Por Ernesto Yepes

La Guerra del Pacífico constituye una angustiante radiografía de lo que el Perú había logrado en sus primeros 50 años de República. Inicialmente gestada como un conflicto entre tres grupos oligárquicos disputándose los pingues ingresos producidos por el guano y el salitre tan caros a la agricultura europea afectada por la revolución industrial.

Si bien ambos productos se encontraban bajo bandera boliviana y peruana, eran intereses chilenos e ingleses los que principalmente los operaban. El conflicto entre los socios no tardó en presentarse, dividiéndose en dos grupos: ingleses y chilenos versus peruanos y bolivianos. Es decir, de un lado los socios más impregnados por la revolución industrial, mientras los propietarios y dirigentes de Perú y Bolivia vivían todavía presos de un esquema rentista más parasitario que productor.

Estallada la guerra el primer paso para la plutocracia chilena fue apropiarse rápidamente de las riquezas salitreras tanto bolivianas como las peruanas. De allí deberían salir los recursos para reflotar su alicaído país y geopolíticamente lograr tres objetivos básicos: destruir para siempre el fantasma de un eje peruano boliviano, reducir a escombros al Perú y convertir Arica en un muro de contención frente a Bolivia y Perú.

Derrotadas las fuerzas peruanas y bolivianas en los codiciados desiertos del sur, los dos aliados se prepararon para detener el avance chileno en Tacna. Pero otra vez (26 de mayo de 1880) los resultados nos fueron adversos y otra vez la derrota, más que militar, fue política y social. Los que mandaban en el Perú tenían por encima de todo una bandera: la de sus propios intereses. La población de abajo, mal preparada, peor equipada y probablemente analfabeta salvó la honra del país en su hora más infausta. No es casual que en los andes del centro del país como en los campos de Tacna el campesino, libre del yugo gamonal, continuara la lucha convertido en guerrillero.

Veamos algunas perlas que ilustran esos desencuentros. Falta de unidad en el comando. Montero había sido jefe de las tropas acampadas en Tacna hasta días antes que empezara la batalla. La súbita llegada del Presidente de Bolivia al Caplina hizo que el comando pasara a última hora a manos de este último.

Recordemos que además del ejército en Tacna había otro ejército en Arequipa que contaba a su vez con contingentes custodiando Moquegua. El jefe del ejército del Misti era leal al presidente Piérola quien a su vez desconfiaba del jefe de la guarnición de Tacna, Montero.

Coincidentemente las tropas chilenas destinadas a la batalla de Tacna desembarcaron en Moquegua donde debieron enfrentarse a las tropas peruanas pertenecientes al ejército de Arequipa. Este dato es significativo dado que no fue posible organizar un frente común entre los dos ejércitos. Chile en cambio no solo logró un comando unificado sino que estuvo alimentado por un servicio civil de inteligencia que le suministraba información adecuada sobre las desavenencias internas de los aliados así como los lugares propicios o peligrosos para desembarcar y progresar en territorio sur peruano.

Derrotadas las fuerzas peruanas en Moquegua, las tropas desperdigadas en lugar de dirigirse a reforzar el ejército de Tacna que significaba el muro de contención fundamental para detener la progresión de Chile, se dirigieron hacia Arequipa abandonando a las tropas acantonadas en el Caplina en momentos decisivos.

También hubo divergencias para escoger el escenario final de la batalla misma. Incluso la noche anterior al enfrentamiento las tropas peruanas que querían sorprender a las enemigas se extraviaron en el camino y tuvieron que regresar exhaustos a sus trincheras a poco tiempo de que empezara la batalla. Tecnológicamente nuestras limitaciones eran notablemente inferiores en términos de fusilería, artillería y aprovisionamiento logístico. La lista podría ser naturalmente más extensa en infortunios. Lo cierto que el campo de batalla enfrentó a dos ejércitos que representaban tres países con tiempos, textura social y clases directivas cercanas en lo personal, incluyendo negocios, y a la vez diferentes en su manera de construir ese futuro.

De un lado los miembros de la alianza, presos de un empirismo de viejo cuño, desorganizados e infiltrados por el virus de la política improvisada y el cáncer del racismo. El otro, un Chile acorralado por la crisis económica, cifró su sobrevivencia en un burdo despojo de las riquezas mal administradas por las dirigencias de dos países que hasta el día anterior al desembarco en pos del salitre habían sido socios con intereses aparentemente afines.

Pero lo que no consiguió la mirada de corto plazo de la elite limeña, lo logró la fuerza telúrica de nuestra población, de las mujeres, hombres y niños tacneños que desde el 26 de mayo de 1879 hasta el 28 de agosto de 1929 siguieron resistiendo la bayoneta y las prebendas destinadas a promover la traición.

Durante casi medio siglo ese pueblo desarmado, sin generales, sin los acostumbrados a mandar, sabían lo que tenían que hacer: cumplir en silencio su deber. La familia, la vivienda, el trabajo, los bienes, las heridas, las humillaciones estaban en juego cada momento frente a un invasor implacable. Nuestro homenaje a ese pueblo noble que muchas veces pasa desapercibido a la hora del recuerdo y los homenajes. En verdad, sus más de15 mil días de cautiverio son la prueba indeleble de que nuestro futuro como colectivo no podría estar en manos mejores.

 

(*) Palmas Magisteriales en el Grado de Amauta.

 

Diario Uno, Lima 03-06-2018

http://diariouno.pe/columna/una-leccion-todavia-pendiente/

 

 

 

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