Un suicidio disciplinado

por Herbert Mujica Rojas

 
El vergonzoso y claudicante retiro de la candidatura a la alcaldía de la capital, de Carlos Roca por el Partido Aprista, indica varias cosas a la vez y todas estas circunstancias mezcladas entre sí, cocidas al calor de una mediocridad impresionante y con un servilismo a las órdenes de quien necesita encallar la nave política para aparecer el 2016 como el “Mesías” resucitador o locomotora de un conjunto cuyos vagones son piltrafas de lo que antaño fuera por cinco décadas la esperanza revolucionaria y antimperialista del pueblo peruano. El suicidio disciplinado acaba de noticiar al país cómo, el supuesto único partido político del Perú, le corre a un comicio, se atemoriza ante el fracaso y huye de la pelea con pusilanimidad condenable.


Dicen algunos estudios que de haber persistido Roca en la postulación, no habría logrado ni el 5% de adhesiones. Adviene una pregunta importante: ¿entonces, qué apoyo va a otorgar este magrísimo filón a Kouri? En cualquier caso, menos de 5% deviene en guarismo ridículo y hasta despreciable. No obstante, todo indica, que ésa es la dirección impresa por los cabos y sargentos que dirigen hoy al movimiento —o lo que queda de él— de la avenida Alfonso Ugarte. Por tanto ¿en qué consiste el flagrante trueque de favores?
 
¿Necesita el señor García Pérez de garantías para no ser molestado en el lustro a posteriori de su gobierno que fenece el 2011? Quien diga que no, yerra con margen monstruoso, por estupidez, miopía o por faltriquera llena para que fabrique disparates al por mayor. ¿Quién o quiénes pueden ofrecérsela? Varias son las colectividades, con excepciones rarísimas, las que han hecho de la delincuencia política, su modus vivendi. Entre éstas, con ostentoso rabo de dinosaurio está ¡qué duda cabe! el fujimorismo que carece de homogeneidad porque su escalafón de integrantes reconoce vertientes distintas en la comisión de caudalosas monras y estafas al país. Pero toda sociedad tiene representantes de sus fondos abisales y cuesta aceptar que en la nuestra hay casi un 20% de esta cáfila de sujetos.
 
¿Qué es imprescindible para que García siga ostentando el papel mesiánico que ha venido construyendo desde los mismos días agónicos del fundador del Apra, Haya de la Torre? Algo muy simple: que esa institución termine de destruir su muy mellada identidad, encalle y se entierre en el lodo para, de esa manera, él ——al menos así lo cree— en cualquier próximo comicio presidencial, resucite al muerto y lo lleve a situaciones expectantes. Parece simplista el aserto pero ¡eso es lo que ha estado haciendo el señor de marras! ¡Y no solo! Muchos de quienes fueron sus gonfaloneros cerriles, cómplices tercos, fenicios aprovechados, ya no están con él. Le perdieron afecto, colisionaron fuerte, los desalojó García impíamente y sin ninguna clase de escrúpulos.
 
Yugular la candidatura de Carlos Roca a la alcaldía limeña es un trago de ácido sulfúrico para un conjunto humano que conoció antaño tres caminos: encierro, destierro, entierro. Y en cada una de esas estaciones protagonizó instantes supremos de definición valiente a la hora de la prueba en la ergástula, en el extranjero dónde había que ganar el pan diario en tierra ajena o cuando hubo que afrontar la bala asesina y fulminante. La tradición de fraternidad que unió a los apristas y que los hizo portaestandartes de una rara solidaridad con signos cuasi religiosos hoy ha sido cambiada por un negocio que sólo favorece a una persona cuya dictadura se verifica más por ausencia de competidores que por talento propio. A todos o a una gran mayoría puede él constreñir hacia la revelación de ligazones oscuras o sospechosas y es capaz de demostrarlo vía los miedos de comunicación, y la cofradía no pasa por las grandes avenidas de lealtad ideológica y, mucho menos, por una conducta rectilínea en el manejo de los fondos públicos. ¡Nada de eso! ¡No hay más que negocios, sólo negocios!
 
Cuando Víctor Raúl, a quien todos citan y casi todos traicionan, estaba partiendo al destierro a que le condenó Leguía, de ocho años en Centroamérica, el Caribe, México, Estados Unidos, Rusia y Europa, escribió en su nota de protesta el 3 de octubre de 1923 desde la isla San Lorenzo, anunció que volvería cuando fuera llegada la hora de la Gran Transformación y abominó con asco de quienes habían hecho de la política “vil negociado culpable”. Con fe indómita lideró a su movimiento, el aprismo, hasta que el 2 de agosto de 1979 el adalid, el hombre a cuyo conjuro las multitudes gritaban unánimes, partió a la eternidad de los hombres grandes. Si él pudiera ver ¡qué han hecho con su obra que costó sangre, tierra, sudor y lágrimas, con toda seguridad y látigo en mano arrojaría a los mercaderes del templo!
 
Es hora que los hombres y mujeres leales al aprismo genuino aborten este suicidio disciplinado que no otra cosa es la muestra del retiro de Roca a la competencia edil.
 
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