proclamacion independenciaCésar Hildebrandt, en artículo que reproducimos, explica cómo el grupo dominante de siempre continúa hasta hoy gobernando el Perú y beneficiándose, con una inquebrantable perseverancia de permanecer en el Perú medrando, porque en los países y sociedades de Europa que les sirven de paradigma no podrían tener la gran vida que se dan acá ni pagar tan bajos salarios e impuestos.

La perniciosa acción de esta minoría usurpadora de las luchas por la independencia explica por qué la riqueza del país no beneficia a millones de personas, por qué siendo país productor pagamos el balón de gas más caro de América Latina; por qué tenemos el peor sistema educativo de América Latina; por qué la atención de la salud pública es pésima y contribuye a diezmar a la población; por qué los medios de comunicación sirven para embrutecer a la gente; por qué tenemos una fuerza armada perdedora y capituladora; por qué el Perú ha caído bajo la dominación parasitaria de Chile; por qué hay extranjeros (chilenos y colombianos) que son propietarios de las mejores tierras agrícolas; por qué, silenciosamente, Ecuador y Bolivia nos están dejando atrás en acceso y uso de ciencia y tecnología.

Lo que convierte en dictadura disfrazada a este grupo usurpador y corrupto es su alergia a la consulta popular ("democracia de cheque en blanco") y su habilidad de haber trabajado para llevar al Perú a una fase postpartidos, de partidos políticos falsos o minimizados, lo cual permite a los impostores herederos de 1821 cooptar a cualquier aventurero que en busca de dinero y coima se lanza como candidato presidencial o al Congreso. Sin duda, este es un putrefacto aporte peruano a la corrupción política mundial.

Leamos.

 

 

Democracia en boca sucia

Por César Hildebrandt

Si la derecha se preocupara por las dictaduras no habría aplaudido, con las manos a veces ensangrentadas, todas las dictaduras republicanas excepción hecha la de Velasco Alvarado (repito: todas).

Porque para la derecha esas dictaduras sí que fueron buenas, rebuenas, buenazas. Y el concepto de democracia fue para ella siem­pre amenazante.

Para comenzar, Bernardo de Monteagudo, uno de los fundadores del conservaduris­mo ilustrado en el Perú, aspiraba no a una república sino a una monarquía. Al comen­tar tal simpatía, Carlos Miró Quesada Laos, director de El Comercio y admirador del fascismo europeo, escribió en “Autopsia de los partidos políticos”: “El capitán de los Andes [se refiere al libertador San Martín, uno de cuyos consejeros era De Monteagudo, nota del columnista] creyó que América, y especialmente el Perú —y no se equivocó—, no estaba maduro para la República”1.

La derecha peruana jamás creyó en la vo­luntad popular sino en su instrumentación.

Los caudillos militares que gobernaron durante la llamada anarquía posvirreinal lo hicieron bajo términos dictatoriales y soste­niendo un régimen oligárquico heredado de las consolidaciones —deudas muchas veces inventadas que la república tuvo que pagar a título de indemnizaciones— y del negocio del guano, que no aportó nada al país y sí mu­cho al bolsillo de los de siempre (los Osma, los Goyeneche y Gamio, los Canevaro y, por supuesto, las casas prestamistas Gibbs y Dreyfuss).

Es decir, la república fue una posta entre clones. La derecha virreinal se llamó republicana y eso fue todo. Gobernaron los de siem­pre y el pintoresquismo militar amenizó las marquesinas cambiando a los actores pero no el libreto. La derecha nunca quiso un país sino una jerarquía catatónica que le permitiese vi­vir, en París o Londres, de la especulación del suelo, el latifundio, el guano, el salitre, el cau­cho, la harina de pescado y, de vez en cuando, el contrabando y los estupefacientes.

Esas dictaduras serviciales sí que fueron buenas, rebuenas, suculentas. Tenían hasta el aval tácito de la iglesia, aliada del caudi­llismo en la protección del orden social desde que don Bartolomé Herrera, sotana al viento, se convirtiese en el padre del autoritarismo reaccionario y el diario La Sociedad en su más fétido vocero.

Cuando el cleptócrata Rufino Echenique estaba en guerra con Castilla, “liberó” a los negros para que se sumasen a su ejército. Castilla lo derrotó y abolió la esclavitud el 3 de diciembre de 1854. ¿Y saben ustedes qué cosas se escribieron en los diarios de Lima cuando Castilla dio ese famoso paso democrático? Felipe Barriga, que firmaba como Timoleón y representaba el “sentido común” oligárquico, publicó esto en un diario de la capital: “Veinte mil esclavos fuera de sus galpones representan una amenaza que sería necesario exterminar para evitar el espan­toso sacudimiento que representa la abolición de la esclavitud...”2 En El Heraldo, también de Lima, se llamó a la manumisión decretada por Castilla “ha­berle otorgado la ciudadanía a la aristocracia de la canalla”3. Y muchos años más tarde, en 1897, Clemente Palma, el crítico literario que despreció a Vallejo y que era el favorito de nuestra derecha más o menos leída, escri­bió: “Esa vida puramente animal del negro ha anonadado completamente su actividad mental —si es que alguna vez la tuvo— ha­ciéndolo inepto para la vida civilizada”4. Es increíble que estas líneas salieran del hijo de un mulato.

Así pensaban los tatarabuelos de quienes hoy continúan al frente del país. Así sienten muchos de sus tataranietos. Por eso es que ven en cada reformista un Castilla que puede trastornar sus planes su­reños. Es como si al Perú le faltase una guerra de secesión, una revolución francesa. Ni de Sendero ni de toda su maldad ha aprendido algo la derecha peruana.

Cuando en 1871 Ma­nuel Pardo fundó, bajo el nombre de Sociedad Independencia Electoral, el Partido Civil e intentó renovar la política con algunas ideas serias y rostros distintos, ¿cuál fue la reacción de la vieja derecha goda del Perú, la que hoy sigue gobernando después de reciclarse mil veces?

Pues acusar a Pardo de masón y hereje. ¿Y después? Pues aplaudir cuando el gobierno de Balta persiguió a los periodistas y cerró la imprenta de El Nacional, el diario del pardismo. Y aplaudir más cuando vino la clau­sura de El Nacional y de El Comercio, los dos diarios más importantes de la época. ¿Su pecado? No consentir los sucios enjuagues del gobierno del coronel Balta para descono­cer el triunfo electoral del 15 de octubre de 1872 de Manuel Pardo. ¿Y qué quería Pardo? Institucionalizar el país: impedir, en suma, que los uniformados siguieran haciendo de payasos al servicio del dinero, impedir que la montonera, en vez de la democracia, fuera la partera de nuestra historia.

Después, el anecdotario ya es conocido. A Pardo no le permitieron cumplir nada de su programa, entre las canalladas de Piérola y la oposición feroz de lo más ciego de la oligarquía aliada, como siempre, al militarismo reaccio­nario. Terminaría su gobierno sin cambiar el estilo de hacer política (y dinero), sería sucedi­do por su amigo Mariano Ignacio Prado, sería exiliado por este, regresaría del exilio en 1878 y terminaría su vida asesinado por el sargen­to Melchor Montoya, guardia de honor a las puertas del Congreso y admirador de Piérola, a los 44 años de edad. Tres veces antes habían atentado contra su vida, una de ellas cuando caminaba rumbo a palacio de gobierno.

La historia más reciente creo que la compartimos todos. La república ha construido con ahínco eso que Basadre lla­mó las dos grandes taras del Perú: el Estado empírico y el abismo social. La derecha se ha valido de to­das las armas, incluidos los máuseres siempre a su servicio, para ganar las elecciones y gobernar, o para gobernar sin ganar las elecciones, o para suprimir las elecciones, o para desconocer las elecciones, o para lan­zar golpes de Estado preventivos. Decir des­de la derecha que la democracia es un bien a conservar es como oírle a un piojo decir que el parasitismo debería suprimirse. Y eso no significa que la democracia no sea un bien a conservar. Lo que decimos es que la derecha no tiene autoridad moral alguna para hablar de democracia. ¿O no vimos a su más eminente miembro financiero, don Dionisio Romero, pidiéndole favores a Montesinos?

____________

1 Autopsia de los partidos políticos, Lima, 1961, Ediciones Páginas Peruanas.

2 Carlos Aguirre: Breve historia de la esclavitud en el Perú, Lima, 2005, Fondo Editorial del Congreso.

3 Ibid.

4 Ibíd.

Hildebrandt en sus trece…, Lima 16-05-2014

 

Plutócratas peruanos maestros mundiales

“En el Perú el grupo social que gobierna desde 1821 hasta ahora tiene un método más simple que en EE. UU.: cuidan la incubadora del terrorismo para darse el gusto de matar a balazos a los pobres; fuera de esto se los mantiene en la pobreza y provocándoles tuberculosis (segundo lugar mundial en la variedad MDR); además hay casi 4 millones de personas que viven de la delincuencia y en ella, por lo cual el problema de la inseguridad es, en las actuales condiciones, insoluble, pero no reconocen esta realidad.

Para tranquilizar a los pobres e indigentes del Perú que con sus bajos salarios enriquecen a la plutocracia, les dicen que ya son de clase media.”

[Nota de Con nuestro Perú.]

 

 

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