El happy hour de Alan García

por Herbert Mujica Rojas

La genialidad mercantilista de los gringos inventó el happy hour: two for one, es decir, dos por el precio de uno en lo que fuere. En Perú el presidente García acaba de demostrar que eso también rige para la política —digo turbamulta— que fue su cónclave partidario de hace muy pocos días: los asambleístas votaron a mano alzada, por consenso y lista única por un conjunto de representantes, entre ellos el ultravulnerable Jorge del Castillo y el fabricado Omar Quezada. Pero, los que llegaron, según dijo el mandatario, a la cita, también “eligieron” a “la mejor carta aprista” para las elecciones del próximo año. Es decir, un paquete electoral interno y externo. Y las circunstancias que deberán afrontar son las mismas: postulaciones para terminar de destruir el partido de Haya de la Torre y de desbaratar en el 2011 cualquier aspiración. Sólo se trata de negociar, a como dé lugar, la gran impunidad.


La historia, madre y maestra insustituible, dicta lecciones que de no ser aprendidas y aprehendidas desbarrancan a quienes pretenden hacerla. Y los resultados son, muchas veces, tragicomedias desopilantes.

En 1979, una convención aprista, a pocos meses de la muerte de Víctor Raúl, “eligió” como candidato a la presidencia para el comicio de 1980, a Armando Villanueva del Campo. Era, hasta el propio personaje en entrevista reciente ha admitido de sus desventajas, el peor cuadro posible ante la ciudadanía. Es decir, el naufragio, antes del maremoto y tsunami respectivo, estaba cantado desde la génesis misma. El señor Alan García Pérez le confesó, años después a Andrés Townsend Ezcurra que él había trabajado y logrado el triunfo de Villanueva. Lo dicho por don Andrés ante la televisión jamás fue desmentido por García y él mismo, ante un grupo de dirigentes, nos dijo que eran nuevos tiempos y que había que enterrar el pasado. Ciertamente, el pretérito del cual García fue fabricante especializado para limpiar su camino por encima de los líderes veteranos.

Los resultados de 1980 no mienten y Fernando Belaunde sacó de ventaja algo más de 600 mil votos a Villanueva y redujo la influencia aprista a sólo tres departamentos: Cajamarca, Lambayeque y La Libertad. Todo el resto fue la contabilidad desastrosa de un yerro que presagió la división infraterna, aunque de muchos réditos, para quien ya trabajaba para sí mismo y en detrimento de la organización aprista.

Expulsado Townsend del partido, Villanueva en la Unión Soviética por larguísimos meses, cosechó García Pérez los frutos de su siembra: se hizo de la secretaría general, de la candidatura presidencial y en 1985 ganó holgadamente y previa renuncia expresa de Alfonso Barrantes, alcanzó la primera magistratura.

El lustro entre 1985-1990 constituye un largo túnel de incoherencias, improvisaciones, aventuras con nombre y apellido y casi hay acuerdo en catalogar ese quinquenio como uno de los peores que pueda haberle ocurrido al Perú. García dejó la presidencia en medio de escándalos y sospechas de dineros mal habidos y tampoco nunca pudo explicar los desbalances patrimoniales de que fue acusado. En lugar de quedarse aquí a pelear, se fue, primero a Colombia, y luego a Francia.

La prescripción conveniente que le regaló el gobierno del mediocrísimo Valentín Paniagua permite la reincorporación de Alan García que pierde el 2001 y en el 2006 gana en segunda vuelta. Desde esa fecha a hoy rige su mandato y, para variar, como en 1985-1990, los nubarrones sobre las acciones de su administración inundan los medios, las cuitas y las explicaciones inexplicables que siempre se encargan de construir los asesores de imagen.

En el 2010 un congreso “elige” como secretarios generales a dos personas sumamente vinculadas no a la lucha del pueblo en cualquiera de sus frentes o con valía intelectual o política propia. No es así. Del Castillo y Quezada guardan una trabazón muy fuerte con aspectos muy cuestionables de este gobierno. Cuando el escándalo de los “petroaudios”, llamado a declarar Rómulo León hijo hizo mención del “tío George”. La traviesa imaginación del ex ministro de Transportes del primer gobierno de García, Augusto Valqui Malpica, ha hecho una juguetona combinación: Tío George Petroaudios del Castillo y le ha lanzado un cuestionario de muy alto calibre.

En buena cuenta el descalabro de esa candidatura para el 2011 está más que cantado. El happy hour que regaló García a los asistentes al congreso partidario un hecho imbatible que ningún nuevo escándalo o arrepentimiento tardío puede disimular, no obstante que hay poca diferencia entre los psicosociales de Montesinos y los de hoy en día. Con la pérfida diferencia que entonces se vivía una dictadura delincuencial. Y hoy a esto le llaman democracia.

¿Será que en democracia hay que perseguir o hacerles Acciones de Seguimiento No. 1 a los periodistas que hablan de frente y con verdades a los episódicos habitantes de Palacio? Con la verdad no temo ni ofendo decía Artigas. No debieran olvidarlo los fautores de esta clase de barbaridades.

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!
¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!
¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!
¡Sólo el talento salvará al Perú!

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