Salud: ¡esa llave mágica!


por Herbert Mujica Rojas
 

Puede uno carecer de dinero y si no hay para el microbús, entonces las piernas y el canturreo vehemente de cualquier tonada, suplen, no sólo el traspié, sino también la distancia a cualquier parte.


Lo propio si hay orfandad en las faltriqueras del contante y sonante para pagar las cuentas entonces el cerebro aguza su majestuosa pero digna pobreza e inventa recursos, genera escenarios, construye productos que evidenciar ante potenciales compradores. ¿Se ha preguntado, amable lector, por causa de qué la culinaria peruana es tan feraz, en Costa, Sierra y Montaña, en su multicolor, aromático y delicioso envión de ofertas con tan rica carta componente de todos los reinos vegetal, animal y marino? La respuesta es simple: con lo que había el habitante debió improvisar, combinar, amalgamar y llegar a lo que hoy gana, con paulatina osadía, un lugar de prestigio entre las mejores rutinas culinarias del mundo.
 
No obstante ¿qué pasa cuando la salud ¡esa llave mágica! adormece sus potentes faros y anemiza fuerzas para rendirse ante el paso contrabandista de cualquier enfermedad o dolencia? También, aunque cueste confesarlo, la interrogante posee palabras de respuestas palurdas: ¡todo se va al tacho!
 
Con salud ¡esa llave mágica! usted puede, desde quejarse, hasta levantar las más espectaculares proezas que la inteligencia da para ganarse el pan nuestro de cada día. Y lo que parece una verdad de Perogrullo muy pocos la toman en cuenta hasta ¡que se enferman!
 
Debí estar en días pasados en un hospital del sur de la capital. Cuando los seres comunes, recién a las 6 de la mañana, ven la luz a posteriori del abandono de muelles camas, en ese recinto, no menos de cinco colas con cientos de personas aguardaban que no siempre amables empleados recibiesen sus documentos, pagos, solicitudes, para atenderse y recuperar la salud perdida, quebrantada o minada para siempre. No es una visión cualquiera, al menos no para los citadinos que no acostumbran visitar esta clase de nosocomios masivos, genuinamente populares, de todas las sangres en que recién se entiende qué es el Perú en su vasta, inmensa y multicolor franja de vertientes ciudadanas. Se encuentra a madres con seis o siete meses de embarazo, ancianos cuyo rostro denota la tristeza y la fuga de las ansias de vivir, niños en cuya faz anida el dolor incomprensible para su edad y del porqué sufren, hombres y mujeres que sólo aspiran a vivir, o, más propiamente dicho, a agonizar por un tiempo más. Entonces se apercibe uno que ése es el otro Perú del que casi nadie habla, el Perú postergado, el país que nadie quiere exhibir, la nación escondida por sicofantes que generan “corrientes de opinión” que eluden mostrar al compatricio de baja estatura, de tez cetrina, tristeza en la mirada, desesperanza por arma cívica y una cerrazón a cualquier llamado de sus hombres o mujeres públicos por la simple razón que a todos califica como delincuentes y ladrones.
 
Entrar al hospital constituye una experiencia descarnada e impactante. Los denodados esfuerzos de médicos, personal paramédico, enfermeras, empleados administrativos no son suficientes y he visto cómo, a falta de brazos, jóvenes estudiantes de los últimos años de medicina, los que hacen internado, se turnan para empujar camillas, alzar pacientes, atender requerimientos de toda índole. El dinero que da el Estado para el portafolio Salud es inobjetablemente una miseria. ¿Por estar al sur de la capital, algo lejos para el elegante citadino, hay que condenar a morirse a miles de compatriotas más humildes?
 
Olvidaba decir que una emergencia reincidente de salud me obligó a declinar esas valetudinarias voliciones de suficiencia y a confesar un muy doloroso malestar en la pierna izquierda. Cuando caminaba —es un decir ¡qué me queda!— entre tanta humanidad herida con los húmeros a la mala que recitaba Vallejo, reflexionaba el “consuelo” que aún, con dolor y todo, podía hacerlo. Otros ya ni siquiera, por dejadez de un Estado dilapidador de recursos y en sueldos insolentes con su burocracia no pocas veces delincuencial, conservan el brillo en las miradas y se resignan a morirse de a pocos. A plazos cortos, demasiado rápido antes de los cincuenta o apenas pasada la barrera de esta edad que a muchos ya nos tiene entre sus miembros. Sentí la profunda desazón de cómo se discrimina en Perú y entendí, una vez más, cómo el gran “negocio” criminal de las mafias coloca presidentes, gestiona parlamentarios, encumbra a ministros, sobre los hombros de esos ciudadanos que sólo sirven para votar y ser engañados todo el tiempo.
 
Confío en recuperar capacidades motrices lo antes posible, velis nolis. Haber estado con y en el otro Perú me reafirmó en mis muy humildes convicciones de seguir peleando contra las mafias, denunciando a los delincuentes en cuyas manos está la libertad o prisión de cualquier ciudadano o periodista con lengua afilada, de persistir, en suma, en la creación de un Perú libre, justo y culto, madre y NO madrastra de sus hijos.
 

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