinámica de la globalización. ¿Simple casualidad?
Los politólogos egipcios, iraníes o qataríes estiman que se trata de una opción deliberada. De hecho, los occidentales no se molestaron siquiera en invitar a sus conciliábulos a los príncipes saudíes, quienes controlan la producción y el precio del oro negro. Aparentemente, hay quien estima que los árabes, los musulmanes en su conjunto, no están lo suficientemente maduros para afrontar los retos del nuevo orden económico mundial.

Durante la primera etapa de la globalización, los estadounidenses y los europeos asumieron el protagonismo del proceso. Actualmente, el centro neurálgico de dicho proceso se traslada al continente asiático, más concretamente a las economías de sus dos gigantes económicos: India y China. Paralelamente, aparecen los primeros indicios de la globalización islámica, es decir, de un proyecto censurado por elementos radicales poco propensos a avalar la apertura del Islam al resto del mundo, ya sea a través de la utilización de nuevas tecnologías o de la introducción de nuevos parámetros socio-culturales en las sociedades tradicionales.

En los últimos tiempos, los fondos soberanos de los Emiratos Árabes Unidos han realizado inversiones multimillonarias en los mercados occidentales. Pero la riqueza de los emires del Golfo provocó recelos en los círculos financieros europeos y norteamericanos. No hay que extrañarse, pues, si el FMI y el Banco Mundial “sugieren” a los árabes que inviertan su capital en los países africanos, abandonados por los Gobiernos y los institutos financieros del mundo industrializado.

El dinero árabe prefiere, sin embargo, los mercados islámicos de Asia. Entre las inversiones predilectas de los saudíes destacan el cultivo de tierras en el sureste asiático, la creación de empresas mixtas para la producción de alimentos, la colaboración en proyectos destinados a crear fuentes de energía alternativa, etc. Tampoco descartan los saudíes la financiación de proyectos destinados a facilitar la utilización de la energía nuclear con fines pacíficos.

¿Se puede hablar de la globalización islámica, paralela a la occidental? Tampoco hay que echar las campanas al vuelo. Sin embargo, conviene tener presentes varios factores clave. El mundo árabe cuenta actualmente con enormes recursos financieros provenientes de la comercialización de hidrocarburos y con una importante cantera de mano de obra joven y… barata. Sin olvidar, claro está, la innegable toma de conciencia de los panislamistas, que tanto preocupa a los occidentales. Pero lo cierto es que al G-8 cristiano le ha salido un competidor: el D-8 musulmán.

(*) Analista Político Internacional